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EL PRECIO DEL SILENCIOO / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - La bofetada

Sofía estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, mirando la calle como si nada hubiera pasado.

Cuando la puerta se abrió, se giró con una sonrisa ya preparada.

Una sonrisa de práctica, de mujer que ha aprendido a fabricar expresiones para cada ocasión.

—Marco, cariño, menos mal que llegaste. El bebé se cayó del cochecito, fue horrible, yo intenté...

—Cállate.

La palabra cortó el aire como un cuchillo.

Sofía parpadeó. La sonrisa se le congeló en la cara, sin saber todavía si debía sostenerla o dejarla caer.

—¿Qué...?

—Lo vi.

Marco sacó el teléfono del bolsillo y se lo mostró, sin acercarse, sosteniéndolo a la distancia como quien exhibe una prueba en un tribunal.

—Emma lo grabó todo.

El rostro de Sofía cambió en una fracción de segundo.

La máscara se resquebrajó. Detrás de la sonrisa apareció algo más viejo, más duro. Los ojos se le entrecerraron.

—Dame eso.

Se movió hacia él con rapidez, la mano extendida hacia el teléfono.

—¡Dame el teléfono ahora mismo!

Marco retrocedió un paso, guardando el aparato de nuevo en el bolsillo interior de su chaqueta, lejos de su alcance.

—No.

Sofía intentó rodearlo, estirando el brazo hacia el bolsillo.

Y Marco reaccionó.

No lo pensó. El cuerpo se le adelantó a la razón, igual que le había pasado a Rosa minutos antes en el vestíbulo.

Su mano cruzó el aire y golpeó la mejilla de Sofía con un chasquido seco que resonó en toda la habitación.

Ella se tambaleó hacia atrás, chocando contra el marco de la ventana, con la mano cubriéndose la mejilla enrojecida, los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¡No te atrevas a dar un paso más! —rugió Marco, y su voz ya no sonaba como la de un hombre de negocios calmado. Sonaba como algo que llevaba años dormido y acababa de despertar—. ¿Qué le hiciste a mi hijo?

—Marco, yo puedo explicarlo, fue un accidente, el cochecito...

—¡NO ME MIENTAS!

El grito hizo temblar los cristales de la ventana.

En el piso de abajo, Rosa, que sostenía a Mateo en la cocina, cerró los ojos al escucharlo, y Emma se acercó un poco más a ella, buscando el calor de su cuerpo.

Arriba, en la puerta del dormitorio, apareció Rosa —no, espera, Rosa estaba abajo—.

En realidad fue solo su voz, subiendo por la escalera, gritando desde el pie de los escalones:

—¡Señor Aldana!

Marco se giró, sin apartar del todo los ojos de Sofía.

Rosa apareció en el umbral, todavía con Mateo en brazos, con Emma aferrada a su falda.

—Señor, hay algo más que usted debe saber.

—Ahora no, Rosa.

—Señor, es importante.

Algo en el tono de la mujer hizo que Marco se detuviera.

Rosa nunca alzaba la voz. Rosa nunca interrumpía. Catorce años de servicio silencioso y discreto.

Si Rosa interrumpía ahora, era porque tenía que hacerlo.

—Habla.

Rosa tragó saliva. Miró un instante a Sofía, que se había enderezado contra la ventana, con la mejilla todavía roja, con una expresión que oscilaba entre el miedo y algo parecido al odio.

—Hay una cámara de seguridad —dijo Rosa— en el techo del vestíbulo. Ha grabado todo lo que ella ha hecho en esta casa desde anoche.

El silencio que siguió fue absoluto.

Sofía se puso pálida.

—No —dijo, dando un paso hacia Rosa—. No, eso no es verdad, tú no...

—Sí es verdad —respondió Rosa, sin moverse, sin bajar los ojos, con una firmeza que parecía haber estado guardada durante meses—. La instalé yo misma hace tres semanas. Detrás del detector de humo.

—¡No la reproduzcas! —gritó Sofía, girándose hacia Marco con desesperación—. ¡No la pongas, por favor, Marco, escúchame!

Marco miró a la mujer que hasta esa mañana había sido su prometida.

La mujer con la que planeaba casarse en primavera.

La mujer a la que había dejado dormir en la habitación contigua a la de sus hijos, confiando en ella con la vida de su familia.

—¿Qué exactamente hiciste anoche? —preguntó, con una voz que ya no temblaba de furia, sino de algo más frío, más definitivo.

Sofía no respondió.

Solo miró hacia la puerta, hacia la escalera, calculando —siempre calculando— si todavía había alguna salida.

No la había.

Marco sacó el teléfono de nuevo, esta vez para marcar un número.

—Rosa —dijo, sin apartar los ojos de Sofía—. Lleva a los niños a la habitación de invitados y cierra con llave.

—Sí, señor.

—Y llama a mi abogado.

Se llevó el teléfono al oído.

—Y a la policía.

Sofía cerró los ojos.

En algún lugar del pasillo, Emma, aferrada a la mano de Rosa, susurró algo que solo Rosa alcanzó a escuchar:

—Las cámaras no mienten, ¿verdad, Rosa?

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—No, mi niña —respondió Rosa, apretándole la mano—. Nunca mienten.

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