Chapter 5 - Antes de Sofía

Para entender cómo una mujer llega a empujar un cochecito por una escalera, hay que retroceder catorce meses.
Hay que volver al día en que Elena Aldana, la madre de Emma y Mateo, murió.
No fue una muerte súbita. Fue lenta, cruel, con nombre de enfermedad que Rosa nunca pronunciaba en voz alta delante de los niños.
Marco pasó esos últimos meses durmiendo en el hospital, dejando la empresa en manos de sus socios, dejando a los niños en manos de Rosa.
Rosa, que había servido a la familia desde antes de que Emma naciera, se convirtió en la única constante en la vida de una niña de seis años que veía a su madre desaparecer un poco cada día.
El día del funeral, Emma no lloró frente a nadie.
Lloró esa noche, en su cuarto, abrazada a un peluche con una oreja rota —rota de tanto abrazarlo— mientras Rosa se sentaba a su lado sin decir nada, solo acariciándole el pelo.
Tres meses después, Marco contrató a una niñera.
Necesitaba ayuda. Emma necesitaba estabilidad. Y él, sencillamente, no sabía cómo ser padre y madre a la vez mientras dirigía una empresa de inversiones que empleaba a más de doscientas personas.
Sofía Reyes llegó con las mejores referencias. Una agencia de prestigio. Una sonrisa cálida. Una capacidad casi sobrenatural para calmar a Emma en sus peores noches.
Al principio, fue un alivio.
Sofía jugaba con Emma. Le leía cuentos. Le trenzaba el pelo por las mañanas.
Rosa fue la primera en notar que algo no encajaba.
Notó que Sofía siempre se aseguraba de estar presente cuando Marco llegaba a casa, sin importar la hora.
Notó que las anécdotas de "lo bien que se portó Emma hoy" siempre las contaba Sofía, nunca la propia niña.
Notó que, poco a poco, Sofía empezaba a corregir a Rosa delante de Marco, en un tono suave, casi cariñoso, que sin embargo dejaba una marca: "Rosa, cariño, quizás sería mejor que los niños comieran más temprano, ¿no crees? Bueno, es solo una sugerencia."
Sugerencias que, con el tiempo, se convirtieron en órdenes.
Seis meses después de la muerte de Elena, Marco y Sofía ya eran pareja.
Nueve meses después, Sofía estaba embarazada de una idea que nunca compartió con nadie: la idea de que, si algo le pasaba al pequeño Mateo —que nacería siete meses más tarde, fruto de un óvulo congelado de Elena que Marco había insistido en usar, como último regalo de su esposa fallecida— toda la fortuna de los Aldana quedaría repartida de manera muy distinta.
Sofía había investigado el testamento.
Lo había investigado con la paciencia de quien juega al ajedrez a largo plazo.
Sabía que, mientras Emma y Mateo estuvieran vivos y bien, ella jamás sería más que "la nueva esposa". Una figura decorativa. Alguien a quien, en el mejor de los casos, le tocaría una asignación mensual generosa, pero nunca el control real del patrimonio.
Pero si algo —una tragedia, un accidente, algo que nadie pudiera probar que no fue un accidente— reducía a la familia, las cosas cambiarían.
El primer "accidente" ocurrió cuatro meses antes de la noche de la escalera.
Emma se cayó de un columpio en el jardín trasero mientras Sofía "miraba el teléfono a dos metros de distancia".
Se rompió la muñeca.
Rosa, que había visto salir a Sofía del jardín segundos antes con una expresión extraña en el rostro, nunca pudo probar nada. Pero empezó a observar.
El segundo incidente fue con Mateo, recién nacido, un episodio de atragantamiento con el biberón que Sofía preparó "con la fórmula equivocada, un error tonto, lo siento tanto".
Rosa fue quien encontró al bebé morado, quien lo volteó boca abajo y le dio golpecitos en la espalda hasta que expulsó la leche mal tragada.
Esa noche, Rosa no durmió.
Se sentó en la cocina, a oscuras, con una taza de té que se enfrió sin que ella la tocara, pensando en la promesa que le había hecho a Elena Aldana en su lecho de muerte.
"Rosa, prométeme que cuidarás de mis hijos. Pase lo que pase. Aunque Marco vuelva a casarse, aunque yo ya no esté para verlo."
"Se lo prometo, señora."
Al día siguiente, Rosa llamó a un antiguo conocido de su difunto esposo, un técnico de sistemas de seguridad, y le pidió, en el más absoluto secreto, que instalara una pequeña cámara oculta detrás del detector de humo del vestíbulo.
—Es solo por si acaso —le dijo Rosa, con las manos temblando mientras firmaba el recibo.
—¿Por si acaso qué? —preguntó el técnico.
Rosa no respondió.
No tenía palabras todavía para nombrar lo que sospechaba.
Solo tenía un instinto, forjado en catorce años de servicio, de amor silencioso hacia dos niños que ya no tenían madre, y de una desconfianza que crecía cada día que veía a Sofía Reyes sonreír frente a Marco y apretar los dientes en cuanto él se daba la vuelta.
La cámara se instaló un martes por la tarde, mientras Sofía llevaba a Emma al dentista.
Tres semanas después, esa misma cámara grabaría el momento en que Sofía Reyes, de pie en el pasillo del segundo piso, a las 23:47 de la noche, entraba a la habitación de un bebé de tres meses con un frasco de sedante en la mano.
Y menos de veinticuatro horas más tarde, grabaría el instante en que empujaba un cochecito por dieciocho escalones de madera oscura.
Rosa, sin saberlo entonces, no solo había instalado una cámara.
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Había instalado la única prueba que salvaría la vida de dos niños que ya habían perdido demasiado.
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