Chapter 7 - La defensa

El juicio comenzó seis semanas después.
Sofía Reyes contrató al abogado más caro que su familia pudo pagar, un hombre llamado Ricardo Fuentes, conocido en los círculos legales por ganar casos que nadie más aceptaba.
La estrategia de Fuentes fue clara desde el primer día: atacar la legalidad de la cámara oculta.
—Su señoría —declaró Fuentes ante el tribunal—, la supuesta prueba central de este caso fue obtenida mediante vigilancia no autorizada, instalada sin el conocimiento ni consentimiento de mi clienta, quien residía legalmente en ese domicilio como prometida del señor Aldana.
El fiscal, una mujer joven llamada Patricia Ibarra, se puso de pie.
—Su señoría, la empleada doméstica, Rosario Salinas, tenía motivos razonables y fundados para sospechar de un riesgo inminente hacia dos menores bajo su cuidado. La ley contempla excepciones para la protección de menores en peligro.
El juez, un hombre mayor de gesto severo, escuchó ambos argumentos durante casi dos horas.
Mientras tanto, en la sala del público, Marco sostenía la mano de Emma —que había insistido en asistir, contra el consejo del abogado familiar, diciendo "necesito verlo con mis propios ojos hasta el final"— y Rosa sostenía a Mateo en brazos, ya de cinco meses, ajeno por completo al peso legal que se debatía sobre su breve vida.
—Además —continuó Fuentes—, existe la posibilidad de que el video del cochecito haya sido editado o descontextualizado. Mi clienta sostiene que se trató de un incidente accidental, exacerbado por el comportamiento agresivo de la menor Emma Aldana, quien se aferraba físicamente a mi clienta mientras esta intentaba maniobrar el cochecito.
Emma apretó la mano de su padre con fuerza.
—Eso es mentira —susurró.
—Lo sé, cariño —respondió Marco, sin apartar la vista del abogado—. Y vamos a demostrarlo.
Cuando llegó el turno del testimonio de Emma —permitido por el juez con salvaguardas especiales para menores, en una sala adaptada con una pantalla que evitaba el contacto visual directo con Sofía— la niña habló con una claridad que sorprendió incluso a la fiscal.
—Ella dijo: "Veamos si tu papá puede salvarlo a tiempo" —repitió Emma, con la voz firme pero baja—. Yo no estaba agarrándola para hacerle daño. La estaba agarrando para que no empujara el cochecito. Ella se soltó a propósito.
—¿Estás segura de eso, Emma? —preguntó con suavidad la fiscal Ibarra.
—Sí.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Emma se quedó callada un momento, mirando hacia sus propias manos entrelazadas sobre su regazo.
—Porque los adultos dicen que los niños exageramos o inventamos cosas —dijo, con esa lógica infantil que a veces desnuda la verdad mejor que cualquier argumento legal—. Pero yo grabé todo con mi teléfono antes de que pasara, porque ya la había visto hacer cosas raras antes y quería que alguien me creyera esta vez.
Un murmullo recorrió la sala.
—¿Ya la habías visto hacer "cosas raras" antes? —preguntó la fiscal, con cuidado.
—Sí. Con el columpio. Y con el biberón de mi hermanito. Nadie me creyó esas veces. Por eso empecé a grabar.
El abogado Fuentes intentó objetar, pero el juez levantó una mano.
—Que continúe la testigo.
Emma miró hacia donde estaba sentada Rosa, con Mateo en brazos, al fondo de la sala.
—Rosa siempre me creyó —dijo la niña—. Por eso ella también empezó a cuidar más. Por eso puso la cámara. Porque las dos sabíamos que algo estaba mal, pero nadie más nos escuchaba.
Cuando Emma bajó del estrado, Fuentes intentó una última estrategia: presentar a un perito que argumentara que la dosis de sedante encontrada en el biberón era "terapéutica" y no letal, en un intento de reducir el cargo de tentativa de homicidio a uno menor.
Pero la fiscal Ibarra tenía su propia carta bajo la manga.
—Su señoría, solicito presentar una prueba adicional que no figuraba en la lista original, obtenida legalmente esta semana mediante orden judicial sobre las comunicaciones telefónicas de la acusada.
El juez, tras una breve deliberación con ambas partes, lo permitió.
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Lo que la fiscal estaba a punto de revelar cambiaría completamente el rumbo del juicio.
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