Chapter 6 - El Puño de Ricardo

Arriba, en el cuarto azul, Ricardo acostó a Leo entre sábanas recién calentadas junto al fuego.
El niño, ya más tibio, respiraba con normalidad, aunque en sueños su cuerpito se estremecía de vez en cuando, un temblor pequeño que a Ricardo le partía el alma cada vez que lo veía.
—Nunca más —le susurró, acomodándole el pelo rojo hacia atrás—. Te lo prometo, Leo. Nunca más vas a dormir con frío en esta casa.
Se quedó ahí, sentado en el borde de la cama, un buen rato, sosteniendo la mano pequeña del niño entre las suyas, grandes y ásperas por setenta y dos años de trabajo y de vida.
El avión de madera descansaba sobre la mesita de noche, con su ala rota apuntando hacia la ventana, hacia la nieve que seguía cayendo afuera, ahora indiferente, ahora inofensiva, ahora solo nieve de Navidad y no un arma.
Cuando estuvo seguro de que Leo dormía profundamente, bajó de nuevo.
Encontró a Mateo y a Valentina todavía en el salón, ahora discutiendo en susurros furiosos, con Rosa de pie cerca de la puerta, como un testigo que no pensaba irse.
—...no puedes hablar en serio, Mateo, es mi palabra contra la de una sirvienta...
—Ella no es "una sirvienta", Valentina, es la mujer que ha cuidado a mi hijo mejor que tú en los últimos dos años.
—¡Y yo qué culpa tengo de que ese niño nunca me haya aceptado! ¡Nunca me llama "mamá", nunca...!
—¡No eres su madre! —gritó Mateo, y su voz retumbó en el salón vacío—. ¡Nunca te pedí que fueras su madre, te pedí que fueras decente con él, que es lo mínimo que se le pide a cualquier adulto con cualquier niño!
Ricardo entró en ese momento, y el aire del salón pareció espesarse con su sola presencia.
—Ya basta los dos —dijo—. Esto no se resuelve gritando.
—Papá —dijo Mateo, girándose hacia él, con los ojos brillantes—, tienes razón. Tenías razón desde el principio sobre ella, y yo no quise escucharte.
—No es momento de eso, hijo —dijo Ricardo, y por primera vez en la noche, algo en su voz sonó cansado, viejo, humano—. Es momento de asegurarnos de que esto no vuelva a pasar.
Se dirigió a Valentina, que había retrocedido un paso, con los brazos cruzados en un gesto defensivo que no engañaba a nadie.
—Vas a hacer tus maletas esta noche —dijo Ricardo, con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Vas a irte de esta casa antes de que amanezca, y no vas a volver a acercarte a ese niño jamás en tu vida.
—¡No puedes echarme de mi propia casa!
—Esta casa es mía —dijo Ricardo—. Y mientras yo respire, cualquier persona que le haga daño a mi nieto deja de tener un lugar aquí, sea quien sea. Incluso si es la esposa de mi hijo. Incluso si fueras mi propia hija.
Fue en ese momento que Mateo, mirando a Valentina, sintió que algo en su interior finalmente se quebraba del todo: la última esperanza de que aquello había sido un error, un malentendido, algo que se pudiera arreglar con una conversación tranquila.
—Recojan sus cosas —dijo Mateo—. Ricardo tiene razón. Se acabó.
Valentina, al verse acorralada por los dos hombres, cambió de táctica con una rapidez que solo alguien acostumbrado a manipular podía tener.
Se lanzó hacia adelante, no hacia Ricardo, sino hacia las escaleras, hacia el segundo piso, hacia el cuarto azul.
—¡Si me voy, me lo llevo a él también, aunque sea para hacerte doler, viejo!
Fue un movimiento absurdo, imposible, la amenaza vacía de alguien que ya lo había perdido todo y solo quería llevarse algo por delante.
Pero Ricardo no lo tomó como algo vacío.
Se movió con una velocidad que nadie en esa sala hubiera esperado de un hombre de su edad, y la tomó del brazo antes de que llegara al primer escalón.
—No te acerques a él.
—¡Suéltame!
Fue en ese forcejeo, en ese instante de caos, cuando Valentina, tratando de zafarse, empujó a Ricardo con las dos manos contra el pasamanos de la escalera.
Y fue en ese instante, también, cuando Mateo —el hombre callado, el hombre que llevaba meses, quizás años, sin defender a nadie, ni a su hijo ni a sí mismo— finalmente reaccionó.
Se interpuso entre su padre y Valentina.
—No —dijo, con una voz que Ricardo no le había escuchado nunca—. No te atrevas a tocarlo.
Valentina, fuera de sí, levantó la mano como si fuera a abofetear a Mateo.
No llegó a hacerlo.
El puño de Ricardo —no el de Mateo, sino el del abuelo, el patriarca de setenta y dos años— se adelantó, y golpeó, no a Valentina, sino al hombre que en ese preciso instante bajaba corriendo las escaleras, alertado por los gritos: el hermano de Valentina, Andrés, que llegaba justo a tiempo para intentar defenderla a los golpes, y que recibió, de lleno, el puñetazo de un anciano que ya no tenía nada más que perder ni nadie más a quien temer.
Andrés cayó al suelo, aturdido, con la nariz sangrando.
El salón entero quedó en silencio, un silencio distinto al de antes: no de vergüenza ajena, sino de asombro puro.
—Nadie —dijo Ricardo, respirando con dificultad, sacudiéndose la mano dolorida—, nadie va a tocar a ese niño ni a esta familia nunca más. ¿Me entendieron todos?
Nadie contestó.
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Nadie necesitaba contestar.
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