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EL RELOJ DE ORO / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - El Reloj de Isabel

Tres días antes, en un cuarto donde la humedad dejaba flores negras en las paredes, Isabel se estaba muriendo despacio.

No hay otra forma de decirlo.

La tos ya no sonaba a tos. Sonaba a algo que se rompía adentro, cada vez un poco más.

Tomás estaba sentado en el borde de la cama, con las piernas colgando, demasiado corto para tocar el suelo.

—Mamá.

—Aquí estoy, mi amor.

Isabel decía siempre esa frase, aunque su voz cada día se oía más lejos, como si viniera de otro cuarto.

Tenía el pelo pegado a la frente por la fiebre.

Tenía las manos, esas manos que antes cosían vestidos finos para señoras que ni la miraban a los ojos, ahora reducidas a dos ramas secas sobre la sábana gris.

—Tomás, ven. Acércate.

El niño se acercó.

Ella metió la mano bajo la almohada, con un esfuerzo que le costó todo el aire que tenía.

Sacó un pañuelo viejo, doblado muchas veces, y adentro, el reloj.

—Esto es tuyo ahora.

—¿Por qué me lo das? Tú siempre dices que no lo toque.

—Porque ya no puedo guardarlo yo.

Isabel abrió la tapa con el pulgar, el mismo gesto que Tomás repetiría tres días después frente a una puerta de hierro.

Adentro, la foto pequeña de un hombre joven, guapo, con una sonrisa que no parecía la de Jonathan Branger, porque en esa foto Jonathan Branger todavía no sabía lo que el mundo le iba a quitar.

—¿Quién es?

—Alguien que me quiso mucho. Hace mucho tiempo.

—¿Más que a papá?

Isabel cerró los ojos un segundo.

Tomás nunca había conocido a su padre. Su madre nunca hablaba de él. Eso, para un niño, ya era una respuesta.

—Tomás. Escúchame bien, porque esto lo tienes que hacer sin que nadie te ayude.

—¿Hacer qué?

—Cuando yo ya no esté...

—No digas eso.

—Cuando yo ya no esté —repitió ella, más firme, porque sabía que no tenía tiempo para suavizar las palabras—, vas a ir a la mansión Branger. En la Avenida de los Cipreses. Vas a llegar hasta la puerta y vas a decir que quieres ver a Jonathan Branger. Solo a él.

—¿Y si no me dejan?

—Vas a insistir.

—¿Y si me pegan?

Isabel no respondió eso. No porque no le importara. Porque sabía, con la certeza fría de quien conoce el mundo, que probablemente sí le iban a pegar, y que ella no iba a estar ahí para impedirlo.

—Le vas a mostrar el reloj —dijo en cambio—. Solo eso. No le expliques nada más. Él va a entender.

—¿Entender qué?

—Que tú eres su nieto.

El cuarto se quedó tan callado que se oyó una gotera en algún lugar del techo.

—¿Nieto? Pero tú dijiste que ese hombre de la foto no era mi papá.

—Ese hombre de la foto es tu abuelo, Tomás. Jonathan Branger. Y tu papá, aunque nunca lo conociste, era su hijo.

Tomás miró la foto de nuevo. El hombre joven. La sonrisa que todavía no sabía nada de dolor.

—¿Por qué nunca me lo dijiste antes?

—Porque tenía miedo.

—¿Miedo de qué?

—De que fueras allá antes de tiempo. De que te hicieran daño antes de que yo pudiera explicarte todo bien.

Isabel tosió otra vez, y esa vez la tos duró tanto que Tomás tuvo que sostenerle la espalda con sus dos manos pequeñas, como si eso pudiera detener algo que ya no se podía detener.

Cuando terminó, ella le tomó la cara entre las manos.

—Escúchame. En esa casa hay gente que no te va a querer ahí. Gente que ha esperado mucho tiempo para que esa herencia sea toda de ellos.

—¿Qué herencia?

—Eso no importa ahora. Lo que importa es que tú vas a decir la verdad, aunque nadie te crea al principio. Los niños dicen la verdad más fácil que los adultos. Úsala.

—No entiendo nada de lo que dices, mamá.

—No hace falta que entiendas todo. Solo tienes que hacerlo.

Aquella noche, Isabel le contó, en pedazos, entre toses y silencios largos, una historia que empezaba treinta años antes: un jardín, un joven llamado Daniel Branger, un amor que su padre —el mismo Jonathan— nunca aprobó porque Isabel era, para él, "una chica sin nombre, sin dinero, sin familia que valiera la pena mencionar en una boda".

Le contó que Daniel había muerto en un accidente, joven, antes de poder casarse con ella, antes de poder decirle a su propio padre que ya venía un hijo en camino.

Le contó que ella, embarazada y sola, había decidido desaparecer antes de que la familia Branger la borrara primero.

Le contó que había guardado ese reloj —el único regalo que Daniel le había hecho, el reloj que le habían dado a él de niño, herencia de la familia— durante nueve años, esperando el momento correcto, y que ese momento nunca llegó porque su cuerpo se cansó primero.

—Perdóname —dijo al final, con la voz ya casi sin fuerza—. Perdóname por dejarte esta tarea tan pesada.

—No pesa nada, mamá.

Era mentira, claro. Pesaba muchísimo.

Pero los niños también aprenden, muy temprano, a decir mentiras pequeñas para que los adultos que aman puedan morir un poco más tranquilos.

Isabel murió dos días después, de madrugada, sin ruido, como si hasta el último aliento hubiera decidido no molestar a nadie.

Tomás no llamó a nadie hasta la mañana.

Se quedó sentado junto a la cama toda la noche, con el reloj en las dos manos, escuchando el silencio nuevo del cuarto.

No lloró tanto como se esperaría.

Ya había llorado, en secreto, durante los últimos meses, cada noche, cuando su madre dormía o fingía dormir.

Esa madrugada, lo que sintió fue distinto.

Fue algo parecido a una orden.

Vas a ir a la mansión Branger. Vas a insistir. Le vas a mostrar el reloj. Él va a entender.

Al día siguiente, después de que unas vecinas se hicieran cargo del entierro más pobre que se pueda imaginar —una caja de madera sin barnizar, cuatro flores compradas con las últimas monedas—, Tomás cosió el reloj dentro de su camisa, con el mismo hilo blanco que su madre usaba para remendar su ropa.

Caminó tres horas.

No comió nada en el camino.

No le importó.

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Llegó a una puerta de hierro con flores negras forjadas, pensó que eran bonitas, y un segundo después, una mano lo agarró del cuello.

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