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EL RELOJ DE ORO / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - Ricardo Branger

Ricardo Branger no había nacido malo.

Eso hay que decirlo, aunque a nadie en esta historia le vaya a importar mucho.

Había nacido segundo, y eso, en una familia como los Branger, ya era una especie de condena silenciosa.

Daniel, el primero, el favorito, el que sonreía fácil, el que Jonathan miraba con esos ojos que Ricardo nunca consiguió, aunque se esforzara el doble.

Ricardo se esforzó el doble toda su vida.

Estudió el doble. Trabajó el doble. Se casó con la mujer correcta, tuvo los hijos correctos, mantuvo la sonrisa correcta en cada cena familiar.

Y aun así, cuando Daniel murió, lo único que Ricardo sintió, antes de la culpa por sentirlo, fue un alivio breve y terrible: ahora sí me van a mirar a mí.

No pasó.

Jonathan Branger, en lugar de mirar más a su único hijo vivo, se cerró como una puerta de hierro, exactamente como la de la entrada de su propia casa.

Nueve años de silencio a la hora de la cena.

Nueve años de "buenos días, padre" y "buenas noches, padre" sin una sola palabra más entre esas dos frases.

Y ahora, de repente, un niño de la calle, con una mejilla hinchada y un reloj robado —eso pensaba Ricardo, con toda la fuerza que necesitaba pensarlo para poder dormir esa noche— conseguía en una sola tarde lo que a él le habían costado cuarenta años: la atención completa de su padre.

Elena, su esposa, lo encontró esa noche en el estudio, con un vaso de whisky que no había tocado, solo sostenido, como una excusa para tener las manos ocupadas.

—¿Vas a contarme qué pasó, o me vas a hacer preguntarle a la servidumbre?

—Un niño. Dice que es hijo de Daniel.

Elena se quedó de pie en la puerta, con los brazos cruzados.

—¿Y tu padre le cree?

—Mi padre quiere creerle. Que no es lo mismo, pero en esta casa termina siendo igual de peligroso.

—¿Qué vas a hacer?

Ricardo puso el vaso sobre el escritorio, con más fuerza de la necesaria.

—Averiguar la verdad antes de que la "verdad" que ellos quieren contar se vuelva la única que exista.

—¿Y si es verdad?

La pregunta de Elena se quedó suspendida en el aire, como una mosca que nadie quiere espantar porque molesta menos quieta.

—No puede ser verdad —dijo Ricardo, aunque su voz, por primera vez esa noche, sonó menos segura de lo que él hubiera querido.

—Ricardo. Si es hijo de Daniel, es tu sobrino. Es sangre Branger.

—Si es hijo de Daniel, es la mitad de la herencia que antes iba a ser toda mía.

Elena no respondió a eso.

No porque estuviera de acuerdo. Porque llevaba quince años de matrimonio y ya sabía cuándo una discusión con su marido no llevaba a ningún lugar bueno.

A la mañana siguiente, Ricardo bajó temprano, antes de que su padre despertara, y encontró a Tomás en el jardín, sentado en el borde de la fuente, mirando el agua caer con una fascinación que solo tienen los niños que nunca antes vieron una fuente de cerca.

—¿Te gusta el agua? —preguntó Ricardo, con una voz que intentaba, sin conseguirlo del todo, sonar amable.

—Nunca había visto una así. Que el agua suba en vez de caer nomás.

—Es una fuente. El agua sube por dentro y después cae, en círculo.

—¿Para qué sirve?

—Para nada. Solo para que se vea bonita.

Tomás pensó eso un momento, con la seriedad con la que los niños pobres consideran cualquier cosa que exista sin un propósito claro.

—Qué desperdicio de agua —dijo, finalmente.

Ricardo, a pesar de sí mismo, sintió algo parecido a una sonrisa que no llegó a salir del todo.

Se sentó a su lado, en el borde de la fuente, con cuidado de no arruinar el traje.

—Escúchame, Tomás. Voy a hacerte una pregunta, y quiero que me respondas con la verdad. ¿Alguien te dijo qué decir cuando llegaras aquí? ¿Alguien te enseñó a decir que eras hijo de Daniel?

Tomás lo miró, extrañado.

—Mi mamá me dijo que viniera. Y que le mostrara el reloj a Jonathan Branger. Nadie me enseñó nada más.

—¿Y cómo sabes que Daniel era tu padre?

—Porque mi mamá me lo dijo la noche antes de morirse.

—¿Y si tu mamá se equivocó?

Tomás frunció el ceño, con esa expresión particular que tienen los niños cuando un adulto dice algo que a ellos les parece absurdo.

—Las mamás no se equivocan en eso.

—¿En qué?

—En quién es el papá de uno.

Fue una frase simple, dicha sin ninguna intención de herir, pero que golpeó a Ricardo en un lugar que él mismo no sabía que todavía dolía: en los años en que él mismo se había preguntado, en silencio, si su padre alguna vez había dudado de que él, Ricardo, fuera realmente hijo suyo con el mismo orgullo con el que reconocía a Daniel.

Nunca dudó, claro. Pero Ricardo, en su infancia, había pasado noches enteras imaginando excusas por las cuales su padre lo miraba menos: quizás no era realmente su hijo, quizás por eso.

Y ahora este niño, con su lógica simple, sin saberlo, le devolvía esa vieja herida abierta de un solo golpe.

—Tienes razón —dijo Ricardo, finalmente, con una voz más baja de lo que había planeado—. Las mamás no se equivocan en eso.

Se puso de pie.

—Pero eso no significa que todos en esta casa vayan a creerte tan fácil como tú crees.

—No necesito que todos me crean.

—¿No?

—Solo necesito que Jonathan Branger me crea. Mi mamá dijo que él iba a entender.

Ricardo se quedó mirando al niño un momento más, con una expresión que mezclaba, en partes casi iguales, desprecio, miedo, y algo mucho más incómodo: el inicio de una duda que no quería tener.

Se fue sin decir nada más.

Pero esa misma tarde, llamó otra vez al hombre de voz ronca.

—¿Encontraste algo?

—Todavía no, señor. Pero encontré algo interesante sobre la muerte de la mujer. Isabel. Hay un hospital que la rechazó hace cuatro meses. Falta de pago. Y hay un nombre en ese expediente que quizás no le va a gustar ver.

—¿Qué nombre?

—El suyo, señor Branger. Usted firmó, hace cuatro meses, una carta pidiendo que no se le dieran facilidades de pago a ningún paciente sin garantía en ese hospital. Isabel era una de esas pacientes.

Ricardo se quedó en silencio, con el teléfono pegado a la oreja, mientras afuera, en el jardín, un niño flaco seguía mirando el agua de la fuente subir y caer, subir y caer, sin saber que la muerte de su madre y el miedo del hombre que ahora quería destruirlo estaban, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, más cerca de lo que cualquiera se hubiera imaginado.

—Sigue investigando —dijo Ricardo, finalmente, con la voz seca—. Pero eso, de esa carta, no me lo vuelvas a mencionar nunca.

—Como usted diga, señor.

Colgó.

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Y por primera vez desde que Tomás había llegado a esa casa, Ricardo Branger sintió, además de rabia, algo que se parecía mucho al miedo de ser descubierto.

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