Chapter 1 - Polvo blanco

El sol caía parejo sobre la acera.
Naomi barría.
Movimiento corto, movimiento largo. El sonido seco de las cerdas contra el concreto, un ritmo que ella misma había inventado hacía tres años, cuando empezó este trabajo, y que ahora hacía sin pensar, con el cuerpo en automático y la mente en otro lado.
Pensaba en su hijo. En que necesitaba zapatos nuevos para la escuela. En que el turno de hoy terminaba a las cuatro y todavía le quedaban dos calles enteras por limpiar.
No pensaba en las dos chicas que se acercaban por detrás.
—Mira eso —dijo una voz, entre risas.
Naomi no se dio vuelta. Había aprendido, en tres años de barrer aceras frente a cafés donde la gente pagaba seis dólares por un café que ella nunca podría pedirse, que a veces lo mejor era no darse vuelta.
Las risas se acercaron.
—Oye.
Silencio de su parte. Un movimiento más de la escoba.
—Te estoy hablando.
Naomi levantó la vista, por fin, solo un segundo, lo suficiente para ver a las dos chicas: una con una campera rosa magenta brillante, coleta rubia perfecta, sonrisa torcida. La otra, atrás, con campera de jean, riendo antes de que pasara nada, como quien ya sabe el chiste.
—¿Necesitas algo? —preguntó Naomi, con la voz plana, sin drama.
—Solo mirábamos.
La de rosa tenía algo en las manos. Una bolsa de papel grande, del tamaño de las que se usan para llevar harina o azúcar en cantidad. Naomi la vio, un segundo antes de que pasara, y en ese segundo algo en su cuerpo ya sabía lo que venía.
No hubo tiempo de decir nada.
La bolsa se volcó entera sobre su cabeza.
Una nube blanca la envolvió de golpe, polvo fino que se le metió en los ojos, en la boca entreabierta, que se pegó a su pelo trenzado y cayó como nieve falsa sobre los hombros de su campera bomber negra.
Risas.
Fuertes. Sin vergüenza. Del tipo de risa que solo tienen las personas que nunca en su vida tuvieron que preocuparse por perder un trabajo.
—Oops —dijo la de rosa, con la boca fruncida en una sonrisa que no pedía disculpas por nada.
Naomi se quedó quieta un segundo.
El polvo blanco le cubría los hombros, los brazos, el frente entero de la campera. Un cliente en una de las mesas del café bajó su taza despacio, mirando la escena con esa curiosidad incómoda de quien no sabe si debe intervenir.
Naomi se sacudió el polvo de los hombros con una mano, despacio, sin apuro.
Después levantó la otra mano, un dedo extendido, apuntando hacia las dos chicas.
—Aléjense de mí.
—¿O qué? —dijo la de rosa, sin moverse.
—Se los estoy pidiendo una sola vez.
La de campera de jean soltó otra risita, apoyando una mano en el hombro de su amiga, como quien busca aplauso.
—Ay, qué miedo —dijo la de rosa, dando un paso más cerca en vez de alejarse—. No me das ningún miedo.
Naomi la miró.
No había rabia todavía en su cara. Solo un cansancio viejo, acumulado, el tipo de cansancio que se junta después de años de que el mundo decida que uno es invisible hasta que conviene reírse de uno.
—Última advertencia —dijo, con la misma voz plana de antes, sin subir el tono ni un grado.
La de rosa se cruzó de brazos.
—O qué, ¿me vas a barrer? —soltó, y las dos chicas volvieron a reír, esta vez más fuerte, buscando la atención de los clientes de las mesas cercanas, como si estuvieran actuando para un público.
Naomi bajó la mano.
Se quedó parada, con la escoba todavía sujeta en la otra mano, el polvo blanco todavía pegado a sus pestañas, a la línea de su mandíbula, marcándola como si alguien hubiera querido dejarla disfrazada de algo que no era.
Un cliente sentado cerca, un hombre de mediana edad con lentes de sol subidos sobre la cabeza, sacó su teléfono, apuntándolo hacia la escena con esa curiosidad morbosa de quien intuye que algo va a pasar y no quiere perdérselo.
Las dos chicas no lo notaron. O no les importó.
Estaban demasiado ocupadas riéndose, demasiado seguras de que nada les iba a pasar, porque nunca nada les había pasado antes, porque el mundo siempre había sido blando y complaciente con ellas de una manera que Naomi conocía bien, desde afuera, desde el lugar donde uno mira sin poder tocar.
—Última vez que te lo digo —repitió Naomi—. Retrocede.
—¿O qué? —volvió a decir la de rosa, dando otro paso hacia adelante, tan cerca ahora que su perfume dulzón, mezclado con el polvo blanco flotando en el aire, le llegó a Naomi de lleno a la nariz.
Naomi cerró la mano libre en un puño.
Los nudillos, blancos contra la piel oscura, apretados con una fuerza que llevaba mucho tiempo conteniendo.
No para esa chica en particular.
Para todas las veces anteriores. Para el jefe que le gritaba por llegar tres minutos tarde después de dos horas de transporte público. Para los clientes que caminaban a su lado como si fuera un mueble. Para su hijo, que necesitaba zapatos nuevos y ella no sabía cómo iba a pagarlos este mes.
Para todo eso, junto, de golpe, en un solo momento.
—Última vez —dijo Naomi, en voz muy baja.
La de rosa sonrió, sin entender que esa era la última frontera, el último escalón antes de que algo, en esa acera soleada, cambiara para siempre.
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—Dale —dijo—. Hazlo.
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