Chapter 6 - La reunión

La oficina del abogado Peterson quedaba en un tercer piso sin ascensor, con una alfombra gastada y una vista mediocre hacia un estacionamiento.
Naomi se sentó frente a su escritorio, con las manos entrelazadas sobre la falda de su único pantalón de vestir, el mismo que usaba para las pocas ocasiones formales de su vida: entrevistas de trabajo, reuniones de padres en el colegio de Marcus, y ahora esto.
—Vi el video completo —dijo Peterson, un hombre de unos cincuenta años, con lentes gruesos y una carpeta ya marcada con notas—. Y hablé con dos testigos presenciales que estaban en las mesas cercanas.
—¿Y?
—Y creo que tiene un caso sólido para impugnar el despido. Las cámaras del local, que su antiguo empleador tuvo que entregar por orden legal, confirman que usted advirtió tres veces antes de reaccionar. Eso es relevante.
Naomi asintió, sin sentir todavía ningún alivio real.
—¿Y la parte donde tiré a esa chica al piso?
Peterson se quitó los lentes un momento, limpiándolos con la manga de su camisa, un gesto que parecía usar para ganar tiempo antes de decir algo difícil.
—Esa parte es más complicada. La fiscalía está evaluando si hubo uso excesivo de fuerza después de que la amenaza inicial ya había cesado.
—¿Qué significa eso?
—Significa que un fiscal podría argumentar que, una vez que usted empujó a la primera chica y esta cayó, el peligro inmediato había terminado. Y que lo que pasó después, con la segunda chica, podría considerarse una reacción excesiva más que defensa propia estricta.
Naomi sintió que se le secaba la boca.
—Ella venía hacia mí.
—Lo sé. Y eso es exactamente lo que vamos a argumentar. Pero necesito que entienda que esto no es tan simple como el video parece sugerir a primera vista, para ningún lado. Ni para su despido, ni para la posible acusación en su contra.
—¿Me pueden meter presa?
Peterson dudó antes de contestar, y esa duda dijo más que cualquier palabra.
—Es poco probable, considerando todo el contexto y la provocación previa. Pero no imposible. Por eso necesitamos construir un caso fuerte, con todos los testigos, con las grabaciones de seguridad, con todo lo que podamos reunir.
Naomi se quedó en silencio, mirando sus propias manos sobre la falda, pensando en Marcus, en la mochila azul con el cierre roto, en los zapatos que todavía no había podido comprarle.
—¿Cuánto tiempo puede tomar esto?
—Meses. Tal vez más de un año, si llega a juicio.
—No puedo esperar un año sin trabajo.
—Lo sé. Por eso también vamos a solicitar una indemnización por despido injustificado, que podría ayudar mientras tanto, si el juez falla a su favor.
—¿Y si no falla a mi favor?
Peterson no contestó de inmediato.
—Entonces vamos a tener que buscar otras opciones.
El silencio que siguió se sintió pesado, cargado de todas las posibilidades que ninguno de los dos quería nombrar en voz alta.
—Hay algo más —dijo Peterson, después de un momento, abriendo un sobre nuevo sobre el escritorio—. Recibí esto esta mañana. Es de la familia de una de las jóvenes. La de la campera rosa.
Naomi lo miró, tensa.
—¿Qué es?
—Una carta. Dicen que quieren evitar que esto llegue a juicio. Ofrecen una disculpa formal, y están dispuestos a cubrir cualquier gasto legal que usted haya tenido, a cambio de que ninguna de las dos partes presente cargos.
Naomi tomó el sobre con manos que no estaban del todo firmes.
Adentro, una hoja escrita a mano, con una letra cuidada, evidentemente reescrita varias veces antes de llegar a esta versión final.
Señora Reyes,
No sé si estas palabras van a significar algo para usted, después de lo que hice. Pero necesito decirlas de todos modos.
Lo que hicimos ese día no tuvo ninguna razón. No fue una broma inocente. Fue crueldad disfrazada de diversión, y usted no hizo nada para merecerla.
Vi el video de nuevo, varias veces, y cada vez entiendo mejor lo que usted debió sentir en ese momento: cansada, humillada, sin que nadie a su alrededor hiciera nada para ayudarla, mientras dos personas se reían de usted como si fuera un chiste.
No espero que esta carta arregle nada. Solo quería que supiera que entiendo, ahora, lo que hice. Y que lo siento, de verdad, no porque terminé en el suelo, sino porque nunca debí ponerla en esa posición.
Si hay algo que pueda hacer para ayudarla, en este proceso o después, por favor hágamelo saber.
Chloe Bennett
Naomi terminó de leer y se quedó mirando la carta un largo rato, sin decir nada.
—¿Qué piensa? —preguntó Peterson, con cuidado.
—Pienso que es fácil escribir una disculpa cuando uno tiene un abogado de la familia recomendándole que lo haga para evitar problemas peores.
—Es posible. Pero también es posible que sea sincera. A veces las dos cosas son verdad al mismo tiempo.
Naomi reconoció, sin saberlo, casi las mismas palabras que la madre de Chloe le había dicho a su hija unos días antes, y por un segundo, algo en esa coincidencia la hizo dudar de su propio cinismo.
—¿Qué me recomienda hacer?
—Legalmente, aceptar el acuerdo probablemente sea lo más seguro para usted. Evita el riesgo del juicio penal, y podemos negociar una indemnización decente además de la disculpa.
—¿Y si no quiero aceptar? ¿Si quiero que esto llegue a juicio, para que quede claro, frente a todos, que yo no empecé nada?
Peterson la miró, con respeto genuino por la pregunta.
—Entonces peleamos el juicio. Pero necesito que entienda los riesgos, todos ellos, antes de decidir.
Naomi dobló la carta despacio y la guardó de nuevo en el sobre.
—Necesito pensarlo.
—Tómese el tiempo que necesite.
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Se puso de pie, agradeció con un apretón de manos firme, y salió de la oficina hacia el estacionamiento, donde el sol de la tarde caía sobre el asfalto agrietado, mucho menos elegante que la acera de ladrillo rojo donde todo había empezado, pero de alguna forma, en ese momento, más honesto.
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