Chapter 2 - El primer golpe

Nadie vio el momento exacto en que la mano de Naomi se movió.
Fue así de rápido.
Un instante, la chica de la campera de jean estaba parada detrás de su amiga, riendo, grabando con los ojos algo que pensaba contar después en la cena.
Al instante siguiente, estaba en el aire, tambaleándose hacia atrás, los brazos abiertos buscando algo de qué sostenerse, y encontrando en cambio la mesa metálica de un cliente que apenas alcanzó a levantar su taza antes de que todo cayera.
El estruendo de metal contra concreto llenó la acera.
—¡What the hell! —gritó alguien, una voz de mujer, desde una de las mesas.
La chica de jean quedó sentada entre las patas de una silla volcada, con la mano apoyada sobre el pecho, la boca abierta en un gesto de sorpresa que todavía no se convertía en dolor real.
La de rosa se quedó paralizada un segundo, mirando a su amiga en el piso.
Ese segundo fue suficiente.
Naomi ya se movía hacia ella.
La chica de rosa reaccionó tarde, alzando las manos en un gesto defensivo torpe, pero Naomi ya la había tomado del brazo, con una fuerza que no dejaba espacio para la duda, y la hizo girar en un movimiento seco, un giro de cadera que Naomi conocía de memoria, aprendido no en ningún gimnasio caro, sino en las clases gratuitas de defensa personal que el centro comunitario del barrio daba los sábados, cuando el dinero para clases privadas nunca había sido una opción.
La chica de rosa cayó.
No al concreto. A un costado, sobre el borde de pasto sintético que separaba la vereda del área de mesas, con un golpe sordo que le sacó todo el aire de los pulmones en un solo sonido, mitad grito, mitad jadeo.
—¡Stop! —gritó alguien más, aunque nadie se movió para detener nada.
Las mesas cercanas se vaciaron de conversación. Todo el mundo miraba ahora. Tazas de café a medio camino de la boca, quedándose ahí, olvidadas, mientras los ojos seguían la escena que se desarrollaba en la acera.
El polvo blanco todavía flotaba en el aire, ahora mezclado con el polvo de la pelea, levantado por los movimientos bruscos, formando una nube fina que el sol de la tarde atravesaba en rayos irregulares.
Naomi se quedó de pie.
Respiraba agitada, pero no descontrolada. El mismo control que había usado para barrer la acera diez minutos antes seguía ahí, debajo de la adrenalina, sosteniéndola.
Miró hacia abajo, hacia la chica de campera rosa, que ahora estaba tirada de costado sobre el pasto sintético, una mano apretando el pasto, la otra sosteniendo su propio codo, con los ojos muy abiertos, sin entender del todo cómo había llegado hasta ahí.
—¿Ya... ya terminamos? —preguntó la chica, con la voz quebrada, cualquier rastro de la arrogancia de hacía cinco minutos completamente desaparecido.
Naomi no contestó todavía.
Miró alrededor. La chica de jean seguía en el piso entre las sillas volcadas, sin intentar levantarse, con los ojos fijos en Naomi como quien mira a un animal que no está seguro de si volverá a atacar.
Un cliente había filmado todo con el teléfono, sin bajarlo ni un segundo, la mano firme, sin ningún temblor de emoción, solo la atención fría de quien sabe que acaba de capturar algo que va a ser importante después, aunque todavía no sepa exactamente por qué.
Naomi sintió el polvo blanco todavía pegado a su piel, a su ropa, secándose ya con el calor de la tarde, formando una capa fina como de tiza sobre la tela negra de su campera.
Pensó, por un segundo extraño, en su hijo.
En que si él la viera ahora, parada así, con las manos todavía cerradas en puños, respirando fuerte, ¿qué pensaría?
¿Vería a una madre que se defendió?
¿O vería a alguien que él no reconocía?
La duda le cruzó la cabeza y se fue tan rápido como había llegado, porque la chica de rosa, todavía en el suelo, había empezado a llorar, un llanto silencioso, de esos que salen más de la vergüenza que del dolor físico.
—No... no fue mi intención —murmuró la chica, con la voz rota—. Solo era una broma.
—¿Una broma? —Naomi finalmente habló, y su voz sonó distinta a la de minutos antes, más cansada, menos contenida—. Me tiraste medio kilo de harina encima frente a veinte personas y te reíste en mi cara.
—Lo siento.
—Ahora lo sientes.
La chica no contestó. Se quedó en el suelo, encogida, con el maquillaje corrido por las primeras lágrimas, mirando hacia arriba a la mujer que segundos antes había subestimado por completo.
Uno de los clientes, el hombre de los lentes de sol, bajó por fin su teléfono, sin dejar de grabar, pero acercándose un paso, como si por fin encontrara el coraje de intervenir ahora que lo peor ya había pasado.
—Señora —dijo, dubitativo—. ¿Está usted bien?
Naomi lo miró.
—Estoy bien.
—Deberíamos llamar a alguien. A la policía, tal vez, para... para que quede constancia de lo que pasó primero.
Naomi asintió despacio, aunque en su cabeza ya calculaba otra cosa: cuánto tiempo le tomaría eso, si iba a llegar tarde a buscar a su hijo del colegio, si su jefe le iba a creer que la culpa había sido de dos chicas de campera de marca y no de ella, la trabajadora negra que había terminado en el suelo dos clientas blancas frente a una cafetería llena de testigos.
Sabía cómo funcionaban esas historias, a veces.
Pero por ahora, con el polvo blanco todavía seco en su piel y la escoba tirada a un costado de la acera, solo se permitió respirar.
Una vez.
Dos veces.
May you like
Y decidió que lo que viniera después, vendría.
---