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LA MUJER DE LA ESCOBA / Chapter 7 / 10

Chapter 7 - Zapatos nuevos

Esa noche, Naomi contó las monedas del frasco de vidrio que guardaba sobre la heladera, el que tenía escrito con marcador "ZAPATOS DE MARCUS" en letras infantiles, porque había sido el propio Marcus quien lo había decorado, hacía meses, con la promesa de ayudar a ahorrar.

No alcanzaba.

Faltaban casi veinte dólares, y sin trabajo, esos veinte dólares se habían convertido de pronto en una distancia mucho más grande de lo que hubieran sido una semana atrás.

Marcus entró a la cocina, todavía con el pijama puesto, y la vio contando las monedas sobre la mesa.

—¿Ya casi llegamos? —preguntó, con esa esperanza simple de los niños que todavía no entienden del todo cómo el dinero puede desaparecer de un día para otro.

—Casi.

—¿Cuánto falta?

Naomi dudó, pero decidió no mentirle.

—Veinte dólares.

Marcus se sentó frente a ella, mirando el montón de monedas, contando también, moviendo los labios en silencio mientras sumaba.

—¿Puedo usar mis zapatos viejos un poco más?

La pregunta le apretó el pecho a Naomi de una forma que ninguna de las llamadas del abogado, ni los comentarios del video, ni el comunicado de su exjefe, habían logrado.

—Tus zapatos viejos ya te quedan chicos, mi amor. Te van a lastimar los pies.

—No importa. Puedo aguantar.

—No quiero que aguantes nada.

Marcus se quedó mirando las monedas, pensativo.

—¿Es por lo del video? ¿Por eso no hay dinero?

—Es por eso que perdí el trabajo, sí.

—¿Y si le pides perdón a tu jefe? ¿Si le dices que no lo vas a hacer de nuevo?

Naomi sonrió, cansada, y estiró una mano para acomodarle el pelo revuelto a su hijo.

—No es tan simple, mi amor.

—¿Por qué no?

—Porque a veces perdonar y arreglar las cosas no depende solo de decir "lo siento". A veces las decisiones ya están tomadas, y lo único que queda es encontrar otro camino.

Marcus asintió, sin entender del todo, pero confiando, como siempre, en la palabra de su madre.

—¿Vas a encontrar otro trabajo?

—Voy a intentarlo.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, vamos a arreglárnoslas. Como siempre.

Marcus se quedó callado un momento, mirando el frasco de vidrio casi lleno pero todavía insuficiente.

—Tengo una idea.

—¿Cuál?

—Puedo vender mis cartas. Las de fútbol. Tengo como cuarenta.

Naomi sintió que algo se le quebraba por dentro, un dolor distinto al del despido, al de los comentarios crueles en internet, al miedo de un posible juicio.

Era el dolor específico de ver a un hijo de diez años ofrecer, sin dudarlo un segundo, su propio tesoro más preciado para ayudar a resolver un problema que nunca debió haber sido suyo.

—No, mi amor. Guarda tus cartas.

—Pero quiero ayudar.

—Ya me ayudas. Todos los días. Solo con ser quien eres.

Marcus no pareció del todo convencido, pero no insistió más. Se quedó sentado junto a su madre, ayudándola a apilar las monedas en columnas ordenadas de a diez, en silencio, con esa concentración absoluta que los niños ponen en las tareas que les hacen sentir útiles.

El teléfono de Naomi vibró sobre la mesa.

Un mensaje del abogado Peterson.

Buenas noches. Hablé con la familia Bennett. Están dispuestos a subir la oferta de indemnización de forma considerable si acepta cerrar el caso sin juicio. Quieren evitar la exposición mediática que un juicio traería. ¿Podemos hablar mañana?

Naomi leyó el mensaje dos veces.

Miró a su hijo, que seguía apilando monedas, ajeno a los números que en ese momento podían cambiarles la vida.

Escribió una sola palabra como respuesta.

Sí.

Guardó el teléfono y volvió a concentrarse en las monedas, en su hijo, en el frasco que decía "ZAPATOS DE MARCUS" con letras torcidas de marcador azul.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Crees que esas chicas se sienten mal por lo que hicieron?

Naomi pensó en la carta guardada en su cartera, en las palabras cuidadosamente escritas de Chloe Bennett, en la posibilidad, todavía incierta, de que algo de arrepentimiento genuino pudiera existir del otro lado de todo esto.

—Creo que una de ellas sí.

—¿Y eso está bien? ¿Que solo una se sienta mal?

—Es mejor que ninguna, mi amor.

Marcus asintió, aceptando esa respuesta con la misma facilidad con la que aceptaba la mayoría de las explicaciones de su madre, confiando en que, con el tiempo, terminaría de entender del todo lo que todavía le resultaba confuso.

Terminaron de contar las monedas.

Faltaban dieciocho dólares con cincuenta centavos.

Menos que antes, pero todavía una distancia real.

—Mañana vamos a estar más cerca —dijo Naomi, cerrando el frasco con la tapa metálica—. Te lo prometo.

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Marcus sonrió, con esa fe absoluta que todavía no había aprendido a cuestionar las promesas de su madre, y la abrazó fuerte antes de irse a dormir, dejando a Naomi sola en la cocina, con el frasco de monedas frente a ella y el mensaje del abogado todavía brillando en la pantalla de su teléfono, guardando dentro de sí la posibilidad, todavía frágil, de que las cosas empezaran, por fin, a acomodarse.

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