Chapter 2 - El cuaderno de tapa azul

Tres noches antes de la fiesta, la casa dormía.
O eso creían los adultos.
Renata no dormía. Renata nunca dormía cuando había luna llena, porque la luz entraba por la rendija de su puerta y le dibujaba una raya blanca en el piso, y a ella le gustaba caminar sobre esa raya como si fuera una cuerda floja.
Esa noche, la raya blanca la llevó hasta el pasillo.
Y el pasillo, hasta la puerta del despacho de tía Coralina.
La puerta estaba entreabierta.
Un descuido pequeño. Un descuido que iba a costarle a Coralina mucho más que una fiesta arruinada.
Renata empujó la puerta con dos dedos, despacio, como quien abre la tapa de una caja de música sin querer que suene.
El escritorio de caoba brillaba bajo la luz de una lámpara verde.
Encima, papeles.
Muchos papeles, con letras que Renata todavía no entendía del todo, palabras largas como notaría y usufructo y cesión de derechos, pero había una palabra que sí conocía, porque la había visto en la puerta de entrada de su propia casa, tallada en una placa de bronce:
FERREIRA.
Y debajo, una fecha.
Renata no sabía leer fechas como los adultos, con calendarios y agendas, pero sabía contar los días desde su cumpleaños, y ese número —quince— le sonó cercano.
Quince días.
Tomó el cuaderno de tapa azul que llevaba siempre en la mochila, el mismo donde dibujaba caballos con alas y casas con chimeneas torcidas, y copió el papel entero.
Letra por letra.
Con la lengua afuera.
Con la mano temblando no de miedo, sino de esa concentración feroz que solo tienen los niños cuando saben, sin que nadie se lo diga, que están haciendo algo importante.
No entendía todas las palabras.
Pero entendía la sensación.
La sensación de que algo en esa casa estaba a punto de desaparecer, como el azúcar cuando se disuelve en el café: lento, silencioso, y después ya no está.
Cuando terminó, guardó el cuaderno bajo la almohada.
Y volvió a caminar sobre la raya blanca de luna, de regreso a su cuarto, como si nada hubiera pasado.
Pero algo había pasado.
Algo pequeño, del tamaño de una niña de seis años con los dedos manchados de tinta, se había convertido, sin saberlo, en la única persona de la casa Ferreira que conocía la verdad completa.
A la mañana siguiente, Renata se sentó a desayunar frente a su padre.
Don Mateo comía en silencio, como siempre, con esa disciplina de hombre que aprendió a hacer todo despacio después del accidente: despacio para comer, despacio para vestirse, despacio para no llorar delante de su hija.
—Papá —dijo Renata, mojando una tostada en el chocolate—. ¿Qué es usufructo?
La taza de café de Mateo se detuvo a mitad de camino hacia su boca.
—¿Dónde escuchaste esa palabra?
Renata se encogió de hombros, con esa naturalidad brutal de los niños que no saben mentir todavía.
—La vi escrita.
—¿Dónde?
—En un papel de tía Coralina.
El silencio que siguió duró exactamente el tiempo que tardó Mateo en dejar la taza sobre el plato sin que temblara.
Pero le tembló.
Un poco.
Lo suficiente para que el café salpicara el mantel blanco, y Renata, que notaba todo, notara también eso.
—No entres a ese despacho nunca más —dijo su padre, y por primera vez en mucho tiempo, su voz sonó a miedo.
No a enojo.
A miedo.
—¿Por qué? —preguntó Renata, porque los niños siempre preguntan por qué, incluso cuando ya sospechan la respuesta.
—Porque hay cosas que todavía no te tocan a ti.
Pero Renata ya había decidido, en ese instante, exactamente como deciden los niños: sin discutirlo, sin dudarlo, con la lógica simple y aplastante de quien no ha aprendido todavía a mentirse a sí mismo.
Si es algo que no me toca a mí, es porque me toca a papá.
Y si le toca a papá, entonces me toca a mí protegerlo.
Esa tarde, Herminia encontró a Renata sentada en la escalera de servicio, con el cuaderno azul abierto sobre las rodillas, repasando las letras que había copiado la noche anterior.
—¿Qué haces aquí, mi amor? —preguntó Herminia, secándose las manos en el delantal.
—Guardo un secreto —dijo Renata, sin levantar la vista.
—¿Qué tipo de secreto?
—De los que hacen llorar a los grandes.
Herminia se quedó mirando a la niña un momento largo, y algo en su pecho —algo viejo, algo que llevaba guardado desde hacía años, desde mucho antes de que Renata naciera— se apretó como un puño.
Porque Herminia sabía, mejor que nadie en esa casa, exactamente de qué secreto hablaba Coralina.
Y sabía también que ese secreto tenía fecha de vencimiento.
Quince días.
—Ven —dijo Herminia, extendiendo la mano—. Vamos a merendar.
Renata cerró el cuaderno y lo escondió bajo su brazo, contra el pecho, como quien abraza algo que puede salvarle la vida a alguien.
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No sabía todavía cuánta razón tenía.
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