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Chapter 3 - El hombre que antes tocaba el piano

Para entender a Don Mateo Ferreira había que entender primero sus manos.

Antes del accidente, esas manos habían tocado un piano de cola en el salón principal de la misma casa donde ahora vivía con Renata.

Tocaba mal, según él. Tocaba hermoso, según todos los demás.

El accidente ocurrió en una carretera de montaña, hace siete años, en una noche de lluvia que Mateo todavía escuchaba a veces en sueños: el chirrido de las llantas, el golpe seco, el silencio después.

En ese auto iba también su esposa.

Ella no sobrevivió.

Él sobrevivió, pero dejó las piernas en algún lugar entre el metal retorcido y el asfalto mojado.

Renata tenía apenas un año cuando todo eso pasó.

No recordaba a su madre.

Recordaba, en cambio, las manos de su padre sobre las ruedas de la silla, empujando, empujando, empujando, todos los días de su vida, para llevarla al colegio, para llevarla al parque, para llevarla, esa noche fatídica, a una fiesta donde no debía haber pasado nada más que copas de champán y música aburrida.

Después del accidente, la familia Ferreira se dividió en dos bandos, como se dividen casi todas las familias ricas cuando la fortuna empieza a temblar: los que se quedaron cerca de Mateo, y los que empezaron a mirar la casa, los terrenos, las cuentas bancarias, como quien mira un pastel que todavía no se ha repartido.

Coralina, la hermana mayor de la esposa fallecida de Mateo, pertenecía sin duda al segundo grupo.

Durante siete años, Coralina había sido amable en público y calculadora en privado.

Había visitado a Mateo en el hospital con flores.

Había llorado en el funeral de su hermana con un pañuelo de encaje.

Y había empezado, apenas un mes después del entierro, a mover papeles con un abogado que nadie conocía, en una notaría al otro lado de la ciudad.

Mateo lo sabía.

Lo había sabido desde el principio, porque los hombres que pierden las piernas ganan, a cambio, una paciencia terrible para observar.

Pero no tenía pruebas.

Hasta esa noche, cuando su hija de seis años, con un cuaderno de tapa azul y letra torcida, le puso sobre la mesa —sin saberlo del todo— la prueba que había estado buscando durante años.

—Papá —le había dicho Renata esa misma tarde, antes de la fiesta, mientras él se anudaba la corbata frente al espejo—. ¿Tía Coralina nos quiere?

Mateo dejó de anudarse la corbata.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque en su papel decía nuestro apellido, y decía una fecha, y las personas que quieren a otras personas no escriben sus nombres en papeles con fechas.

Mateo se quedó mirando a su hija a través del espejo.

Y en ese instante entendió que la niña, sin proponérselo, sin entender del todo lo que hacía, había descubierto la verdad con la misma claridad brutal con la que los niños descubren que Santa Claus no existe: de golpe, sin anestesia, y para siempre.

—Renata —dijo, arrodillándose frente a la silla, poniéndose a la altura de sus ojos, algo que hacía desde niña con esa lentitud dolorosa que le costaba cada movimiento—. ¿Puedes traerme ese cuaderno?

Renata corrió a su cuarto y volvió con el cuaderno de tapa azul apretado contra el pecho.

Se lo entregó a su padre como quien entrega un arma cargada: con cuidado, con las dos manos, con la solemnidad de quien sabe que ese objeto pesa más de lo que parece.

Mateo abrió el cuaderno.

Entre dibujos de caballos con alas y casas con chimeneas torcidas, encontró la copia, torpe, mal escrita, con letras que se caían unas sobre otras, de un documento legal que llevaba el sello de una notaría, la firma de un abogado desconocido, y una fecha marcada con un círculo rojo que Renata había dibujado ella misma, porque en el papel original no había círculo, pero a ella le había parecido importante marcarlo.

Cesión de derechos de propiedad. Inmueble ubicado en... A nombre de: Coralina Duarte Villalobos. Fecha de efectividad: mañana.

Las manos de Mateo, esas manos que antes tocaban el piano, temblaron sobre las páginas del cuaderno con más fuerza que en cualquier otro momento desde el accidente.

—¿Dónde encontraste esto? —preguntó, con la voz quebrada.

—En el escritorio de tía Coralina. Con la lámpara verde.

—¿Por qué lo copiaste?

Renata lo pensó un momento, con esa seriedad total que solo tienen los niños cuando intentan explicar algo que sienten pero no saben nombrar.

—Porque sentí que si no lo copiaba, se iba a perder para siempre.

Mateo cerró el cuaderno.

Lo apretó contra su pecho como Renata lo había apretado minutos antes.

Y por primera vez en siete años, algo parecido a la esperanza —una esperanza fea, dura, llena de rabia— le atravesó el cuerpo entero, desde los hombros hasta las piernas que ya no sentía.

—Vamos a esa fiesta —dijo—. Los dos juntos.

—¿Vamos a decir el secreto?

—Vamos a decir la verdad.

Renata asintió, muy seria, como quien acepta una misión de la que depende el destino del mundo.

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Para ella, en ese momento, así era exactamente.

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