Chapter 6 - El hombre del traje gris

El hombre del traje gris se llamaba Ezequiel Roiz, y llevaba veinte años siendo el tipo de abogado que las familias ricas contratan cuando necesitan que un problema desaparezca sin que aparezca su nombre en ningún lado.
Esa noche, Ezequiel estaba entre los invitados de la fiesta, con una copa de whisky en la mano, observando desde lejos el escándalo que se armaba junto a la entrada.
No se movió.
No dijo nada.
Se limitó a sacar el teléfono del bolsillo interior de su saco y escribir un mensaje corto:
Tenemos un problema. La niña sabe algo.
Se lo envió a Coralina, aunque ella, a apenas diez metros de distancia, no podía revisar el teléfono en ese momento, ocupada como estaba intentando sostener su dignidad frente a un salón entero que ya la miraba distinto.
Ezequiel guardó el teléfono, terminó su whisky de un trago, y salió discretamente hacia el estacionamiento.
Tenía que llegar a la oficina antes que nadie más.
Tenía que sacar ese documento de la caja fuerte y destruirlo, o moverlo a un lugar donde nadie pudiera encontrarlo jamás.
Porque Ezequiel, después de veinte años en ese oficio, sabía algo que los Coralinas de este mundo a veces olvidan: los documentos falsos son útiles solo mientras nadie sospecha de ellos.
En el momento en que alguien empieza a sospechar, esos mismos documentos se convierten en la prueba más contundente del delito.
Y esa niña, con su vestido amarillo y su vocecita aguda, acababa de sembrar una sospecha que ya no se podía desenterrar.
Mientras Ezequiel conducía por las calles vacías de la madrugada, con las manos apretando el volante más de lo necesario, no sabía que Herminia, en ese mismo instante, tomaba un teléfono en la cocina de la mansión y llamaba a alguien.
No a la policía.
Todavía no.
Llamaba a su sobrino, Tomás, un joven periodista de veintiséis años que trabajaba en el diario más importante de la ciudad, cubriendo casos de corrupción y fraudes patrimoniales, precisamente el tipo de historias que nadie más se atrevía a tocar cuando los apellidos involucrados pesaban tanto como Ferreira o Duarte Villalobos.
—Tomás —dijo Herminia, con la voz baja, mirando por encima del hombro para asegurarse de que nadie la escuchara—. Necesito que vengas a la casa. Ahora mismo. Y trae tu cámara.
—Tía, son las once de la noche.
—Trae tu cámara, Tomás. Y no le digas a nadie a dónde vas.
Tomás, que conocía a su tía lo suficiente para saber que esa voz no admitía preguntas, colgó el teléfono y salió corriendo hacia su auto.
Mientras tanto, en el salón, Coralina intentaba una última maniobra desesperada.
—Mateo, por favor —dijo, bajando la voz, acercándose a él con una sonrisa que le costaba sostener—. No hagamos un espectáculo delante de todos. Vamos a mi despacho y hablamos como familia.
—¿Como familia? —repitió Mateo, y su risa, corta y amarga, resonó extrañamente fuerte en el silencio del salón—. Llevas siete años planeando quitarme la casa de mi esposa, ¿y ahora quieres hablar como familia?
Los invitados que aún permanecían cerca de la entrada, entre las columnas y las puertas de vidrio, empezaron a susurrar entre ellos.
Las palabras "casa," "quitar" y "siete años" viajaban de boca en boca como chispas sobre pasto seco.
Coralina sintió que el piso, literalmente el piso de mármol bajo sus tacones dorados, empezaba a temblar, aunque en realidad no se movía nada.
Era su mundo el que temblaba.
—Eso es mentira —dijo, ya sin fuerza en la voz—. Son inventos de una niña resentida y de un hombre amargado por su desgracia.
Fue un error.
Un error enorme, del tamaño de todos los errores que se cometen cuando el miedo obliga a alguien a decir la verdad de lo que realmente piensa.
Porque llamar "amargado por su desgracia" a un hombre en silla de ruedas, delante de cien testigos, en la misma noche en que se le acusaba de intentar despojarlo de su casa, no sonó a defensa.
Sonó a confesión.
Renata, todavía en brazos de Herminia, sintió que algo se aflojaba en el pecho de la mujer que la sostenía.
Como si Herminia, en ese instante, hubiera terminado de decidir algo.
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Y en efecto, así era.
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