Chapter 7 - La cámara de Tomás

Tomás llegó a la mansión Ferreira veintitrés minutos después de la llamada de su tía, con la cámara colgada del cuello y el corazón latiéndole con esa mezcla de miedo y euforia que sienten los periodistas cuando presienten que están a punto de tropezar con una historia grande.
Herminia lo interceptó en la entrada de servicio, lejos de las miradas de los invitados.
—No entres al salón todavía —le dijo—. Espera aquí.
—Tía, ¿qué está pasando?
—Está pasando que esta noche, por primera vez en dieciocho años, voy a dejar de callarme.
Herminia le explicó, en frases cortas, atropelladas, todo lo que sabía: el documento falsificado, la firma con 94% de compatibilidad, el sobre del laboratorio, el nombre de Ezequiel Roiz, la caja fuerte, el plazo de "mañana" que la propia Renata había descubierto sin saberlo.
Tomás escuchaba con los ojos cada vez más abiertos, sintiendo que su tía, la mujer que le preparaba la merienda cuando era niño, se había convertido de pronto en la fuente más importante de su carrera.
—Necesito pruebas, tía. No puedo publicar esto solo con lo que me cuentas.
—Lo sé —dijo Herminia—. Por eso te llamé. Ven.
Lo llevó por un pasillo estrecho hasta un cuarto pequeño, casi olvidado, donde se guardaban documentos administrativos de la casa: recibos, contratos de servicio, papeles del seguro.
Abrió un cajón con una llave que llevaba colgada del cuello, escondida bajo el uniforme, una llave que nadie más en la casa sabía que existía.
Dentro del cajón, un sobre viejo, amarillento por los años.
—¿Qué es esto? —preguntó Tomás.
—La copia que yo guardé. Hace tres años, cuando encontré por accidente el resultado del laboratorio en el escritorio de Coralina, hice una fotocopia antes de devolverlo a su lugar. No supe qué hacer con ella durante todo este tiempo. Tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De perder mi trabajo. De que nadie me creyera. De que Coralina, con todo su dinero, encontrara la manera de hacerme quedar como una mentirosa, o peor.
Tomás tomó el sobre con manos temblorosas y sacó las hojas.
Ahí estaba: el resultado del análisis de firma, el 94% de compatibilidad marcado en tinta roja, el sello del laboratorio, la fecha.
—Tía, esto es suficiente para abrir una investigación.
—Lo sé. Por eso te llamé.
Fotografió cada página con su cámara, con manos que ya no temblaban, con la precisión metódica de alguien que ha esperado toda su carrera por un momento así.
Cuando terminó, Herminia lo tomó del brazo.
—Ahora ven conmigo al salón. Es hora de que Mateo sepa que no está solo.
Entraron juntos, tía y sobrino, por una puerta lateral que daba directamente al área donde la confrontación seguía desarrollándose, ahora en un tono más bajo, más íntimo, entre Mateo y Coralina, mientras los invitados observaban desde una distancia prudente, fingiendo conversar entre ellos sin dejar de mirar de reojo.
Herminia se acercó a Mateo y le entregó el sobre, sin decir una palabra.
Mateo lo abrió con manos temblorosas.
Leyó las primeras líneas.
Y algo en su rostro cambió por completo: el dolor de siete años, la rabia contenida, el miedo de perder también la casa donde había sido feliz con su esposa, todo eso se transformó, en cuestión de segundos, en una calma fría y decidida.
—Coralina —dijo, levantando la voz lo suficiente para que los invitados más cercanos volvieran a guardar silencio—. ¿Sabes lo que es esto?
Le mostró el sobre, sin entregárselo, solo mostrándolo desde la distancia, como quien muestra un arma que no piensa usar todavía, pero que definitivamente puede usar.
Coralina palideció.
El maquillaje, de pronto, pareció una máscara mal puesta sobre una cara que ya no podía sostener la actuación.
—¿De dónde sacaste eso? —susurró, con una voz que ya no era la voz de una dama de sociedad, sino la voz asustada de alguien acorralado.
—De la misma casa que intentaste robarme —respondió Mateo—. La misma casa que sirvió, durante dieciocho años, a una mujer más honesta que tú.
Miró a Herminia.
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Y por primera vez desde el accidente, algo parecido a una sonrisa, pequeña, torcida, pero real, le cruzó el rostro.
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