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OCHO AÑOS ESPERANDO / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - La Grieta

Las primeras dos semanas fueron de ajuste.

Dante buscaba trabajo. Tocaba puertas que se cerraban apenas veían la casilla marcada en su solicitud: antecedentes penales, sí. Volvía a casa con los hombros caídos, y Marisol lo recibía sin preguntar, porque preguntar era como frotar sal en una herida que apenas empezaba a cerrar.

—Nada —decía él.

—Mañana será mejor —decía ella.

Camila, mientras tanto, se movía por la casa como una sombra cuidadosa. Comía menos. Hablaba menos. Cuando Dante entraba a una habitación, ella encontraba un motivo para salir.

Marisol pensó que era timidez.

Pensó que era vergüenza por el embarazo, del que nunca había querido decir el nombre del padre. "Un chico de la universidad", había dicho meses atrás, con los ojos fijos en la pared. "Ya no está en el cuadro."

Marisol no había insistido. Camila tenía derecho a sus silencios.

Lo que Marisol no sabía era que esos silencios tenían nombre.

Y que el nombre dormía cada noche a su lado.

Una tarde de martes, Marisol llegó temprano del trabajo. La lavandería había cerrado antes por una falla eléctrica. Entró por la puerta trasera, como siempre, con las llaves tintineando en su mano.

Escuchó voces en la cocina.

—No podemos seguir así —decía Camila, con la voz quebrada.

—Lo sé —decía Dante—. Lo sé, pero ¿qué quieres que haga?

—No lo sé, Dante. No lo sé.

Marisol se detuvo en el pasillo. El corazón le dio un vuelco, pero su mente, todavía protegida por ocho años de fe ciega, buscó una explicación razonable.

Están hablando del bebé. Dante debe estarle dando consejos. Es normal, es familia.

Entró a la cocina.

Camila y Dante se separaron tan rápido que Marisol sintió el movimiento antes de entenderlo. Como cuando dos imanes se repelen.

—¿De qué hablan? —preguntó, con una sonrisa que ya empezaba a temblarle en las comisuras.

—De nada —dijo Camila, saliendo casi corriendo hacia las escaleras.

—Le estaba diciendo que no se preocupe tanto —dijo Dante—. El embarazo la tiene alterada.

Marisol asintió.

Guardó la semilla de duda junto a la otra, la del abrazo tardío.

Ya eran dos semillas.

Esa noche, en la cama, Marisol se giró hacia Dante en la oscuridad.

—¿Hay algo que deba saber? —preguntó.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti. Sobre estas semanas. Te siento distinto.

Dante se quedó callado un momento demasiado largo.

—Es difícil adaptarme —dijo finalmente—. Ocho años cambian a un hombre.

—A mí también me cambiaron —dijo Marisol—. Y aun así seguí siendo la misma para ti.

—Lo sé.

—Entonces sé el mismo para mí.

Dante la abrazó. Esta vez sin retraso.

Marisol quiso creer que eso significaba algo.

Los días siguientes trajeron más grietas pequeñas. Un mensaje de texto que Dante borró demasiado rápido cuando ella entró a la habitación. Un perfume distinto en su camisa —no el de Marisol— que ella atribuyó, sin quererlo del todo, a alguna compañera de la fila del desempleo. Camila que dejó de comer con ellos en la mesa, alegando náuseas, aunque el médico había dicho que ese trimestre ya no debía tenerlas.

Marisol empezó a notar patrones.

Empezó, sin decírselo a sí misma con esas palabras exactas, a vigilar.

Un jueves, mientras doblaba la ropa limpia, encontró en el bolsillo del pantalón de Dante un papel doblado en cuatro. Lo desdobló con dedos que ya no temblaban de amor, sino de un miedo distinto, más antiguo, más animal.

Era una ecografía.

Una imagen borrosa, en blanco y negro, con una fecha impresa en la esquina.

La misma fecha en que Camila había ido "sola" a su control prenatal, según le había dicho a Marisol esa mañana.

Marisol se quedó de pie en medio de la habitación, con la ecografía en la mano, durante lo que le pareció una eternidad.

Después la dobló exactamente como estaba.

La volvió a poner en el bolsillo.

Y siguió doblando la ropa, como si nada, como si el mundo no acabara de partirse en dos silenciosamente, en la palma de su mano.

Esa noche no durmió.

Se quedó mirando el techo, contando otra vez, como en los años de cárcel, pero esta vez no contaba los clics del reloj de la cocina. Contaba las semanas. Contaba los meses. Contaba hacia atrás desde la fecha de la ecografía hasta la fecha en que Dante había salido de prisión.

El número que le dio la cuenta la dejó fría.

Coincidía.

Coincidía exactamente con la primera semana en que Dante había vuelto a casa.

Marisol cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar la aritmética que su mente ya no podía dejar de hacer.

No podía ser.

No su Camila. No su Dante.

No después de ocho años.

Pero la grieta, una vez que se abre, no vuelve a cerrarse.

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Y esa noche, mientras Dante dormía a su lado con la respiración tranquila de un hombre sin culpa aparente, Marisol empezó, por primera vez, a odiar el sonido de esa respiración.

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