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OCHO AÑOS ESPERANDO / Chapter 9 / 10

Chapter 9 - El Bebé

El pasillo del hospital olía a antiséptico y café quemado de máquina expendedora.

Marisol se quedó de pie frente a la puerta de la sala de maternidad, sin decidirse a entrar, durante casi veinte minutos. Vio entrar y salir enfermeras. Vio a Dante, en un momento, cruzar el pasillo con el rostro pálido y los ojos hundidos de quien no ha dormido en días.

Él la vio también.

Se quedaron mirándose desde extremos opuestos del pasillo, sin acercarse.

—¿Cómo está? —preguntó Marisol finalmente, rompiendo la distancia con la voz, aunque no con los pies.

—Con dolor —dijo Dante—. Pero el médico dice que todo va bien.

Marisol asintió.

—Gracias por venir —agregó Dante, después de un silencio—. No esperaba que vinieras.

—No vine por ti —dijo Marisol, con una firmeza que no dejaba espacio a dudas—. Vine por ella. Y por el bebé.

Dante bajó la cabeza, aceptando la distinción sin protestar.

Cuarenta minutos después, una enfermera salió a anunciar que el bebé había nacido. Una niña, sana, de tres kilos exactos. Dante entró primero a la habitación, y Marisol se quedó afuera, respirando profundo, preparándose para una decisión que llevaba semanas posponiendo.

Entrar o no entrar.

Ver a la niña o no verla.

Finalmente, empujó la puerta.

Camila estaba en la cama, pálida, exhausta, con el cabello pegado a la frente por el sudor del parto. Sostenía a la bebé envuelta en una manta rosa contra su pecho. Cuando vio a Marisol entrar, sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato.

—Tía —dijo, la voz quebrada—. No pensé que vendrías.

—Tampoco yo —admitió Marisol.

Se quedó de pie junto a la cama, sin saber bien qué hacer con las manos, con la mirada.

—¿Puedo? —preguntó, señalando a la bebé, sorprendida de su propia pregunta.

Camila asintió, incapaz de hablar por el llanto.

Marisol tomó a la niña con el cuidado de quien ha cargado bebés antes —había cargado a Camila misma, años atrás, en las pocas ocasiones en que la hermana de Marisol la había dejado con ella siendo apenas una bebé también, en un eco extraño y doloroso del presente.

La niña abrió los ojos brevemente, sin enfocar todavía, y Marisol sintió algo inesperado: no rencor, no dolor, sino una ternura pura, incondicional, dirigida hacia esa criatura diminuta que no tenía ninguna culpa de las circunstancias de su llegada al mundo.

—¿Cómo se llama? —preguntó Marisol.

Camila dudó un momento.

—Todavía no decidimos del todo —dijo—. Pero estaba pensando en Esperanza. Por... —se detuvo, insegura de si continuar la frase.

—Por los ocho años —completó Marisol, entendiendo de inmediato.

Camila asintió, las lágrimas cayendo libremente ahora.

—Sé que no tengo derecho a pedirte nada —dijo Camila—. Pero quería que supieras el nombre antes de decidirlo oficialmente. Quería tu opinión.

Marisol miró a la niña en sus brazos, esa pequeña vida completamente ajena a la traición que la había precedido, completamente inocente de los ocho años de espera, de la carta con hilo blanco, del espejo roto en la penumbra de una habitación matrimonial.

—Es un buen nombre —dijo finalmente—. La esperanza no siempre llega de la forma que uno espera. Pero cuando llega, hay que reconocerla de todos modos.

Camila lloró con más fuerza entonces, no de tristeza exactamente, sino de un alivio complicado, mezclado con culpa, mezclado con gratitud.

—Lo siento, tía —dijo, por enésima vez, pero esta vez con una sinceridad distinta, más desnuda—. Lo siento de verdad. No hay excusa para lo que hice. Solo quiero que sepas que nunca fue mi intención destruir tu vida.

Marisol no respondió de inmediato.

Se quedó mirando a la bebé, sintiendo el peso pequeño y cálido contra su pecho, un peso que le recordaba, extrañamente, al peso de todas las cartas que había escrito durante ocho años, dirigidas a un hombre que terminaría rompiéndole el corazón de todos modos.

—No sé si algún día podré perdonarte del todo —dijo finalmente Marisol—. Pero no voy a odiar a esta niña por las decisiones de sus padres. Eso te lo puedo prometer.

Fue lo más cercano a un perdón que Marisol pudo ofrecer ese día.

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Y para Camila, en ese momento, fue suficiente.

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