Chapter 1 - La Grieta

El primer golpe no hizo ruido.
El segundo, sí.
Daniel no recordaba haber tomado la decisión de arrancar el zócalo. Sus manos ya estaban ahí, clavadas en la madera blanca, cuando su cabeza todavía intentaba entender por qué.
Había sido el sonido.
Un golpe seco, hueco, detrás de la pared del pasillo. Como si algo respirara ahí dentro.
Se arrodilló.
Las rodillas del pantalón se le llenaron de polvo. No le importó.
Metió los dedos en la unión de dos tablas y tiró.
La madera crujió como un hueso viejo.
Un astilla se le clavó en la palma. No la sintió.
—Tiene que ser una tubería —se dijo en voz baja, aunque ya sabía que no era una tubería.
Las tuberías no respiran.
Arrancó otra tabla. Y otra.
El sudor le bajaba por la sien y goteaba sobre el piso, mezclándose con el polvo blanco de yeso.
Afuera, la luz de la tarde entraba filtrada por la ventana del pasillo. Gris. Sin fuerza.
Una planta verde, olvidada en su maceta, era lo único vivo en aquel corredor.
Daniel siguió arrancando.
Sus manos ya sangraban un poco. No paró.
Cuando la última tabla cedió, el hueco se abrió como una boca oscura.
Frío.
Salió frío de ahí dentro, un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la casa.
Se inclinó hacia adelante.
Sus ojos tardaron un segundo en acostumbrarse a la oscuridad.
Y entonces la vio.
Una niña.
Sentada, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas, como si llevara así mucho tiempo. Mucho, mucho tiempo.
Tenía el pelo castaño, apelmazado, cayéndole sobre la cara.
La cara sucia. Rayas negras marcadas por lágrimas viejas y lágrimas nuevas.
Un vestido de mezclilla, demasiado fino para el frío de ese hueco.
La niña levantó la vista.
Sus ojos se encontraron con los de Daniel.
Y en ese instante, algo en el pecho de Daniel se partió en dos, sin ruido, igual que la primera tabla.
—Papá —susurró la niña.
Fue una sola palabra.
Pero cayó sobre Daniel como si el techo entero se le hubiera venido encima.
No dijo nada.
No pudo.
Su boca se abrió, pero no salió sonido.
Sus ojos —esos ojos que segundos antes solo buscaban una tubería rota— ahora estaban completamente abiertos, fijos, como si algo dentro de él hubiera dejado de funcionar.
La cámara de su mente, si es que existiera una, habría hecho un acercamiento lento hasta quedarse solo en sus pupilas dilatadas.
Retrocedió sobre las rodillas.
Un paso. Otro.
La espalda le chocó contra la pared opuesta del pasillo.
Y ahí se quedó, sentado en el suelo, entre las tablas rotas, mirando ese hueco negro como quien mira una herida que acaba de descubrir en su propio cuerpo.
La niña no se movió.
Solo lo observaba.
Como si llevara toda su vida esperando a que alguien, algún día, arrancara esas tablas.
El silencio de la casa se hizo insoportable.
Se oía el zumbido lejano del refrigerador en la cocina. El tictac de un reloj en algún lugar. La respiración entrecortada de Daniel, cada vez más rápida.
Y, muy despacio, un sonido nuevo.
El roce de una tela.
La niña había estirado una mano, apenas un poco, hacia la luz que entraba por el hueco.
Sus dedos eran delgados. Las uñas, mordidas hasta la carne.
—¿Ya puedo salir? —preguntó, con una voz tan baja que Daniel tuvo que leer el movimiento de sus labios más que escucharla.
Daniel no respondió.
No porque no quisiera.
Sino porque, en ese momento, no sabía cuál era la respuesta correcta.
No sabía si había una respuesta correcta.
Miró hacia el final del pasillo, hacia la puerta cerrada de la sala.
Y por un instante absurdo, aterrador, pensó: que nadie venga ahora.
Pero alguien ya venía.
Se oyeron pasos.
Rápidos. Descalzos. Golpeando la madera del piso con un ritmo desesperado.
Daniel giró la cabeza.
Y en la penumbra del pasillo apareció Elena.
El cabello rubio, ondulado, le caía sobre los hombros, despeinado como si hubiera salido corriendo de algún lugar sin pensarlo. La blusa de seda color champán se le pegaba al cuerpo por el sudor repentino. Iba descalza.
Se detuvo en seco al ver el hueco en la pared.
Al ver las tablas rotas.
Al ver a Daniel, sentado en el suelo, pálido como la cal.
Su rostro cambió en una fracción de segundo. El miedo le atravesó los ojos como un relámpago.
—Daniel —dijo, con la voz quebrada—. ¿Qué hiciste?
Él no respondió.
Ella dio un paso más y entonces la vio.
A la niña.
Dentro del muro.
Y el grito que soltó Elena no fue un grito de sorpresa.
Fue el grito de alguien que ha estado esperando ese momento, con terror, durante años.
—¡No! —gritó, cubriéndose la boca con ambas manos—. No, no, no...
Daniel finalmente encontró su voz. Ronca. Extraña, como si perteneciera a otra persona.
—Elena.
Ella no lo miró. No podía apartar los ojos del hueco, de la niña que seguía ahí, quieta, observando la escena como quien observa una obra de teatro que ya conoce de memoria.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Daniel, sin levantarse del suelo—. ¿Cuánto tiempo ha estado ahí?
Elena no respondió.
Sus rodillas cedieron y cayó, más que se sentó, sobre el suelo cubierto de astillas.
Las manos le temblaban.
Y en ese temblor, en esa incapacidad absoluta de mirarlo a los ojos, Daniel entendió algo que todavía no podía nombrar.
Elena sabía.
Elena siempre había sabido.
La niña, dentro del hueco, seguía observándolos.
Con una calma que no correspondía a una niña de ocho años.
Una calma de quien ha aprendido, a base de tiempo y de silencio, que gritar no sirve de nada.
Que lo único que funciona es esperar.
Afuera, el cielo gris se oscureció un poco más.
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Y en algún lugar de la casa, muy lejos de ese pasillo, un bebé comenzó a llorar.
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