Chapter 9 - Las Dos Niñas

La noticia de la muerte de Renato debió haber traído alivio a la casa.
En cambio, trajo un tipo distinto de tormenta.
Elena se derrumbó por completo esa noche, incapaz de reconciliar el hecho de que había mantenido a su propia hija encerrada por un peligro que, durante buena parte de ese tiempo, ya no existía.
—Todo fue en vano —repetía, sentada en el suelo del baño, con la puerta cerrada—. Todo lo que le hice, para nada.
Daniel, del otro lado de la puerta, no supo si consolarla o dejarla enfrentar sola el peso de esa verdad.
Eligió, finalmente, sentarse en el suelo del pasillo, justo frente a la puerta cerrada, en silencio, sin decir nada, simplemente para que ella supiera que no estaba completamente sola, aunque tampoco mereciera consuelo fácil.
Mientras tanto, en la sala, algo distinto sucedía.
Mía y Lucía jugaban en el suelo, rodeadas de bloques de colores, ajenas por completo al drama que se desarrollaba en el resto de la casa.
—Mía —dijo Lucía, en su balbuceo apenas comprensible—, ¿tú vives aquí?
La pregunta, hecha con toda la inocencia de una niña de un año y medio que apenas comenzaba a formar oraciones completas, tenía un peso que la propia Lucía no podía imaginar.
Mía la miró un momento antes de responder.
—Creo que sí —dijo—. Ya no sé bien.
—¿Y antes dónde vivías?
Mía señaló, con un dedo, hacia el pasillo, hacia el hueco todavía sin reparar en la pared.
—Ahí —dijo, simplemente.
Lucía frunció el ceño, con esa expresión de concentración absoluta que tienen los bebés cuando intentan procesar algo que escapa a su comprensión.
—¿Ahí no hay espacio para jugar —dijo, con la lógica implacable de un niño pequeño—. Ahí no caben los bloques.
—No —confirmó Mía, con una sonrisa pequeña, casi imperceptible, la primera sonrisa genuina que Daniel, que las observaba desde el umbral de la sala sin que ellas lo notaran, le había visto desde que la había sacado del hueco—. Ahí no caben los bloques.
—Entonces es mejor aquí —concluyó Lucía, con la simpleza absoluta de quien resuelve un problema complejo con una sola frase—. Aquí sí caben los bloques. Y yo.
Mía se quedó mirando a su hermana pequeña un largo rato.
—Sí —dijo finalmente—. Aquí es mejor.
Fue una frase corta. Sin dramatismo. Sin la solemnidad que un adulto le habría dado a esas palabras.
Pero para Daniel, observando desde la puerta, con el corazón todavía deshecho por los descubrimientos de los últimos días, esa pequeña conversación entre dos niñas contuvo más verdad y más esperanza que cualquier discurso adulto sobre perdón, justicia o reparación.
Se acercó despacio y se sentó en el suelo junto a ellas.
—¿Puedo jugar? —preguntó.
Lucía asintió con entusiasmo, ofreciéndole de inmediato un bloque azul.
Mía lo miró con más cautela, evaluándolo, como seguía evaluando cada gesto de los adultos a su alrededor.
—¿No vas a pelear con mamá? —preguntó.
—No ahora —dijo Daniel—. Ahora quiero jugar con ustedes dos.
Mía asintió, despacio, y le entregó un bloque rojo.
—Este va aquí —dijo, señalando un espacio en la torre que estaban construyendo—. Si lo pones mal, se cae todo.
Daniel colocó el bloque con cuidado, siguiendo las instrucciones precisas de la niña.
La torre se mantuvo en pie.
—Bien hecho —dijo Mía, con una aprobación seria, casi solemne, que hizo que Daniel sintiera una alegría desproporcionada para la simpleza del momento.
Fue, quizás, el primer instante desde el descubrimiento del hueco en la pared en que la casa se sintió, aunque fuera por unos minutos, como un hogar normal.
Una torre de bloques. Dos niñas. Un padre sentado en el suelo.
Nada de eso borraba lo que había pasado.
Nada de eso arreglaba, de un plumazo, meses de encierro, años de mentiras, la vergüenza que en ese momento consumía a Elena del otro lado de una puerta cerrada.
Pero era, al menos, un comienzo distinto.
Un ladrillo colocado con cuidado sobre otro, en lugar de uno arrancado a la fuerza de una pared.
Cuando la torre finalmente se derrumbó —porque todas las torres de bloques, tarde o temprano, se derrumban—, Lucía soltó una carcajada estruendosa, aplaudiendo el caos con la alegría pura de los niños pequeños.
Mía, en cambio, se quedó mirando los bloques desparramados por el suelo durante un momento largo.
—Se cayó —dijo, con una voz que por un instante recuperó algo de la seriedad que tanto la caracterizaba—. Pero podemos construirla de nuevo.
Levantó un bloque y lo colocó de nuevo en el centro de la alfombra, iniciando la base de una nueva torre.
—¿Verdad que sí? —preguntó, mirando a Daniel directamente a los ojos—. ¿Podemos construirla de nuevo?
Y en esa pregunta, hecha por una niña que había pasado tres años aprendiendo que casi nada se podía reconstruir, que la mayoría de las cosas rotas se quedaban rotas para siempre, Daniel escuchó algo que sonaba, contra todo pronóstico, a esperanza.
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—Sí —respondió, con una firmeza que no sabía si podría cumplir del todo, pero que en ese momento sintió con toda el alma—. Podemos construirla de nuevo.
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