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DETRÁS DEL MURO / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - Lo Que Guarda el Baúl

Al día siguiente, Daniel decidió que ya no podía cargar solo con el peso de lo que había encontrado en la buhardilla.

Le mostró a Elena el teléfono viejo, todavía con la conversación congelada en la pantalla agrietada.

—¿Sabías que esto seguía en el baúl? —preguntó.

Elena palideció al ver el aparato.

—Pensé que lo había destruido —murmuró—. Pensé que lo había tirado hacía años.

—Pues no lo hiciste.

Elena tomó el teléfono con manos temblorosas y leyó el último mensaje, aunque claramente ya lo conocía de memoria.

—Renato nunca dejó de buscarme —dijo, casi para sí misma—. Ni siquiera después de que dejamos de recibir mensajes. Vivía con la certeza de que en cualquier momento aparecería.

—¿Y por eso decidiste que la solución era una pared?

—No fue una decisión, Daniel. Fue una espiral. Cada mes que pasaba sin noticias suyas, me decía a mí misma que tal vez ya se había rendido. Y entonces algo pasaba, algo mínimo, y el miedo regresaba multiplicado.

Daniel se sentó frente a ella, con el teléfono todavía en la mano.

—Tenemos que averiguar si sigue vivo —dijo—. Si sigue buscando. No podemos vivir con esta incertidumbre, y mucho menos podemos seguir escondiendo a Mía de la vida solo por un fantasma que quizás ya ni siquiera exista.

—¿Y si existe? —preguntó Elena, con los ojos llenos de un miedo genuino—. ¿Y si en el momento en que empecemos a hacer preguntas, a moverla a un colegio, a inscribirla oficialmente en algún lugar, él se entera?

—Entonces lo enfrentamos como se supone que se enfrentan estas cosas —dijo Daniel—. Con abogados. Con la policía. Con órdenes de protección. No con paredes, Elena. Nunca más con paredes.

Ella asintió, aunque el gesto parecía costarle un esfuerzo casi físico, como si estuviera desaprendiendo, con dolor, el único mecanismo de supervivencia que había conocido durante los últimos tres años.

Esa tarde, Daniel llamó a un abogado que conocía de su trabajo, alguien de confianza, y le explicó, con las palabras más neutras que pudo encontrar, una versión simplificada de la situación: una niña con una identidad falsa, un padre biológico potencialmente peligroso, la necesidad urgente de regularizar la situación legal de una menor.

El abogado, tras un silencio incómodo al otro lado de la línea, prometió investigar discretamente antes de dar cualquier paso oficial.

Mientras esperaban noticias, la casa entró en una especie de tregua extraña.

Mía comenzó a salir al patio trasero, tímidamente al principio, luego con más confianza, sintiendo el sol directamente sobre la piel por primera vez en mucho tiempo sin la sensación de estar cometiendo una falta.

Lucía, con la simpleza propia de los niños pequeños, comenzó a acercarse a ella, ofreciéndole sus juguetes, imitando sus movimientos, llamándola "Mía-hermana" en un balbuceo entrañable que hacía que algo se ablandara, aunque fuera solo un poco, en el ambiente tenso de la casa.

Elena observaba estas escenas desde la ventana de la cocina, con una mezcla de esperanza y terror que no lograba nombrar del todo.

Porque sabía que cada paso hacia adelante, cada sonrisa de Mía en el patio, era también un paso hacia el momento en que tendría que enfrentar, de manera oficial y pública, las consecuencias legales de todo lo que había hecho.

Tres días después, el abogado llamó con noticias.

Renato había muerto hacía dos años, en un accidente de tránsito en otra ciudad, sin relación aparente con la búsqueda de Elena o de su hija.

El fantasma que había mantenido a Mía encerrada durante los últimos meses, el hombre cuya sombra se había proyectado sobre cada decisión terrible de Elena, llevaba dos años bajo tierra, ignorante por completo de que su ausencia se había convertido en la excusa perfecta para una nueva forma de daño.

Cuando Elena escuchó la noticia, no sintió el alivio que había imaginado durante tanto tiempo.

Sintió, en cambio, una vergüenza tan profunda que apenas pudo mantenerse en pie.

Porque significaba que, durante los últimos meses en que Mía había pasado más tiempo dentro de la pared que fuera de ella, el peligro real, el hombre de la cicatriz, ya no existía.

El monstruo que Elena decía combatir llevaba tiempo muerto.

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Y el único monstruo que había quedado, actuando en su nombre, siempre había sido ella misma.

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