Chapter 2 - Espera, ¿Qué Estás Haciendo?

El llanto del bebé cortó el aire como un cuchillo.
Elena se puso de pie de un salto, como si ese sonido la hubiera despertado de una pesadilla dentro de otra pesadilla.
—Lucía —murmuró.
Pero no se movió hacia la habitación del bebé.
Se quedó ahí, entre Daniel y el hueco en la pared, como si su cuerpo fuera lo único que pudiera contener lo que estaba pasando.
—Elena —repitió Daniel, esta vez con más fuerza—. Mírame.
Ella negó con la cabeza. Una y otra vez.
—No es lo que piensas —dijo por fin, con la voz deshecha—. No es... no es lo que parece.
—¿Ah, no?
Daniel se puso de pie despacio. Las astillas de madera se le habían clavado en las palmas de las manos, pero el dolor físico era la última de sus preocupaciones.
Dio un paso hacia el hueco.
—Espera —dijo Elena, extendiendo las manos hacia él, como si pudiera detenerlo con el gesto—. ¡Espera! ¿Qué estás haciendo?
—¿Qué estoy haciendo yo?
La voz de Daniel ya no era un susurro. Temblaba de una rabia que apenas comenzaba a despertar.
—La pregunta es qué hiciste tú.
La niña, dentro del muro, se encogió un poco más sobre sí misma al escuchar el tono de la voz de Daniel.
Elena lo notó.
—Baja la voz —suplicó—. La asustas.
—¿Que yo la asusto?
Daniel soltó una risa seca, sin humor, que sonó más como un quiebre que como una risa.
—Elena. Hay una niña viviendo dentro de nuestra pared.
Silencio.
Solo el llanto lejano de Lucía, cada vez más fuerte, más insistente.
Elena se llevó las manos a la cara y sollozó. No con lágrimas discretas, sino con un llanto profundo, del que sacude los hombros y dobla la espalda.
—Yo no quería que fuera así —dijo entre hipidos—. Yo nunca quise que fuera así.
—¿Entonces cómo querías que fuera?
Ella no respondió.
Daniel se giró de nuevo hacia el hueco.
La niña seguía ahí. Observando. Con esos ojos demasiado adultos para su cara de niña.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Daniel, esta vez con la voz más suave, como si intentara hablarle a un animal asustado.
La niña tardó en responder.
—Mía —dijo por fin.
—Mía —repitió Daniel, como si necesitara decirlo en voz alta para creer que era real—. Mía, ¿puedes salir? ¿Puedes moverte?
La niña miró hacia Elena antes de responder.
Como pidiendo permiso.
Ese gesto, esa mirada de niña que ha aprendido a pedir permiso incluso para respirar, fue lo que finalmente quebró algo dentro de Daniel.
—No la mires a ella —dijo, con la voz ronca—. Mírame a mí. Puedes salir. Te lo prometo.
Mía extendió una pierna, luego la otra. Sus movimientos eran torpes, oxidados, como los de alguien que ha pasado demasiado tiempo sin usar el cuerpo de la forma en que se supone que debe usarse.
Cuando por fin logró sacar medio cuerpo del hueco, sus piernas cedieron.
Daniel la sostuvo antes de que cayera.
Pesaba casi nada.
Eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que le rompió la voz al hablar de nuevo.
—Dios mío —susurró, sintiendo las costillas de la niña bajo la tela del vestido, cada una marcada, cada una presente bajo sus dedos como las teclas de un piano—. Dios mío, Elena, ¿qué le hicieron?
Elena no respondió con palabras.
Solo lloró más fuerte.
En ese momento, unos pasos pequeños e inseguros resonaron desde el fondo del pasillo.
Lucía.
La bebé de apenas un año y medio, con el pelo rubio y rizado y el pijama rosa pálido, había salido de su cuna —algo que no debería poder hacer todavía— y caminaba tambaleándose hacia ellos, guiada probablemente por el sonido de las voces y el llanto de su madre.
Elena giró la cabeza y la vio.
—¡Lucía, no! —gritó, corriendo hacia ella.
Pero la bebé, con esa lógica implacable e inocente que solo tienen los niños muy pequeños, señaló con su dedo regordete hacia Daniel.
Hacia Daniel, que sostenía en brazos a una niña extraña, sucia, temblorosa.
—Papá malo —dijo Lucía, con una claridad que no correspondía a su edad.
Las palabras cayeron en el pasillo como piedras en un estanque quieto.
Daniel sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Qué dijiste? —preguntó, mirando a la bebé, luego a Elena—. ¿Qué acaba de decir?
Elena llegó junto a Lucía y la levantó en brazos, apretándola contra su pecho como si quisiera devolverla al útero, esconderla de todo lo que estaba pasando en ese pasillo.
—No sabe lo que dice —murmuró Elena, con la cara hundida en el pelo de la bebé—. Es solo una niña. Repite cosas. No sabe lo que dice.
Pero Daniel ya no la estaba escuchando.
Miraba a Mía, que seguía en sus brazos, liviana como un pájaro roto.
Y miraba a Lucía, que desde los brazos de su madre seguía observándolo con esos ojos redondos, sin miedo, sin culpa, con la honestidad brutal que solo tienen los niños que todavía no han aprendido a mentir.
—Papá malo —repitió Lucía, esta vez señalando de nuevo, esta vez sin que nadie se lo pidiera.
—Basta —dijo Elena, casi gritando—. ¡Basta, Lucía!
El llanto de la bebé se mezcló entonces con el llanto de Elena, y ambos llenaron el pasillo de un ruido desesperado, caótico.
Daniel, en medio de todo eso, se quedó inmóvil.
Con Mía en brazos.
Con el peso de una pregunta que no sabía cómo formular, mucho menos cómo responder.
¿Quién eres tú, Mía?
¿Y por qué mi propia hija te llama así?
La luz de la tarde, gris y fría, seguía entrando por la ventana del pasillo, indiferente a todo lo que se estaba desmoronando bajo su luz.
Mía levantó la cabeza y miró a Daniel directamente a los ojos.
—¿Ahora sí me crees? —preguntó, con una voz demasiado calmada para lo que estaba pasando a su alrededor.
Daniel no entendió la pregunta.
Pero algo en su pecho le dijo que la entendería, tarde o temprano.
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Y que cuando lo hiciera, nada volvería a ser igual.
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