Chapter 3 - La Niña que No Existe

Esa noche, nadie durmió.
Mía dormía —o fingía dormir— en el sofá de la sala, envuelta en una manta que Elena le había puesto encima con manos temblorosas, sin atreverse a mirarla más de un segundo seguido.
Daniel se había encerrado en el baño durante casi una hora.
No para llorar.
Para buscar, con el teléfono en la mano, algo que le devolviera el control sobre lo que estaba pasando.
Escribió el nombre "Mía" en el buscador de registros civiles.
Nada.
Buscó en el sistema del hospital donde Lucía había nacido, con la esperanza absurda de encontrar algún registro de un parto anterior, de una niña, de algo.
Nada.
No había actas de nacimiento. No había fotos en ningún álbum familiar. No había una sola mención de Mía en ningún rincón de la vida documentada de Daniel y Elena.
Era como si la niña, literalmente, no existiera.
Como si hubiera sido borrada de la realidad, excepto por el hecho innegable de que estaba ahí, respirando, en su sofá.
Salió del baño con el rostro pálido.
Elena estaba sentada en la cocina, con las manos alrededor de una taza de té que ya se había enfriado hacía rato.
—No hay ningún registro de ella —dijo Daniel, dejando el teléfono sobre la mesa con un golpe seco—. En ningún lado. Es como si nunca hubiera nacido.
Elena cerró los ojos.
—Porque para el mundo, nunca nació —dijo por fin.
—Explícame eso.
—Daniel...
—Explícamelo, Elena. Ahora. No mañana. No cuando estés lista. Ahora.
Ella respiró hondo. El vapor de la taza fría ya no subía, pero ella la sostenía como si todavía pudiera darle calor.
—Mía nació hace ocho años —comenzó, con la voz apagada, como si estuviera leyendo una confesión escrita mucho tiempo atrás—. Antes de que tú y yo... antes de nosotros.
Daniel sintió que algo helado le subía por la espalda.
—¿De quién es hija?
—Eso no importa ahora.
—Sí importa.
Elena levantó la vista, y por primera vez desde que había encontrado a Daniel arrodillado frente al hueco en la pared, lo miró directamente a los ojos.
—De un hombre que ya no está —dijo—. Un hombre del que tuve que esconderme. Del que tuve que esconder a Mía.
—¿Por qué no me lo dijiste? Llevamos cinco años juntos, Elena. Cinco años.
—Porque tenía miedo de que si te lo decía, la buscarías. La encontrarías. Y si él se enteraba de que ella seguía viva...
Se detuvo.
Las palabras "seguía viva" quedaron flotando en el aire de la cocina como un aviso que nadie había querido leer antes.
—¿Viva? —repitió Daniel, despacio—. ¿Qué quieres decir con "viva"? ¿Todo el mundo pensaba que estaba muerta?
Elena asintió, apenas, con un movimiento mínimo de cabeza.
—Fingí su muerte —dijo—. Hace cinco años. Antes de conocerte a ti.
El silencio que siguió fue tan denso que Daniel podría haberlo cortado con las manos, igual que había cortado las tablas del piso horas antes.
—La escondiste —dijo finalmente—. No la protegiste de un peligro real. La escondiste dentro de una pared. Como si fuera un objeto.
—¡No fue así al principio! —Elena se levantó de golpe, derramando el té frío sobre la mesa—. Al principio dormía en un cuarto normal. Tenía juguetes. Tenía... tenía una vida, Daniel, aunque fuera escondida.
—¿Y qué pasó?
Elena se abrazó a sí misma.
—Empezaste a sospechar —dijo, con un hilo de voz—. Hace unos meses. Empezaste a hacer preguntas sobre ruidos en la pared, sobre la comida que desaparecía de la despensa. Y yo... tuve miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que la encontraras y no entendieras. De que llamaras a alguien. De que se la llevaran y la pusieran en algún sistema, en algún expediente, donde él pudiera encontrarla.
—¿Y entonces la metiste dentro de una pared?
La voz de Daniel ya no era de rabia. Era de un asombro horrorizado, del tipo que deja a las personas sin aire.
Elena no respondió.
No había respuesta que pudiera justificar aquello, y en el fondo, ella lo sabía.
Desde la sala, en el sofá, una voz pequeña habló en la oscuridad.
—Mamá dijo que era un juego —dijo Mía.
Ambos giraron la cabeza hacia ella.
No sabían cuánto tiempo llevaba despierta. Cuánto había escuchado.
—Dijo que si me quedaba quieta y calladita, ganaba —continuó la niña, sentándose despacio en el sofá, con la manta todavía sobre los hombros—. Y que si perdía el juego, un hombre malo iba a venir a llevarme.
Elena se llevó una mano a la boca.
—Mía...
—Ya no quiero jugar más —dijo la niña, con una simpleza devastadora—. ¿Ya gané? ¿Puedo quedarme ganando para siempre?
Nadie respondió.
Porque no había una respuesta que no fuera, de alguna manera, otra mentira.
Daniel se acercó despacio al sofá y se sentó en el borde, con cuidado, como quien se acerca a un animal que ha sido herido demasiadas veces.
—Mía —dijo—, ¿sabes cuánto tiempo ha pasado? ¿Sabes qué día es hoy?
La niña negó con la cabeza.
—Ahí adentro no hay días —dijo—. Solo hay oscuro y menos oscuro.
Esa frase, dicha con la naturalidad de quien describe el clima, se le clavó a Daniel en el pecho más profundo que cualquier astilla de madera.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó.
—Tenía seis cuando empezó el juego —dijo Mía, pensativa, contando con los dedos—. Mamá dijo que ya voy a cumplir nueve.
Tres años.
Tres años, con interrupciones, dentro y fuera de esa pared.
Daniel miró a Elena.
Ella ya no lloraba. Se había quedado inmóvil, con los ojos fijos en algún punto invisible del suelo de la cocina, como si estuviera viendo pasar toda su vida y no le gustara nada de lo que veía.
—Tenemos que llevarla a un médico —dijo Daniel—. Ahora mismo.
—No podemos —respondió Elena de inmediato, con un pánico repentino que le devolvió algo de vida a la voz—. Si la llevamos a un hospital, van a hacer preguntas. Van a involucrar a las autoridades. Y si él se entera...
—¡Él no existe, Elena! ¡Nadie la está buscando! ¡Nadie sabe que existe!
—¡Eso es lo que yo pensaba también, y mira dónde terminamos!
Mía los observaba a ambos discutir, con la misma calma inquietante con la que había observado el descubrimiento del hueco horas antes.
—¿Van a pelear toda la noche? —preguntó, en un tono que no era de miedo, sino de cansancio genuino, de una niña que ha escuchado demasiadas peleas de adultos a través de las paredes—. Porque si van a pelear, yo puedo volver a mi lugar. No me molesta.
—No —dijeron Daniel y Elena al mismo tiempo, con una urgencia idéntica que, por un segundo, pareció unirlos en lugar de separarlos.
Mía se encogió de hombros, como si la oferta hubiera sido genuina y su rechazo, apenas un detalle sin importancia.
Afuera, la noche había caído por completo.
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Y en algún lugar del segundo piso, guardado bajo una capa de polvo y años de silencio, un baúl de madera esperaba, con su cerradura metálica, a que alguien por fin decidiera abrirlo.
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