Chapter 4 - La fotografía satinada

David se agachó.
Su rodilla tocó el polvo de la acera.
Tomó la fotografía donde aparecían la niña y el desconocido. El papel satinado crujió entre sus dedos endurecidos.
El calor del sol hacía que las imágenes olieran a tinta fresca y a plástico caliente.
—¿Quién te pagó? —preguntó David.
La voz no salió alta. Salió baja, raspada por el polvo del camino.
El hombre del traje beige se arrastró hacia atrás sobre el carro metálico. Sus botas de ante rozaron los barrotes dorados.
—No sé de qué hablas —dijo el hombre. Su voz era ahora fina, sin el diente de oro a la vista.
—Esta foto tiene fecha de ayer —dijo David.
Apoyó el pulgar sobre la cara de su hija en el papel.
—Ayer estabas en el parque. Ella llevaba los calcetines azules porque los rojos estaban en la lavadora.
El hombre de beige tragó saliva. La nuez de su cuello bajó y subió con dificultad.
—Solo me pidieron que tomara notas —dijo el hombre—. Notas de las rutinas.
—¿Quién?
Mia caminó hacia el bordillo. El bebé soltó un pequeño gemido ahogado contra la tela de su camiseta.
La niña miró la foto que su padre tenía en la mano.
—Ese señor me dio un caramelo de menta el martes —dijo Mia.
David no se movió.
Su mano izquierda, la que no estaba hinchada, se cerró alrededor del tobillo del hombre del traje beige.
El cuero de la bota del desconocido crujió.
—No me hagas esto aquí —suplicó el hombre de beige, mirando hacia las ventanas del hotel—. Hay cámaras.
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—Las cámaras están apagadas desde las once —dijo David—. Tu jefe las mandó cortar para sacar el maletín.
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