Chapter 8 - La firma en la esquina

La mujer del vestido blanco no entró.
Se quedó en el umbral, con la mano apoyada en el marco dañado por la palanca.
Tenía el pelo cano recogido en un moño tirante. Sus ojos, grises y pequeños, miraron primero al bebé que estaba sobre la cama y luego a David.
—Llegas tarde, David —dijo la mujer.
Su voz era limpia, modulada, como la de una profesora de piano.
—El maletín está aquí —dijo David, señalando el cuero negro sobre la mesa.
—Ese maletín no tiene valor sin la llave —respondió ella—. Y la llave no te pertenece.
David dio un paso hacia la mesa. Su sombra cubrió la caja de zapatos verde.
—Es el testamento de mi padre —dijo la mujer de blanco—. Él no quería que los hijos de una cualquiera se quedaran con la finca del norte.
Mia se levantó de la cama.
Se puso delante del bebé, cruzando sus pequeños brazos sobre el pecho.
—Mi mamá no es una cualquiera —dijo la niña—. Mi mamá hace sopa de verduras y huele a limpio.
La mujer de blanco miró a la niña con una leve mueca de desprecio en las comisuras de la boca.
—Tu mamá está en la comisaría del distrito dos, pequeña —dijo la mujer—. Firmando la cesión de la custodia.
David sintió que el puño hinchado le daba un latido violento.
—Ella no firmaría eso jamás —dijo David.
—Lo hace cuando le dicen que su marido ha tenido un accidente en la entrada del hotel —contestó la mujer—. Un accidente con un hombre armado.
La mujer sacó de su bolso de mano un teléfono móvil plateado.
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—¿Quieres hablar con ella antes de que entregue el documento al juez?
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