Chapter 2 - El hombre nuevo

Reggie llegó por primera vez a la casa un sábado, con una caja de donas y una sonrisa demasiado ensayada.
—Así que tú eres el famoso Kai —dijo, extendiendo una mano grande, de nudillos gruesos—. Tu mamá no para de hablar de ti.
Kai estrechó la mano. Firme. Quizás demasiado firme, un apretón que dejaba claro algo que las palabras todavía no decían.
—Un placer —respondió Kai, con la cortesía mínima indispensable.
Denise, detrás de Reggie, sonreía con una expectación tan visible que a Kai se le hizo un nudo extraño en el pecho, algo entre ternura y alarma, sin saber todavía a cuál de las dos emociones hacerle caso.
*
Los primeros meses, Reggie fue encantador.
Arregló el grifo que goteaba en el baño desde hacía dos años. Llevó a Denise a cenar los viernes. Le llevó a Kai un balón de básquet nuevo, de cuero auténtico, "para reemplazar ese que ya no tiene textura".
—No necesitaba uno nuevo —le dijo Kai a su madre, esa noche, mientras ella lavaba los platos.
—Es un gesto bonito.
—Es un balón, mamá. No necesito que me compre cosas.
Denise se secó las manos en el delantal y lo miró con esa mezcla de cansancio y esperanza que Kai había empezado a reconocer últimamente, cada vez que el tema era Reggie.
—Dale una oportunidad —dijo—. Hace mucho que no te veo tan protegido como cuando estaba tu papá.
Kai no supo qué responder a eso.
Guardó el balón nuevo en el clóset, sin usarlo, y siguió jugando con el viejo, el de textura gastada, el que todavía olía —o eso quería creer él— a las tardes de domingo con James antes de que el infarto se lo llevara.
*
Las primeras señales fueron tan pequeñas que costaba nombrarlas.
Reggie corrigiendo a Denise frente a Kai, con un tono suave que sonaba casi a broma: "No, cariño, así no se dice, otra vez confundiendo las cosas".
Reggie comentando, sin que nadie preguntara, que la ropa de Kai era "demasiado holgada para un chico que quiere que la gente lo tome en serio".
Reggie decidiendo, poco a poco, sin pedirlo formalmente, en qué canal se veía la televisión, a qué hora se cenaba, qué música podía sonar en la sala y cuál "ponía nervioso a todo el mundo".
Nada de eso, por separado, parecía suficiente como para preocuparse.
Todo junto, sin embargo, empezó a formar una sombra que Kai sentía crecer en las esquinas de la casa, aunque no supiera todavía nombrarla.
*
—¿Te cae bien Reggie? —le preguntó una tarde a su madre, mientras la ayudaba a doblar la ropa recién lavada.
Denise tardó en responder.
—Me cuida —dijo, al fin—. Después de tu papá, nadie más lo había hecho.
—Yo te cuido.
—Tú eres mi hijo, Kai. No es lo mismo.
Había algo en su voz que Kai no supo interpretar entonces: un cansancio antiguo, una soledad que él, con dieciséis años, todavía no podía comprender del todo, la de una mujer que había pasado siete años sosteniendo sola una casa, un trabajo doble, un hijo, un duelo que nunca terminaba de cerrarse del todo.
Kai dejó pasar la conversación.
Siguió doblando camisetas, en silencio, mientras afuera, en el patio, Reggie hablaba por teléfono con una voz baja y tensa que se cortó de golpe en cuanto notó que la ventana de la cocina estaba abierta.
*
La primera vez que Kai escuchó gritar a Reggie fue un jueves, a través de la pared delgada que separaba su cuarto del de su madre.
No entendió las palabras exactas.
Solo el tono. Grave, cortante, con esa cadencia particular que tienen las voces cuando dejan de discutir y empiezan a amenazar.
Se quedó sentado en el borde de la cama, con el cuaderno de dibujo abierto sobre las rodillas, el lápiz inmóvil sobre una página en blanco, escuchando.
El silencio que siguió fue peor que los gritos.
A la mañana siguiente, Denise sirvió el desayuno como cualquier otro día, tarareando la misma canción desafinada de siempre, con una manga larga cubriéndole el antebrazo izquierdo a pesar del calor de octubre.
—¿Todo bien anoche? —preguntó Kai, con cuidado, observándola servir el café.
—Todo bien —dijo ella, sin levantar la vista—. Solo una discusión tonta. Ya sabes cómo son las parejas.
Kai no sabía cómo eran las parejas.
Solo sabía cómo había sido la de sus padres: silenciosa, cómplice, sin gritos detrás de paredes delgadas, sin mangas largas en pleno octubre.
Miró el reloj detenido de su padre sobre la repisa.
4:17.
Por primera vez, sintió que aquel objeto no solo guardaba el instante de una muerte antigua.
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Empezaba, también, a marcar el inicio silencioso de algo nuevo que se avecinaba, algo que todavía no tenía nombre, pero que ya proyectaba una sombra larga sobre la pequeña casa donde él había crecido creyendo, hasta entonces, que sabía lo que era el amor.
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