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EL PESO DEL GATILLO / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - La noche

El mensaje llegó a las 21:42, mientras Kai todavía estaba en casa de Tyree, sentado en el suelo de su cuarto, rodeados de latas de refresco vacías y el ruido de fondo de un videojuego que ninguno de los dos seguía con atención real.

Ven a casa. Por favor.

Solo eso.

Sin explicación, sin signos de exclamación, sin la palabra "mamá" que solía usar cuando bromeaba con él por mensaje.

Kai sintió el estómago hundirse antes incluso de terminar de leer la frase completa.

—Tengo que irme —dijo, ya de pie, buscando sus zapatillas entre el desorden.

—¿Todo bien? —preguntó Tyree, notando el cambio en su voz.

—No lo sé.

*

Corrió las dos cuadras hasta su casa, con el corazón golpeándole el pecho más fuerte con cada paso, con el frío de noviembre cortándole la garganta al respirar tan rápido.

Desde media cuadra de distancia ya podía escucharlo.

Voces. Altas. La de Reggie, grave y cortante. La de su madre, más aguda, quebrada a mitad de cada frase.

Kai llegó a la puerta sin aliento, con la llave temblando entre los dedos, y por un segundo —solo un segundo, un segundo que después recordaría el resto de su vida con una nitidez insoportable— dudó si entrar.

Entró.

*

La escena que encontró al abrir la puerta se le quedó grabada como una fotografía: Reggie de pie en medio de la sala, con el pecho inflado de rabia, un vaso roto en el suelo junto a sus pies; Denise frente a él, con los brazos cruzados sobre el cuerpo en un gesto de protección instintiva, el rostro bañado en lágrimas que ya no intentaba disimular.

La lámpara de mesa proyectaba una luz amarilla, cálida, absurdamente acogedora para lo que estaba ocurriendo debajo de ella.

—¿Qué está pasando aquí? —la voz de Kai salió más aguda de lo que hubiera querido, quebrada por el esfuerzo de haber corrido, por el miedo que le cerraba la garganta.

Reggie se giró hacia él, con una mueca de fastidio que no llegaba a esconder del todo algo más oscuro debajo.

—Nada que te importe —dijo—. Vete a tu cuarto.

—¡Mamá! —Kai avanzó hacia Denise, ignorando por completo a Reggie—. ¿Estás bien?

Denise asintió, aunque el gesto no convenció a nadie, ni siquiera a ella misma.

—Estoy bien, mi amor. Solo... una discusión. Ya se va a calmar.

—No parece que se vaya a calmar.

—Kai, por favor.

La súplica en la voz de su madre —esa mezcla imposible de amor y de terror, de querer protegerlo y de necesitar protección al mismo tiempo— fue lo que finalmente hizo que algo, dentro de Kai, terminara de romperse del todo.

*

—¿Qué le hiciste? —Kai dio un paso hacia Reggie, con los puños cerrados, con la voz temblando de una rabia que llevaba meses conteniendo—. ¿Qué le hiciste esta vez?

Reggie lo miró de arriba abajo, con un desprecio que no se molestó en disimular.

—Nada que un niño como tú pueda entender —dijo—. Esto es entre adultos. Vuelve a tu cuarto antes de que las cosas se pongan peor.

—¡Es mi madre!

—Y yo soy quien paga las cuentas de esta casa desde hace un año. Así que baja la voz y respeta.

La frase cayó sobre Kai como un golpe físico.

Miró a su madre —encogida, asustada, con las lágrimas corriéndole por el rostro sin control— y después miró a Reggie, de pie en el centro de la sala como si aquel espacio, aquella casa, aquella familia, le pertenecieran por derecho de haber pagado unas cuantas facturas.

Algo en el pecho de Kai se encendió, caliente y frío al mismo tiempo, una furia tan grande que apenas cabía dentro de su cuerpo de dieciséis años.

—Aléjate de mi madre —dijo, con una calma que le sorprendió a él mismo, una calma que no era calma en absoluto, sino el silencio que precede a las tormentas más grandes.

Reggie soltó una risa breve, sin humor.

—Vete a tu cuarto, niño.

Y en ese instante, en ese cruce exacto entre el desprecio de Reggie y el miedo congelado en el rostro de su madre, Kai sintió que sus propios pies lo llevaban, sin permiso consciente de su mente, hacia el pasillo.

Hacia el garaje.

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Hacia una caja de cartón que llevaba semanas esperándolo en la oscuridad, envuelta en un trapo, fría y pesada como una decisión que ya no podía deshacerse.

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