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EL PESO DEL GATILLO / Chapter 4 / 10

Chapter 4 - El cajón cerrado

Kai no volvió a mencionar el arma.

Ni a su madre, ni a Tyree, ni a nadie.

Se la guardó dentro, como se guardan las cosas demasiado grandes para el tamaño de quien las carga, y empezó, sin planearlo del todo, a prestar atención a cada detalle de la rutina de Reggie: a qué hora llegaba, cuánto bebía los viernes, en qué momento su voz cambiaba de tono, de la calma fingida a la amenaza abierta.

Se convirtió, sin quererlo, en el guardián silencioso de su propia casa.

*

La noche en que todo se quebró un poco más, Kai estaba en su cuarto, con los audífonos puestos, dibujando sin mirar demasiado el papel, dejando que la mano se moviera sola mientras la mente se perdía en otra parte.

El grito de su madre atravesó la música, atravesó las paredes, atravesó cualquier intento de distracción.

Corrió hacia la sala.

Encontró a Denise contra la pared, con la mano de Reggie cerrada alrededor de su brazo, los dedos hundidos en la piel con una fuerza que dejaría marca, mientras ella intentaba, en vano, soltarse.

—¡Suéltala! —gritó Kai, con una voz que no reconoció como propia.

Reggie se giró, sorprendido, y por un instante —solo un instante— algo parecido a la vergüenza le cruzó el rostro.

Después desapareció, reemplazado por una irritación fría.

—Vuelve a tu cuarto —dijo—. Esto no te incumbe.

—¡Le estás haciendo daño!

—Kai, por favor —la voz de Denise, entrecortada, se interpuso entre los dos—. Ve a tu cuarto. Yo me encargo.

Kai no se movió.

Se quedó de pie en medio de la sala, con los puños cerrados, mirando la marca roja que ya empezaba a formarse en el brazo de su madre, sintiendo que algo dentro de él —algo que llevaba meses conteniendo, doblando en cuatro, guardando en un cajón cerrado— empezaba a resquebrajarse.

Reggie soltó el brazo de Denise, más por hastío que por arrepentimiento, y salió de la casa dando un portazo que hizo temblar el marco de la puerta.

El silencio que dejó detrás fue insoportable.

*

—Tienes que dejarlo —dijo Kai, esa misma noche, sentado en el borde de la cama de su madre mientras ella se aplicaba hielo envuelto en un paño sobre el brazo—. Mamá, por favor. Esto no va a parar.

—No es tan simple.

—¿Por qué no?

Denise cerró los ojos un momento, como si buscara, en algún lugar detrás de los párpados, las palabras exactas para explicar algo que ni ella misma terminaba de entender del todo.

—Porque a veces uno se acostumbra al miedo —dijo, al fin—. Y el miedo, con el tiempo, empieza a parecerse a la costumbre. Y la costumbre, a veces, se confunde con el amor. Sé que no tiene sentido. Sé que suena a excusa. Pero es lo único honesto que puedo decirte.

—Yo puedo protegerte.

—Tú tienes dieciséis años, Kai. Tu trabajo es estudiar. Dibujar. Vivir tu vida. No protegerme a mí.

—¿Y si no hay nadie más que lo haga?

Denise no respondió.

Solo le tomó la mano, con los dedos todavía fríos por el hielo, y se la apretó con una fuerza silenciosa que decía, sin palabras, cosas que ninguno de los dos estaba listo para nombrar en voz alta.

*

Esa noche, después de que su madre se durmiera —un sueño ligero, interrumpido, con la respiración demasiado rápida para ser descanso real— Kai volvió al garaje.

Abrió la caja de cartón.

El arma seguía ahí, envuelta en el mismo trapo, fría al tacto incluso a través de la tela.

No la sacó.

Se quedó mirándola un largo rato, con el corazón latiendo despacio y pesado, como el tictac imaginario de un reloj detenido a las 4:17, y pensó en su padre, en sus manos ásperas y gentiles, en la clase de hombre que había sido: alguien que arreglaba cosas, que protegía sin necesidad de alzar la voz, que jamás, en los nueve años que Kai había tenido la suerte de conocerlo, había levantado una mano contra nadie.

¿Qué harías tú, papá?, pensó Kai, cerrando la caja despacio. ¿Qué harías si fueras yo?

No hubo respuesta, claro.

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Solo el silencio del garaje, y el peso nuevo, invisible pero ya instalado para siempre, de una decisión que Kai todavía no había tomado del todo, pero que ya empezaba, sin que él lo supiera, a tomar forma dentro de él, noche tras noche, moretón tras moretón, silencio tras silencio.

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