Chapter 2 - El sabor de la sal

El aire en el comedor se volvió helado pese al calor de la chimenea.
Lucía sentía la cara entumecida, como si le hubieran puesto hielo directo en los huesos.
Un zumbido agudo le llenó los oídos.
La marca de cinco dedos rojos comenzó a hincharse en su piel blanca.
Doña Elena volvió a sentarse, acomodándose los pliegues de la blusa.
Se sirvió un vaso de agua mineral con absoluta calma.
El hielo tintineó contra el cristal del vaso.
Mateo cortó un pedazo de carne con el cuchillo trinchante.
El sonido del metal raspando la porcelana hizo vibrar la sopera.
Lucía lo miró a los ojos.
Buscó una chispa, una vena hinchada en el cuello, un parpadeo de rabia.
No había nada.
Las pupilas de su esposo estaban planas como el agua estancada.
Mateo masticó despacio, contando las masticaciones.
Una.
Dos.
Tres.
Tragó sin dificultad.
"Mi madre solo te está enseñando a ser una mejor esposa", dijo Mateo.
Su voz sonó tibia, sin prisa, como quien comenta el clima de la tarde.
Lucía sintió que los pulmones se le llenaban de agujas.
Una lágrima caliente brotó de su ojo izquierdo.
Resbaló por la pómulo ardiendo y se detuvo en el labio superior.
Sabía a sal acumulada durante años.
A platos lavados a medianoche en silencio.
A camisas planchadas con las manos temblorosas.
"Mateo...", susurró ella.
La voz se le rompió en tres pedazos.
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Mateo volvió a pinchar otro pedazo de pavo.
"Pasa la sal, por favor", agregó él, sin mirarla.