Chapter 3 - El vapor atrapado

La pequeña Sofía miraba desde la rendija de la puerta de la cocina.
Apretaba contra su pecho un reno de trapo al que le faltaba un ojo de botón.
"El pavo no habla porque está muerto, ¿verdad, mamá?", pensó en voz alta.
Lucía escudriñó la mesa iluminada por la luz cálida de las velas.
Las luces navideñas reflejaban destellos dorados en la superficie de la sopera.
El caldo de res hervido con verduras flotaba con una capa fina de grasa dorada.
El vapor olía a pimienta negra y a cebolla frita.
Doña Elena tomó la cuchara de plata.
Sus nudillos estaban secos, llenos de manchas de sol.
"Si no aprendes hoy, mañana será peor", sentenció la anciana sin mirarla.
Lucía cerró los ojos un milisegundo.
Detrás de sus párpados no vio lágrimas.
Vio el fuego seco que deja la madera cuando se consume hasta la ceniza.
Su mano izquierda dejó de sujetarse del mantel.
Los dedos desengancharon la tela.
Su suéter beige, arrugado en los codos, parecía repentinamente pesado.
El silencio del comedor se hizo tan denso que se oía el chasquido del aceite en el pavo.
Doña Elena inclinó el torso para oler la sopera.
Lucía dio un paso al frente.
Sus botas de cuero no hicieron ningún ruido sobre la alfombra persa.
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La garganta le raspaba, pero no emitió un solo jadeo.
Toda la sangre de su cuerpo bajó directamente a sus manos.