Chapter 1 - El Sabor del Merengue

El sol caía sobre el césped del jardín como un lingote de oro derretido.
Las copas de cristal de Bohemia devolvían destellos anaranjados.
El aire olía a azahar, a césped recién cortado y a perfume caro.
En el centro del prado, la tarta de bodas se levantaba como un monumento de cinco pisos de nata blanca.
Una mano pequeña, con las uñas partidas y la piel gris de mugre, se hundió en el pastel.
Los dedos se cerraron alrededor de un trozo enorme de bizcocho.
La crema blanca se aplastó entre las falanges sucias.
Una mano gruesa, con un guante de piel negra, agarró el hombro de la niña con fuerza.
—¡Oye, suelta eso ahora mismo!
La niña no soltó el bizcocho.
Apretó el puño con más fuerza, haciendo que el merengue goteara sobre sus zapatillas rotas.
Tiró del brazo con violencia, intentando liberarse de la garra del oficial.
El abrigo de lana beis que llevaba le quedaba tres tallas grande.
Las mangas desgastadas le tapaban casi por completo las manos.
—¡Por favor! —gritó la niña.
Su voz rompió la música de violines que sonaba junto al cenador.
—¡Por favor, no me lo quite! —suplicó.
El oficial tiró de ella hacia atrás, sacándola del perímetro de la mesa de plata.
Las suelas de la pequeña resbalaron en la hierba.
Un hilo de saliva y lágrimas le cruzaba la mejilla izquierda.
—Es para mi hermano —dijo ella, ahogándose con su propio llanto.
La masa de bizcocho ya era una bola deforme en su puño.
El oficial no soltó la tela pesada del abrigo.
Sus nudillos apretados mostraban la tensión de la captura.
—Esta propiedad es privada, pequeña —dijo él, mirando a los invitados que empezaban a murmurar.
A diez metros, los platos de porcelana dejaron de sonar.
Una brisa tibia levantó las servilletas de lino de las mesas.
La niña bajó la mirada hacia su mano sucia.
El merengue blanco se mezclaba con la tierra negra de sus nudillos.
—Él no ha comido hoy —susurró.
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El policía suspiró, ajustando la porra en su cinturón de cuero.
—Eso no te da derecho a arruinar una boda.