Chapter 3 - El Bolsillo Oculto

La brisa del atardecer hizo oscilar los farolillos colgados de los robles.
Sonia quedó a la altura de los ojos de la niña.
Olía a rosas frescas y a laca para el cabello.
La niña olía a humo de leña, a lluvia estancada y a azúcar quemado.
—No pasa nada por el pastel —dijo Sonia—. Es solo azúcar.
La niña la miró a los ojos por primera vez.
Tenía las pupilas dilatadas, enormes, casi del color de las moras silvestres.
Con la mano que le quedaba libre —la mano sin pastel—, la pequeña buscó dentro del bolsillo profundo de su abrigo.
Sus dedos hurgaron entre papelitos rotos y un trozo de cuerda.
Tardó tres segundos.
Sostuvo algo entre el pulgar y el índice.
Era una vela pequeña de cumpleaños.
De cera barata, con rayas azules y blancas.
La mecha estaba negra, quemada en la punta por un uso antiguo.
Estaba doblada por la mitad, como si alguien la hubiera apretado en un puño cerrado durante horas.
La niña la extendió hacia Sonia.
La cera tenía marcas de huellas dactilares sucias.
—Hoy cumpliría seis años —dijo la niña.
La frase no tuvo drama.
Fue dicha con la lógica aplastante de los niños que cuentan los días en el calendario con la punta del zapato.
Sonia no movió la mano para coger la vela.
Su mirada se congeló en la mecha quemada.
El oficial de policía miró al suelo, carraspeando en busca de aire.
El viento se llevó un trozo de servilleta de la mesa principal.
Rodó por el césped como una bola de nieve seca.
La niña volvió a mirar el pastel aplastado en su otra mano.
Un pedazo de fresa cayó sobre la tierra.
—Él dijo que si no había vela, el deseo no salía —explicó la niña.
Sus dedos temblaron alrededor de la cera azul.
—Y el año pasado no pudimos encenderla porque llovió dentro de la chabola.
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Sonia sintió que el collar de circonitas le apretaba la garganta.
No apretaba el metal. Apretaba el aire.