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ECO DE UN BASTÓN DE MÁRMOL / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - El tono de la porcelana

El silencio que sigue al golpe es denso, casi pesado.

Se puede escuchar el zumbido constante del frigorífico al fondo de la cocina.

La anciana da un paso adelante, la suela de sus zapatos de tacón bajo suena como un metrónomo perfecto sobre el parqué.

—¿Te parece gracioso? —pregunta la anciana, bajando el mentón.

Emily retira suavemente los brazos de la niña de su cintura.

Se agacha.

Recoge el conejo de trapo sin oreja del suelo.

Pasa el pulgar por la costura deshilachada del juguete.

—Ve al salón, Chloe.

La niña niega con la cabeza, apretando los dientes.

Sus ojos rasgados están fijos en la marca roja que se hincha en el pómulo de su madre.

—Ve abajo —repite la madre, con la voz extrañamente pausada.

La pequeña no se mueve.

El hombre suspira con pesadez, pasándose la mano por la nuca.

Al girar la cabeza hacia la luz de las ventanas traseras, la luz de la mañana revela algo nuevo en su rostro.

En su mejilla derecha, justo sobre la línea de la mandíbula, hay una inflamación roja, circular y abultada.

Una marca fresca, feísima, que resalta contra su piel pálida.

La anciana parpadea, notando por primera vez la marca en el rostro de su hijo.

Abre la boca, sorprendida.

—¿Qué es eso? —murmura la anciana, cambiando el tono de voz por primera vez—. Arthur, ¿qué te ha pasado en la cara?

El hombre no responde.

Trata de girar la cara hacia la sombra, pero la luz del patio es implacable.

Emily se pone de pie despacio.

Se ajusta los puños de la camisa de color beis.

—Díselo, Arthur.

El hombre aprieta los dientes hasta que los músculos de su mandíbula sobresalen.

—Cállate, Emily.

—Díselo a tu madre. Explícale quién te hizo esa marca esta mañana antes de bajar a desayunar.

La anciana mira a su hijo, luego a su nueras.

La sorpresa en su rostro aristocrático se transforma en una mueca de pura indignación.

Levanta el brazo, señalando la puerta de cristal que da al jardín saliendo de la casa.

—¡Cómo te atreves! —grita la anciana, con la voz quebrándose en un agudo imperioso—. ¡Lárgate de la casa de mi hijo! ¡Fuera de aquí ahora mismo!

La risa de Emily no es fuerte.

Es un soplo seco, un sonido que parece raspar su garganta.

Da un paso hacia la anciana.

La anciana retrocede medio centímetro, sorprendida por la falta de miedo en los ojos de la joven.

—¿La casa de tu hijo? —pregunta Emily, inclinando levemente la cabeza.

Da otro paso.

Sus pies no hacen ruido sobre la madera.

—Esta casa la compré dos años antes de firmar el acta de matrimonio con él.

El silencio vuelve a caer, más filoso esta vez.

—Los vehículos que están en el garaje están a nombre de mi empresa —continúa Emily, con la voz tan firme como una lámina de acero—. La cuenta de la que pretendes sacar dinero no es la cuenta familiar. Es la cuenta operativa del negocio que mantengo desde hace una década.

La anciana mira a su hijo esperando una desmentida, una protesta furiosa.

Pero Arthur mantiene la mirada clavada en el suelo de madera.

Sus manos cuelgan inútiles a los lados de su cuerpo.

—Tu hijo no tiene nada aquí —continúa la mujer, señalando al hombre con un dedo sereno—. Si se va hoy, se va con la ropa que lleva puesta y con esa marca en la mejilla.

La niña da dos pasos hacia un lado.

Lleva en la mano derecha un teléfono inteligente de carcasa negra.

La pantalla está encendida, emitiendo una luz azulina que ilumina su pequeño rostro fruncido.

Sostiene el dispositivo con ambas manos, como si fuera un objeto pesado y peligroso.

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—¿Por qué la abuela esconde esto? —pregunta Chloe.

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