Chapter 9 - La cicatriz en la tabla

Pasan dos horas.
El sol de mediodía ilumina completamente el salón, proyectando rectángulos luminosos sobre el parquet brillante.
En la mesa de la cocina hay una taza de té humeante.
Emily sostiene una compresa de hielo envuelta en un paño blanco contra su pómulo derecho.
El dolor punzante ha comenzado a ceder, dejando una sensación de adormecimiento frío.
Chloe está sentada en el suelo del salón, rodeada de sus juguetes de madera.
Ha colocado una fila recta de bloques amarillos que atraviesa la habitación de un extremo a otro, cubriendo la cicatriz blanca que dejó el zapato de su madre por la mañana.
Un golpe suave suena en la puerta principal.
No es el golpe imperioso de la anciana ni la firmeza de la policía.
Es un toque cadencioso, cauteloso.
Emily se pone de pie, deja la compresa de hielo en la encimera y camina hacia la entrada.
Abre la puerta.
En el umbral se encuentra un hombre de mediana edad con un portafolios de piel desgastada y una carpeta de anillos bajo el brazo.
Es el abogado de la empresa, el señor Miller.
—Emily —dice él, quitándose el sombrero con un gesto de respeto—. Me enteré de lo ocurrido por la notificación del tribunal. Vine tan pronto como pude.
—Pasa, Marcus —responde ella, haciéndose a un lado para dejarlo entrar.
El abogado entra, mirando a su alrededor con atención profesional.
Observa los bloques de madera en el suelo y a la niña concentrada en su juego.
—Los oficiales procesaron la solicitud de embargo preventivo de las cuentas de tu esposo —explica el abogado, sacando un juego de papeles de su carpeta—. El juez firmó la orden de alejamiento hace una hora. Ni él ni su madre pueden acercarse a esta propiedad ni a tu lugar de trabajo.
Emily toma los documentos y los revisa con rapidez.
Sus ojos leen las líneas impresas en tinta negra con precisión técnica.
—¿Y las propiedades de la empresa? —pregunta ella.
—Están completamente a salvo —responde el abogado—. La firma que tu esposo falsificó fue identificada como un fraude por el perito calígrafo de la fiscalía. Los contratos de transferencia quedaron anulados automáticamente.
Emily deja escapar un largo suspiro que parece liberar la tensión acumulada en sus hombros durante meses.
—Gracias, Marcus.
—Hiciste lo correcto al mantener las grabaciones en el servidor externo —añade el abogado, guardando su pluma en el bolsillo interior de su saco—. Esos archivos son la prueba irrefutable de que actuaste en legítima defensa de tus bienes y de tu hija.
El abogado mira a la pequeña Chloe, que sigue colocando sus bloques de madera en una línea perfecta.
—Es una niña muy observadora —comenta el abogado con una leve sonrisa.
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—Sabe más de lo que debería —responde Emily en un susurro, mirando a su hija con una mezcla de orgullo y tristeza—. Pero a partir de hoy, ya no tendrá que preocuparse por guardar secretos en esta casa.
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