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ECO DE UN BASTÓN DE MÁRMOL / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - El cristal azul

El teléfono emite un chasquido sordo cuando la niña presiona el botón lateral.

Nadie se mueve en la sala.

Arthur se gira bruscamente hacia la pequeña, los ojos abiertos de par en par.

—Chloe, dame eso —dice, estirando la mano con desesperación.

—No te acerques a ella —advierte Emily, cruzándose en su camino con la rapidez de un látigo.

La anciana mira el teléfono, luego a su nieta, confundida.

—¿De qué estás hablando, niña? Deja ese aparato en la mesa.

Chloe no mira a su abuela.

Sus ojos están fijos en una serie de imágenes en la pantalla, deslizándose bajo su pequeño pulgar.

—Hay fotos de una casa grande. Una casa que no es esta.

Arthur da un paso en falso hacia atrás.

Trata de mantener el equilibrio apoyando la mano en el marco blanco de la puerta interior.

—Chloe, guarda eso —suplica él, su voz perdiendo toda la autoridad previa, transformada en un gemido ahogado.

—Y hay cartas —continúa la niña con una lógica infantil, implacable y directa—. Tienen el sello rojo que a la abuela le gusta usar en sus notas. Pero dicen un nombre diferente.

Emily arquea una ceja.

Mira de reojo a la anciana.

La anciana ha perdido el color en las mejillas.

El color borgoña de su blusa parece ahora demasiado fuerte para la palidez cadavérica de su cuello.

Sus dedos ya no están doblados con elegancia; se cierran en forma de garra sobre la tela de su falda negra.

—¿Qué cartas? —pregunta Emily, dando un paso hacia su hija.

—Cartas de un banco de lejos —responde la niña, leyendo despacio las palabras complejas de la pantalla—. Dicen que la casa de la abuela ya no es de la abuela. Dicen que pertenece a otra persona si no pagan hoy.

Un aire helado parece filtrarse por las ranuras del suelo de madera.

Emily vuelve la mirada hacia su suegra.

—¿Por eso necesitabas la tarjeta esta mañana?

La anciana traga saliva.

Se arregla el collar con un movimiento torpe, desprovisto de su habitual distinción.

—Eso es una intrusión privada —balbucea la anciana—. Ese teléfono no debería estar en manos de una menor. Es propiedad de mi hijo.

—Ese teléfono estaba en la barra de la cocina —interviene la pequeña, mirando a su madre—. Estaba sonando con una alarma roja.

Arthur se lleva ambas manos a la cara, cubriéndose los ojos.

La marca roja de su mejilla sobresale entre sus dedos pálidos.

—Madre... Dijiste que tenías todo bajo control —sisea el hombre entre dientes.

—¡Cállate! —reacciona la anciana, girándose hacia él con furia repentina—. ¡Te di todo! ¡Te pagué los estudios, te mantuve cuando tus empresas fracasaron! ¡No me hables en ese tono frente a esta mujer!

Emily no interrumpe.

Observa el espectáculo con una calma terrible, casi analítica.

Saca su propio teléfono del bolsillo trasero del pantalón oscuro.

Desbloquea la pantalla con una pulsación suave.

—Voy a llamar al abogado de la empresa —dice con voz clara y neutra—. Y a la policía para reportar el intento de agresión física y el robo de documentos.

Arthur baja las manos de la cara.

Su mirada choca directamente contra la pantalla del teléfono de Emily, luego mira hacia la cámara de seguridad colocada en la esquina superior del techo del salón.

Un pequeño punto rojo parpadea sobre el lente.

Su rostro se paraliza en una mueca de puro pánico.

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El punto rojo siempre estuvo ahí, grabando cada palabra, cada movimiento, el golpe y la confesión involuntaria.

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