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ECO DE UN BASTÓN DE MÁRMOL / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - El polvo sobre el cristal

La anciana camina despacio hacia la salida, flanqueada por el segundo oficial.

Su paso ya no tiene la cadencia imperiosa de antes.

Arrastra levemente la suela de sus zapatos sobre la madera barnizada.

Al pasar junto a Emily, se detiene un segundo.

Sus ojos, rodeados de arrugas profundas que la luz de la mañana pone al descubierto, miran a su nuera con una mezcla de odio helado y desamparo.

—Destruiste a esta familia —susurra la anciana con una voz rasposa, casi sin aire.

Emily no pestañea.

—Esta familia se destruyó el día en que decidieron que la apariencia valía más que la verdad —responde la mujer en un murmullo helado.

La anciana no vuelve a hablar.

Cruza el umbral de la puerta y sale al aire frío de la mañana.

Las puertas de los vehículos policiales se cierran afuera con dos golpes sordos que retumban en el callejón.

Luego, los motores aceleran y el sonido de las ruedas sobre el asfalto mojado se va alejando lentamente hasta desaparecer por completo.

El salón queda en un silencio absoluto.

Un silencio limpio, amplio, destilado.

Emily camina hacia la puerta de cristal traseras y la abre de par en par.

El aire helado de la mañana entra de golpe en la sala, expulsando el olor a perfume costoso de la anciana y el rastro de la tensión acumulada durante horas.

La mujer respira hondo.

El aire frío le quema los pulmones, pero le devuelve una claridad que no sentía desde hacía años.

Se agacha despacio.

Se sienta en el suelo de madera, apoyando la espalda contra la pared blanca bajo el punto rojo de la cámara de seguridad.

Chloe camina lentamente desde la cocina.

Sus pasos son minúsculos, casi imperceptibles sobre las tablas del suelo.

Se sienta al lado de su madre.

Apoya la cabeza contra el hombro de Emily, dejando el conejo de trapo sobre las piernas cruzadas de la mujer.

—Mamá —dice la niña con voz bajita.

—¿Sí, Chloe?

—¿Ya no va a venir la abuela?

Emily pasa un brazo alrededor de los hombros de la pequeña, apretándola suavemente contra su costado.

—No, mi amor. Ya no va a venir.

—¿Y el papá?

Emily mira fijamente la cicatriz blanca en la madera del suelo, donde su talón había raspado el barniz durante la discusión.

—El papá va a tener que resolver los problemas que causó durante mucho tiempo.

La niña asiente en silencio.

Saca su pequeña mano y toca la mejilla de su madre, rozando la piel roja e hinchada donde había caído el golpe.

—¿Te duele? —pregunta Chloe.

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—Un poco —admite Emily, sonriendo con una tibieza que no había mostrado en toda la mañana—. Pero se va a pasar muy pronto.

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