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El anillo que cayó / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - Lo que el dinero no compra

Dos años antes, Damián Herrera no sonreía.

Esa era la verdad que nadie decía en voz alta, pero todos sabían.

Desde que Elena murió —un accidente estúpido, absurdo, una curva mal tomada en una carretera mojada—, Damián se había convertido en una versión más dura de sí mismo.

Los empleados de su empresa lo notaban en las juntas: hablaba menos, decidía más rápido, no perdonaba errores.

Su madre, doña Carmen, lo notaba en las cenas familiares: comía sin hablar, miraba el plato de Sofía más que el suyo, se iba temprano.

Sofía lo notaba de otra forma.

Notaba que su papá, antes, cantaba mal a propósito mientras la bañaba, y que ahora simplemente la bañaba en silencio.

Notaba que antes la alzaba y la hacía girar hasta marearla, y que ahora la cargaba con cuidado, como si ella también pudiera romperse como se había roto su mamá.

—Papá —le dijo una vez, cuando tenía seis años—, ¿por qué ya no cantas mal?

Damián se quedó quieto un momento, con el cepillo de dientes en la mano.

—No sé, mi amor. Se me olvidó cómo.

—Yo te enseño.

Y cantó, desafinada, una canción inventada sobre patos y lunas, hasta que Damián soltó una risa que llevaba meses sin salirle del pecho.

Esa noche, después de dormir a Sofía, Damián se sentó solo en su estudio y lloró por primera vez desde el funeral.

No porque algo hubiera empeorado.

Sino porque, por un segundo, algo había mejorado, y eso dolía más.

Renata apareció seis meses después.

La conoció en una cena de negocios, una de esas noches en las que los socios llevan a sus esposas y él llevaba su soledad como un traje mal cortado.

Renata Duval no era esposa de nadie.

Era la directora de relaciones públicas de la empresa con la que Damián estaba negociando una fusión.

Alta, pelirroja, con una risa que sabía exactamente cuándo soltar.

Se sentó a su lado sin que se lo pidieran, y en dos horas de cena, logró algo que nadie más había logrado en dos años: hacerlo hablar de algo que no fueran números.

—¿Tiene hijos? —le preguntó ella, en algún momento del postre.

—Una hija. Sofía.

—¿Cuántos años?

—Seis.

—Debe ser hermosa.

—Lo es.

Renata sonrió.

—Me encantaría conocerla algún día.

Damián no supo entonces que esa frase era, en realidad, una mentira perfectamente calculada.

Renata Duval no quería conocer a Sofía.

Renata Duval quería lo que Sofía representaba: la llave de una fortuna, un apellido, una posición social que ella llevaba años intentando escalar sin éxito.

Había investigado a Damián antes de esa cena.

Sabía de la muerte de Elena. Sabía del dolor. Sabía, sobre todo, que un hombre roto es un hombre fácil de reconstruir a la medida de quien lo consuela.

Se tomó su tiempo.

No se apresuró.

Durante los primeros meses, fue paciente, dulce, casi invisible en su ambición.

Le llevaba café al estudio cuando trabajaba hasta tarde.

Le preguntaba por Sofía con una ternura que parecía real.

—¿Le gustan los animales? Podríamos llevarla al zoológico un día.

Damián, hambriento de compañía, hambriento de no estar solo con su dolor, confundió la estrategia con el cariño.

Empezó a invitarla a cenar. Luego a almorzar los domingos. Luego, sin darse cuenta bien cómo, a quedarse a dormir cuando Sofía estaba en casa de su abuela.

La primera vez que Renata conoció a Sofía en persona, la niña tenía cinco años y medio, y llevaba puesto un vestido con manchas de chocolate.

—Hola, princesa —dijo Renata, agachándose a su altura, con una sonrisa perfecta—. Qué vestido tan bonito.

Sofía la miró en silencio.

Los niños, a veces, saben cosas que los adultos tardan años en aprender.

Sofía no dijo nada esa tarde, pero esa noche, mientras Damián la arropaba, le preguntó:

—Papá, ¿esa señora te gusta?

—Un poco. ¿A ti te gustó ella?

Sofía se quedó pensando.

—Huele bonito. Pero sus ojos no sonríen cuando su boca sonríe.

Damián se rió, pensando que era una de esas cosas graciosas que dicen los niños sin entender lo que dicen.

No entendió, en ese momento, que su hija acababa de darle la advertencia más importante de su vida, y que él la había dejado pasar como quien deja pasar una nube pequeña en un cielo despejado.

El compromiso llegó rápido.

Demasiado rápido, según doña Carmen, que se lo dijo a su hijo sin rodeos una tarde de domingo.

—Apenas la conoces, Damián.

—La conozco hace un año.

—Conoces a la que te muestra. No a la que es.

—Mamá, necesito seguir adelante con mi vida.

—Seguir adelante no es lo mismo que correr hacia lo primero que aparece.

Damián no la escuchó.

O la escuchó, pero decidió no hacerle caso, porque hacerle caso hubiera significado admitir que todavía no estaba listo, y él ya estaba cansado de no estar listo.

Le propuso matrimonio a Renata en un restaurante con vista al mar, con un anillo de diamantes que había costado más que la casa donde había crecido Elena.

Renata lloró —lágrimas reales, esta vez, aunque no por las razones que Damián creyó— y aceptó.

Sofía se enteró esa misma noche, cuando su papá llegó a casa y le mostró la foto en su teléfono.

—Nos vamos a casar, mi amor. Renata va a vivir con nosotros.

Sofía miró la foto largo rato.

—¿Ella va a dormir en el cuarto de mamá?

—No hay cuarto de mamá, cariño. Es nuestro cuarto.

—Era de mamá primero.

Damián no supo qué responder a eso.

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Guardó el teléfono, apagó la luz, y no se dio cuenta de que Sofía se quedó despierta otra hora más, mirando el techo, aferrando bajo la almohada un dije de plata con forma de S.

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