Chapter 5 - El ultimátum secreto

Tres semanas antes de la boda, Renata tomó una decisión.
Estaba cansada de compartir a Damián con el recuerdo de una muerta y con una niña que la miraba, cada día, con esos ojos que parecían juzgarla desde una estatura que no debería tener autoridad para juzgar a nadie.
Convocó a una reunión, aunque no la llamó así.
La llamó "una cena romántica", con velas, con el vino favorito de Damián, con un vestido que sabía que a él le gustaba.
Esperó al postre para hablar.
—Damián, tenemos que hablar de algo serio.
—Dime.
—Es sobre Sofía.
Damián dejó la copa en la mesa, con cuidado, como quien presiente una tormenta.
—¿Qué pasa con Sofía?
—Creo que necesita ayuda. Una psicóloga, tal vez. O un internado, uno de esos buenos, donde la atiendan mejor de lo que podemos atenderla nosotros, con nuestros horarios tan ocupados.
Damián la miró como si le hubiera hablado en un idioma desconocido.
—¿Un internado? Tiene siete años, Renata.
—Hay internados para niñas pequeñas. Muy buenos. En Suiza.
—No.
—Solo piénsalo.
—No, Renata. Mi hija no se va a ningún internado.
Renata cambió de táctica, suavizando la voz, tocándole la mano por encima de la mesa.
—Entonces al menos deberíamos considerar que pase menos tiempo aquí. Con su abuela, quizás, entre semana. Así ella y yo podríamos... conocernos mejor. Sin tanta tensión.
—Sofía vive aquí. Conmigo. Eso no es negociable.
—Todo es negociable, Damián. Hasta el amor.
Esa frase quedó flotando en el aire como humo.
—¿Qué quieres decir?
Renata se tomó su tiempo, jugando con el tallo de su copa.
—Quiero decir que llevo un año dando todo por esta relación, y siento que compito constantemente con dos fantasmas: uno muerto, y uno vivo con trenzas y siete años.
—No estás compitiendo con nadie.
—Claro que sí. Y estoy cansada de perder.
Damián se pasó la mano por la cara, un gesto de cansancio que Renata había visto cientos de veces y que sabía interpretar como debilidad, no como duda.
—¿Qué es lo que quieres, Renata? Dilo claro.
Renata respiró hondo, como quien se prepara para saltar desde un trampolín muy alto.
—Quiero que, después de la boda, empecemos de cero. Sin fotos de Elena en las paredes. Sin cosas suyas guardadas por toda la casa como reliquias. Y quiero que Sofía entienda que yo también soy su familia ahora, no una intrusa a la que puede ignorar.
—Ella no te ignora.
—Ella me odia, Damián. Y tú lo sabes.
—Es una niña que perdió a su madre. Dale tiempo.
—Le he dado un año.
—No es suficiente tiempo para una pérdida así.
—¿Y cuánto tiempo es suficiente? ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Voy a vivir toda mi vida siendo la sombra de una mujer muerta en mi propia casa?
Damián no respondió.
Renata interpretó ese silencio, como siempre, a su favor.
—Elige, Damián. O eliges construir una vida nueva conmigo, de verdad, sin fantasmas, o eliges seguir viviendo en un altar dedicado a Elena, con una hija que nunca me va a dejar entrar. Pero no puedes tener las dos cosas.
—Estás pidiéndome que borre a la madre de mi hija.
—Estoy pidiéndote que elijas un futuro.
Esa noche, Damián no durmió bien.
Se quedó despierto, mirando el techo de su cuarto, con las palabras de Renata dando vueltas en su cabeza como un enjambre de avispas.
En algún momento, se levantó y fue al cuarto de Sofía.
La encontró dormida, el pelo desparramado en la almohada, la cadena de plata brillando débilmente bajo la luz de la lámpara del pasillo que dejaba la puerta entreabierta.
Se sentó en el borde de la cama, como había hecho su madre semanas antes, y la observó dormir.
Pensó en Elena.
Pensó en la primera vez que había cargado a Sofía recién nacida, en el hospital, y cómo Elena, agotada pero radiante, le había dicho: "Prométeme que siempre la vas a proteger. Pase lo que pase."
"Lo prometo", había dicho él entonces, sin saber que algún día esa promesa tendría un precio, que se llamaría Renata, que llegaría vestida de rojo vino y con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Sofía se movió en su sueño, y murmuró algo ininteligible.
Damián le acomodó el pelo detrás de la oreja, con cuidado de no despertarla.
—No te voy a fallar —susurró, tan bajo que ni siquiera él estuvo seguro de haberlo dicho en voz alta.
Pero al día siguiente, cuando Renata le preguntó si había pensado en lo que hablaron, Damián dijo las palabras equivocadas.
—Vamos a intentarlo a tu manera. Después de la boda.
No dijo que no.
No puso un límite claro.
Simplemente pospuso la decisión, como llevaba posponiendo tantas decisiones desde la muerte de Elena, esperando que el tiempo resolviera lo que él no tenía el valor de resolver.
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Y Renata, satisfecha, empezó a planear en secreto el día en que, apenas casada, empezaría a deshacerse, pieza por pieza, de todo lo que quedaba de la mujer muerta que aún vivía, terca y silenciosa, en los ojos de una niña de siete años.
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