Chapter 6 - El día antes

La noche antes de la boda, Sofía no podía dormir.
Estaba acostada en su cama, mirando el techo, con la cadena de plata entre los dedos, pasándola de un lado a otro como quien reza un rosario sin palabras.
Escuchó pasos en el pasillo.
Su papá, entrando en puntillas, como hacía siempre que creía que ella dormía.
—Papá.
Damián se detuvo en la puerta.
—Pensé que estabas dormida.
—No puedo dormir.
Se acercó y se sentó en el borde de la cama, en el mismo lugar de siempre, el lugar que con los años se había hundido un poco bajo su peso repetido.
—¿Qué te preocupa, mi amor?
Sofía se quedó callada un momento, buscando las palabras.
—¿Mañana Renata va a ser mi mamá?
Damián respiró hondo.
—No, mi amor. Tu mamá fue Elena. Nadie va a reemplazarla nunca. Renata va a ser mi esposa. Eso es distinto.
—Pero va a vivir aquí para siempre.
—Sí.
—¿Y va a seguir tirando las cosas de mamá?
La pregunta cayó como una piedra en el silencio del cuarto.
Damián no supo qué contestar de inmediato.
—Voy a hablar con ella —dijo, la misma frase gastada de siempre.
—Ya dijiste eso antes.
Damián se sorprendió; no esperaba esa réplica, tan directa, tan afilada, viniendo de una niña de siete años.
—Tienes razón. Lo dije antes.
—¿Y qué pasó?
—No pasó nada.
Sofía asintió, como si esa respuesta confirmara algo que ella ya sabía, algo que había estado calculando en su cabeza de niña con una precisión que asustaría a cualquier adulto que se detuviera a pensarlo.
—Papá.
—Dime.
—¿Tú eliges a Renata o me eliges a mí?
La pregunta lo golpeó como un puñetazo en el pecho.
—Sofía, eso no es una elección. Yo te tengo a ti y voy a tener a Renata. Son cosas distintas.
—Pero ella dice que tienes que elegir. La escuché hablando por teléfono con su amiga.
Damián sintió que el estómago se le encogía.
—¿Qué escuchaste exactamente?
—Dijo que después de la boda todo iba a cambiar. Que tú ibas a tener que elegir entre el pasado y el futuro. Y que ella era el futuro.
Damián se quedó en silencio, procesando.
Sofía, con la sabiduría cruel y limpia de los niños, dijo la frase que se quedaría grabada en la memoria de Damián por el resto de su vida.
—Papá, si tienes que elegir entre olvidarte de mamá o quedarte solo conmigo, elígeme a mí. No me importa que no haya boda. No me importa que la gente hable. Yo prefiero que estemos solos tú y yo a que tengamos una casa llena de gente que no me quiere.
Damián sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, algo que no le pasaba desde el funeral de Elena.
—Ven aquí —dijo, abriendo los brazos.
Sofía se acurrucó contra su pecho, y él la abrazó con una fuerza que llevaba meses sin permitirse.
—Escúchame bien, Sofía. Pase lo que pase mañana, yo siempre te voy a elegir a ti. Siempre. ¿Me entiendes? No hay ninguna boda, ningún compromiso, ninguna promesa que valga más que tú.
—¿De verdad?
—De verdad.
Sofía se quedó en silencio un momento, procesando esas palabras como quien guarda un tesoro en un lugar seguro.
—Entonces mañana, si ella hace algo malo, ¿me vas a creer?
Damián la separó un poco de su pecho para mirarla a los ojos.
—Siempre te voy a creer.
—¿Aunque ella diga que estoy mintiendo?
—Aunque el mundo entero diga que estás mintiendo.
Sofía asintió, satisfecha, como quien acaba de firmar un contrato importante.
Se acurrucó de nuevo contra su padre, y esa noche, por primera vez en semanas, se durmió sin pesadillas, con la mano de su papá sobre su espalda y la cadena de su madre calentándose lentamente contra su piel.
Damián se quedó despierto mucho más tiempo, mirando a su hija dormir, pensando en la promesa que le había hecho, y en la otra promesa, la vieja, la que le había hecho a Elena en aquel hospital hacía tantos años.
Prométeme que siempre la vas a proteger. Pase lo que pase.
Por primera vez en meses, Damián sintió que sabía exactamente lo que tenía que hacer si las cosas, al día siguiente, se torcían.
No sabía todavía cuánto se iban a torcer.
No sabía que Renata, en su propia habitación, al otro lado de la casa, estaba terminando de decidir, con una calculadora fría en el pecho donde debería haber un corazón, exactamente qué "cosas de la muerta" iba a eliminar primero, apenas terminara la ceremonia.
Empezaría por la cadena.
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Ya lo había decidido.
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