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EL SECRETO EN LA LAVANDERÍA / Chapter 2 / 10

Chapter 2 - El cuaderno de reglas

Mateo nació un martes de lluvia, con un llanto tan fuerte que la enfermera bromeó diciendo que ya tenía carácter de familia grande.

Irene lo cargó antes que Elena pudiera pedirlo.

—Tiene los ojos de mi esposo —dijo, meciéndolo con una destreza que solo da la práctica—. Que en paz descanse.

Elena, todavía débil, todavía abierta por dentro, solo pudo estirar los brazos.

—Dámelo, por favor.

Irene tardó tres segundos de más en obedecer.

Tres segundos que Elena contaría, sin saberlo, muchas veces más en los meses que siguieron.

*

Bruno volvió al trabajo dos semanas después.

Era ingeniero de mantenimiento en una naviera; sus turnos lo llevaban a alta mar durante semanas, a veces un mes entero, con llamadas cortadas por la señal y fotos que llegaban tarde, borrosas, desde algún puerto sin nombre.

—Es solo hasta que ahorremos para el departamento propio —le dijo la noche antes de irse, con la maleta ya cerrada junto a la puerta—. Mi madre te va a ayudar con Mateo. Es lo único bueno de todo esto.

Elena asintió.

No dijo lo que pensaba.

Que "ayudar" e "invadir" a veces suenan parecido cuando se dicen en voz baja, a las dos de la mañana, sobre la cuna de un hijo que no es tuyo.

*

La primera semana sola con Irene, Elena descubrió el cuaderno.

Estaba sobre la mesa de la cocina, de tapa dura, forrado en tela azul, con la letra apretada y perfecta de su suegra llenando cada línea.

Lunes: el bebé lloró 40 minutos antes de que E. lo atendiera.

Martes: E. salió a caminar con M. sin gorro, hacía frío.

Miércoles: E. dejó el biberón sin lavar sobre la mesa toda la tarde.

Elena cerró el cuaderno despacio, como quien cierra la tapa de algo que muerde.

—¿Qué es esto? —preguntó, cuando Irene entró a la cocina con una cesta de ropa limpia.

—Un registro —dijo Irene, sin alterarse—. Para cuando Bruno pregunte cómo van las cosas. Los hombres necesitan detalles, no sentimientos.

—Puedo contarle yo misma cómo van las cosas.

—Claro que sí, querida.

La sonrisa de Irene no llegó a los ojos.

Nunca llegaba.

*

El teléfono de Elena desapareció por primera vez un jueves.

Lo buscó por toda la casa, bajo los cojines, en los bolsillos de su bata, en la cuna, hasta que Irene apareció en el marco de la puerta sosteniéndolo entre dos dedos, como si fuera un objeto sucio.

—Estaba sonando mientras dormías la siesta —dijo—. Lo tomé para que no despertaras al niño. Era tu hermana.

—¿Y por qué tardaste tres horas en devolvérmelo?

—Se me olvidó dónde lo había dejado.

Elena tomó el teléfono. La pantalla mostraba la aplicación de notas abierta, aunque ella nunca la usaba.

La cerró sin decir nada.

Aquella noche llamó a su hermana Carla desde el balcón, en voz baja, envuelta en una manta, mientras Mateo dormía dentro.

—Algo no está bien aquí —dijo Elena—. No sé explicarlo. Es como vivir dentro de un experimento.

—Vente a mi casa unos días —propuso Carla.

—No puedo. Bruno vuelve en tres semanas. Y Mateo todavía toma pecho cada dos horas, no puedo estar yendo y viniendo con él a cuestas.

—Entonces cuídate, Elena. En serio.

—Estoy exagerando, seguro.

—Tú nunca exageras. Ese es el problema.

*

Las reglas de la casa se fueron multiplicando como raíces bajo tierra, invisibles hasta que tropezabas con ellas.

No se abrían las ventanas del cuarto del bebé, aunque hiciera calor: "las corrientes de aire matan a los recién nacidos".

No se le cantaba a Mateo en otro idioma que no fuera español: "para que no se confunda".

No se le daba de comer fuera del horario que Irene había fijado en un cartel pegado con cinta en la nevera, con letras mayúsculas y subrayadas.

Elena, agotada, sin dormir más de tres horas seguidas, empezó a obedecer sin discutir.

Era más fácil.

Discutir costaba energía que ya no tenía.

*

Una tarde, mientras bañaba a Mateo, Elena encontró un moretón pequeño en el tobillo del niño, del tamaño de una uña.

Se le heló la sangre.

—¿Qué le pasó a Mateo en el pie? —preguntó, corriendo a la sala con el bebé envuelto en una toalla, goteando agua sobre el suelo blanco.

Irene, sin levantar la vista de su tejido, respondió con calma:

—Se enganchó con el borde de la cuna cuando lo cambié esta mañana. No fue nada. Los niños se golpean, Elena. Así aprenden.

—Deberías haberme avisado.

—Estabas dormida. No quise despertarte por algo tan pequeño.

Elena se quedó de pie en medio de la sala, con su hijo temblando de frío entre sus brazos, mirando a esa mujer que tejía sin mirarla, con una calma que no encajaba con nada de lo que acababa de decir.

Esa noche marcó, con lápiz, una pequeña cruz en el calendario de la cocina.

No sabía todavía por qué lo hacía.

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Solo sentía, en algún lugar debajo de las costillas, que estaba empezando a contar los días.

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