Chapter 7 - La lucha

Todo había pasado en menos de un minuto, aunque a Elena le pareció una vida entera.
Arrodillada sobre el suelo de la lavandería, con Mateo apretado contra el pecho y el labio todavía punzando, Elena por fin se atrevió a mirar hacia donde Irene había caído.
La mujer seguía inmóvil.
El cárdigan beige, siempre tan pulcro, se había arrugado bajo su cuerpo. Un mechón de cabello plateado le cubría media cara. Su pecho subía y bajaba —despacio, pero subía— y eso fue lo único que Elena pudo confirmar antes de que las piernas dejaran de sostenerla del todo y volviera a hundirse contra el suelo, protegiendo a su hijo con todo el cuerpo, como un caparazón.
No sintió alivio.
No sintió triunfo.
Sintió, sobre todo, el vacío inmenso que queda después de una tormenta, cuando el cuerpo sigue temblando aunque el viento ya se ha ido.
—Respira —se dijo a sí misma, en voz alta, sin saber si hablaba con Mateo o consigo misma—. Respira, respira, respira.
Miró la hinchazón de su propio labio reflejada, borrosa, en el vidrio pulido de la lavadora.
No se reconoció del todo.
*
Fue entonces cuando la vio.
Junto al brazo caído de Irene, medio oculta bajo el borde de la secadora, había una pantalla iluminada.
Un teléfono.
Elena, todavía con Mateo aferrado a un brazo, se arrastró de rodillas hasta acercarse.
Reconoció la funda al instante: azul marino, con una pequeña grieta en la esquina inferior derecha, la misma grieta que se había hecho un año atrás al caérsele en la cocina de su antiguo departamento, antes de mudarse a esa casa blanca y silenciosa.
Era su teléfono.
El mismo que había buscado, semanas atrás, bajo los cojines del sofá.
El mismo que Irene había "encontrado sonando" mientras ella dormía la siesta.
La pantalla mostraba una aplicación abierta. Un ícono rojo, parpadeante, con un contador de tiempo corriendo: 00:41:12... 00:41:13... 00:41:14...
Una grabadora de voz.
Activa.
Grabando desde hacía más de cuarenta minutos.
Elena se quedó mirando el número que seguía avanzando, sin entender del todo lo que significaba, con la mente todavía demasiado saturada de adrenalina para hilar los pensamientos en orden.
¿Por qué su suegra tenía su teléfono?
¿Por qué estaba grabando?
¿Desde cuándo?
*
No tuvo tiempo de responderse.
Un golpe seco sacudió la puerta principal de la casa —un golpe de hombro contra madera, un golpe de urgencia, de alguien que no se molesta en usar la llave porque el instinto ya corre más rápido que cualquier procedimiento— y unos pasos apresurados cruzaron el vestíbulo blanco, resonando contra las paredes, acercándose.
—¡Elena! ¡ELENA!
La voz de Bruno.
Elena no tuvo fuerzas ni para gritar su nombre de vuelta.
Solo levantó la cabeza justo cuando la figura de su marido apareció en el umbral de la lavandería, con la mochila todavía colgada de un hombro, el rostro pálido, los ojos recorriendo la escena en fracciones de segundo: su esposa arrodillada, con el labio hinchado y el rostro bañado en lágrimas; su hijo llorando débilmente contra el pecho de ella; su madre, inmóvil, tendida junto a la secadora.
—¿Qué pasó aquí? —la voz de Bruno tembló, entre el miedo y la incredulidad—. ¿Qué pasó, Elena? ¡Háblame!
Elena abrió la boca.
No le salió ningún sonido.
Solo pudo señalar, con un dedo tembloroso, primero a su propio labio hinchado.
Después, al cuerpo caído de su madre.
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Y, por último, al teléfono que seguía brillando en el suelo, con el contador de la grabación avanzando, segundo tras segundo, como el corazón de una verdad que llevaba semanas latiendo escondida bajo el suelo perfectamente blanco de aquella casa.
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