Chapter 4 - El silencio del monitor

El monitor del bebé emitía un zumbido tenue, casi un latido, que Elena había aprendido a escuchar incluso dormida.
Aquella madrugada, el zumbido desapareció.
Elena despertó de golpe, con el corazón adelantado a sus propios pensamientos, y corrió al cuarto de Mateo antes de terminar de abrir los ojos del todo.
El niño dormía, tranquilo, ajeno a todo.
El monitor, en cambio, estaba apagado. Desconectado de la pared, con el cable enrollado pulcramente a un lado, como si alguien lo hubiera guardado con cuidado en lugar de simplemente tirar del enchufe.
—¿Tú apagaste esto? —le preguntó a Irene a la mañana siguiente, sosteniendo el aparato como prueba.
—Gasta batería toda la noche —dijo Irene, sin levantar la vista de la masa que amasaba—. Y de todas formas, yo escucho todo. Tengo el sueño ligero.
—Prefiero que esté encendido.
—Como quieras.
Irene lo conectó de nuevo esa misma tarde.
Volvió a desconectarse tres noches después.
Elena dejó de preguntar.
Empezó, en cambio, a dormir con la puerta de su cuarto entreabierta, y la de Mateo también, para poder escuchar, aunque fuera de lejos, aunque fuera apenas, la respiración de su hijo atravesando el pasillo oscuro.
*
Bruno llamó para avisar que adelantaría su regreso.
—Hay un cambio de turno —dijo, con esa alegría torpe que tenía cuando quería dar una sorpresa—. Vuelvo antes de lo previsto. Para nuestro aniversario. No le digas nada a mi madre, quiero sorprenderlas a las dos.
—¿Cuándo?
—El jueves. No estoy seguro de la hora exacta, depende del puerto. Pero llegaré ese día, seguro.
Elena sintió algo aflojarse en el pecho por primera vez en semanas.
Faltaban cuatro días.
Cuatro días que, de pronto, parecían un océano entero por cruzar a nado.
*
El miércoles, Irene amaneció distinta.
Más suave. Más callada. Con una sonrisa que le quedaba mal, como un vestido prestado de una talla equivocada.
—Hoy descansa tú —le dijo a Elena en el desayuno—. Yo me encargo de todo. De Mateo, de la casa, de la ropa. Tú necesitas dormir, se te nota en la cara.
Elena, que llevaba semanas sin dormir una siesta completa, sospechó al instante.
Pero el cuerpo, agotado, no siempre obedece a la sospecha.
—¿Segura?
—Segurísima. Ve, descansa. Yo cuido a mi nieto como lo cuidé a él.
Había algo extraño en la frase.
A él. No a Bruno.
Elena no le dio importancia entonces.
Se lo reprocharía después, muchas veces, en las noches que siguieron.
*
Se acostó a las tres de la tarde, con la ventana entreabierta y el ruido lejano de la lavadora funcionando en el piso de abajo, un sonido constante, casi hipnótico, que la fue hundiendo poco a poco en un sueño espeso.
Soñó con agua.
Soñó con una puerta que no lograba abrir, con sus propias manos resbalando contra un vidrio helado, con un llanto que llegaba desde muy lejos y a la vez desde dentro de su propio pecho.
Despertó de golpe, empapada en sudor, con el corazón latiéndole en la garganta.
El reloj marcaba las 16:47.
Había dormido casi dos horas.
Dos horas de silencio absoluto.
Corrió al cuarto de Mateo.
La cuna estaba vacía.
*
—¡Mateo! —el grito le salió desde un lugar que no sabía que tenía.
Bajó la escalera de dos en dos, resbalando en el último escalón, sujetándose del pasamanos con una fuerza que le dejaría un moretón propio al día siguiente.
—¡Irene! ¡Mateo!
La casa entera parecía haber tragado el sonido.
Ni televisión, ni radio, ni pasos.
Solo, desde el fondo del pasillo, un zumbido mecánico, constante, familiar.
El de la lavadora.
Y, debajo de ese zumbido, casi imperceptible al principio, un llanto agudo, entrecortado, que Elena reconocería entre mil llantos, en mil casas, en mil vidas distintas.
El llanto de su hijo.
Viniendo de la lavandería.
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Elena corrió hacia esa puerta blanca como quien corre hacia el borde de un precipicio, sabiendo ya, en algún lugar profundo del estómago, que lo que encontraría del otro lado cambiaría todo lo que había creído hasta entonces sobre la mujer que la había recibido, meses atrás, en un vestíbulo perfecto y silencioso, con las manos cruzadas y los dedos fríos.
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