Chapter 6 - El golpe

El dolor tardó un segundo entero en volverse rabia.
Elena se llevó la mano al labio, sintió la hinchazón caliente bajo los dedos, y algo dentro de ella —algo que había estado agachado, encogido, obediente durante meses— se enderezó de golpe.
—No vuelvas a tocarme —dijo, con una voz que no reconoció como propia.
Irene, todavía con la palma abierta en el aire, pareció sorprendida por su propio gesto, como si el golpe hubiera salido de otra persona, de otras manos, de otra vida.
—Elena, yo no quería...
—¡ÁBRELA!
Elena volvió a girarse hacia la lavadora, ignorando el zumbido en los oídos, ignorando el sabor a metal en la boca, ignorando todo lo que no fuera aquel bulto pequeño que seguía llorando dentro del vidrio.
Sus dedos, esta vez, encontraron el seguro.
Un clic.
La tapa cedió apenas un centímetro antes de que la mano de Irene volviera a caer, esta vez sobre su muñeca, apretando con una fuerza desesperada.
—¡Espera! ¡Tienes que escucharme!
—¡NO!
Elena tiró del brazo con todo el cuerpo, arrastrando a Irene un paso hacia adelante, y en ese forcejeo, en ese instante de puro instinto sin pensamiento, sintió sus propios codos actuar antes de que su mente decidiera nada.
El golpe fue seco.
El codo de Elena impactó contra el hombro de Irene con toda la fuerza acumulada de meses de silencio, de cuadernos azules, de teléfonos desaparecidos, de un monitor desconectado tres noches distintas, de un moretón diminuto en el tobillo de un bebé de dos meses.
Irene trastabilló hacia atrás.
Sus talones resbalaron sobre el suelo recién trapeado —el mismo suelo que ella misma había fregado esa misma mañana, con esa obsesión suya por la limpieza que Elena había confundido, durante tanto tiempo, con amor— y su cuerpo cayó hacia un costado, golpeándose la cabeza contra la esquina metálica de la secadora con un sonido sordo, hueco, que Elena escucharía en sus pesadillas durante años.
Irene no volvió a levantarse.
Elena no se detuvo a comprobar por qué.
*
Con las manos todavía temblando, con el labio hinchado goteando un hilo fino de saliva y sangre que se mezclaba en su boca, Elena abrió por completo la tapa de la lavadora.
Mateo estaba adentro, envuelto en una toalla blanca, sin agua, sin jabón, exactamente como había dicho Irene —la máquina jamás se había encendido— pero llorando con una desesperación que ningún argumento lógico podía calmar.
Elena metió los brazos dentro del tambor.
Sus dedos tropezaron con la tela, con la piel tibia de su hijo, con los puños diminutos que seguían golpeando el aire buscando algo a qué aferrarse.
Lo sacó de un solo movimiento, apretándolo contra su pecho con una fuerza que quizás asustó todavía más al niño, pero que ella no pudo controlar.
—Ya está, ya está, mi amor, ya está, mamá está aquí, mamá está aquí...
Cayó de rodillas sobre el suelo blanco, meciendo a su hijo contra el pecho, sollozando con la misma intensidad que él, revisándolo con dedos torpes: los diez deditos de las manos, los diez de los pies, el pecho subiendo y bajando, subiendo y bajando, subiendo y bajando, aire entrando y saliendo, vivo, vivo, vivo.
—Perdóname —susurraba, sin saber muy bien a quién le hablaba, si a Mateo, si a sí misma, si a la mujer inmóvil que yacía a dos metros, junto a la secadora, con un hilo de cabello plateado cubriéndole la mitad del rostro—. Perdóname, perdóname, perdóname.
El llanto de Mateo, poco a poco, se fue apagando contra el pecho de su madre, calmado por el latido acelerado de un corazón que, a pesar de todo, seguía siendo el más seguro de todos los lugares que conocía.
Elena, en cambio, no dejó de temblar.
Ni siquiera cuando escuchó, a lo lejos, el motor de un auto frenando frente a la casa.
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Ni siquiera cuando reconoció, entre el pitido que todavía le zumbaba en los oídos, el sonido inconfundible de una puerta abriéndose de golpe.
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