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EL SECRETO EN LA LAVANDERÍA / Chapter 8 / 10

Chapter 8 - El teléfono en el suelo

Bruno cruzó la habitación en tres zancadas.

Se dejó caer de rodillas junto a Elena y Mateo, envolviendo a los dos con los brazos, apretándolos contra su pecho con una desesperación que no dejaba espacio para preguntas todavía.

—Están bien, están bien, estoy aquí, estoy aquí —repetía, con la voz quebrada, besando el cabello de Elena, la frente de Mateo, cualquier parte de ellos que sus labios alcanzaran.

Elena se aferró a su camisa con el puño cerrado, incapaz todavía de soltar palabras completas.

—Ella... la lavadora... Mateo estaba...

—Ya sé, ya sé, ya está a salvo, ya está a salvo —dijo Bruno, aunque en realidad no sabía nada todavía, aunque solo repetía las palabras que un corazón desesperado necesita escuchar antes de poder pensar con claridad.

Fue entonces cuando su mirada cayó, por fin, sobre el cuerpo inmóvil de su madre.

—¿Mamá?

Se acercó, todavía sosteniendo a Elena con un brazo, y con la mano libre buscó el pulso en el cuello de Irene.

Ahí estaba. Débil, pero ahí.

—Está viva —dijo, más para sí mismo que para Elena—. Está viva, solo... se golpeó la cabeza.

—Yo no quería que se cayera —susurró Elena—. Solo quería abrir la lavadora. Solo quería sacar a Mateo.

—Lo sé. Lo sé, mi amor.

Pero en la voz de Bruno había una grieta diminuta, una fisura de duda que ninguno de los dos quiso nombrar todavía, porque nombrarla hubiera significado admitir que, incluso en ese momento, incluso con su hijo llorando y su esposa sangrando por el labio, una parte de él todavía buscaba la manera de proteger a su madre de las consecuencias de lo que fuera que hubiera pasado.

Fue el brillo de la pantalla lo que interrumpió ese instante.

*

Bruno lo vio de reojo: una luz azulada parpadeando junto al brazo caído de Irene.

Se inclinó, extendió la mano y tomó el teléfono del suelo.

Reconoció la funda al instante —la grieta en la esquina, el color azul marino que Elena había elegido dos veranos atrás en un centro comercial cualquiera, en una tarde cualquiera, cuando todavía eran solo dos personas enamoradas sin una madre vigilando cada uno de sus pasos.

—Este es tu teléfono —dijo, más como pregunta que como afirmación, mirando a Elena.

Elena asintió, todavía temblando.

—Lo perdí hace semanas. Tu madre dijo que no sabía dónde estaba.

Bruno miró la pantalla.

El contador de la grabadora de voz seguía corriendo: 00:47:03... 00:47:04...

Cuarenta y siete minutos.

Desde antes de que Elena se hubiera quedado dormida esa tarde.

Desde antes de que Irene le insistiera, con esa sonrisa que no llegaba a los ojos, que descansara, que ella se encargaría de todo.

Bruno sintió que el estómago se le hundía, despacio, como si alguien hubiera abierto un desagüe en algún lugar dentro de su pecho.

—¿Por qué tenía mi madre tu teléfono grabando?

—No lo sé —dijo Elena—. No sabía ni que lo tenía.

Bruno, con el pulgar tembloroso, detuvo la grabación.

Y, sin decir nada más, presionó el botón de reproducción.

*

La voz que salió del altavoz no era la de Elena.

Era la de Irene.

Baja, calmada, casi cariñosa, hablando sola —o hablándole a alguien invisible, a un confidente imaginario, a sí misma en el espejo de la lavandería vacía— mientras de fondo se escuchaba el ruido de agua corriendo en el fregadero y, más lejos, el llanto tenue de un bebé todavía tranquilo.

"Solo un poco de miedo, eso es todo lo que necesita sentir... para que Bruno entienda que no puede confiar en ella... nunca debió quitarme a mi hijo, y ahora quiere quitarme a mi nieto también... pero yo no lo voy a permitir, esta vez no..."

La grabación seguía.

Bruno, con el rostro cada vez más pálido, escuchó a su propia madre —la mujer que le había enseñado a atarse los zapatos, que lo había cuidado sola después de que su padre se fuera, que lo había llamado "mi único tesoro" cada noche de su infancia— describir, con una tranquilidad escalofriante, un plan.

Un plan para meter a su nieto dentro de una lavadora apagada.

Un plan para asustar a Elena lo suficiente como para que, en su desesperación, cometiera un error frente a la cámara.

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Un plan, por fin, con un nombre.

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