Chapter 3 - Los dedos fríos

Bruno llamó un domingo, con la voz distorsionada por la distancia y el viento del mar.
—¿Cómo va todo? —preguntó, y Elena pudo escuchar, detrás de él, el chillido metálico de una grúa.
—Bien —dijo ella, mirando de reojo hacia la puerta de la cocina, donde Irene fingía leer el periódico—. Cansada. Pero bien.
—Mi madre me contó que perdiste la calma el otro día. Que le gritaste por el golpe de Mateo.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Que le grité?
—Dijo que estabas muy alterada. Que entiende que es el cansancio, pero que le preocupa un poco. Que quizás deberías hablar con alguien.
—Bruno, no le grité a tu madre. Le pregunté qué había pasado con el pie de Mateo.
Hubo un silencio del otro lado, un silencio de mar abierto y señal débil.
—Está bien, está bien —dijo él, con ese tono conciliador que usaba cuando quería que la conversación terminara—. No te preocupes. Confío en ti. Es solo que mi madre se preocupa mucho, ya la conoces.
Elena colgó con el pulgar temblando.
En la cocina, Irene pasó una página del periódico sin hacer ruido.
*
Los dedos de Irene eran fríos.
Elena lo notó cada vez que su suegra le tocaba el brazo, o le arreglaba el cabello sin que se lo pidiera, o le quitaba a Mateo de los brazos "para que descansaras un poco, querida".
Fríos como el mango de una cuchara olvidada en el congelador.
Un día, mientras Elena amamantaba a Mateo en el sofá, sintió esos dedos posarse sobre su hombro.
—Deberías dejar de darle pecho —dijo Irene—. Ya tiene edad para la fórmula. Además, te está debilitando. Se te nota en la cara.
—El pediatra dijo que está bien hasta los seis meses.
—Los pediatras de ahora no saben nada. Yo crié a Bruno sola, sin ayuda, y mírenlo. Fuerte. Sano. Obediente.
Obediente.
La palabra se quedó flotando en el aire, extraña, fuera de lugar, como una nota falsa en medio de una canción conocida.
Elena apretó a Mateo contra su pecho un poco más fuerte de lo necesario.
*
Carla la visitó un sábado, cuando Irene había salido a misa.
Se sentó en la cocina, sirviéndose un café que le temblaba en la taza, mirando a su hermana con una preocupación que no se molestaba en disimular.
—Estás más delgada —dijo—. Y tienes ojeras hasta el mentón.
—Estoy bien.
—Elena. Mírame.
Elena levantó la vista.
—Vente conmigo hoy mismo. Con Mateo. Yo te ayudo con todo.
—No puedo, Carla. Bruno vuelve en diez días. Sería raro irme justo ahora. Además, ¿de qué viviría? Toda mi ropa, mis cosas, todo está aquí.
—Tus cosas se compran de nuevo. Tu tranquilidad no.
Elena miró hacia la ventana, hacia el jardín perfectamente podado, hacia el reflejo blanco de la casa sobre el vidrio.
—Es mi suegra, Carla. No un monstruo. Solo... controla mucho. Todas las suegras son así, ¿no?
Carla no respondió enseguida.
—No todas te vigilan mientras duermes —dijo al fin.
Elena sintió un escalofrío que no supo de dónde venía.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque me lo contaste tú. Hace dos semanas. ¿No te acuerdas?
Elena no se acordaba.
Y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que más miedo le dio.
*
Esa noche, buscando un chupete perdido, Elena abrió el cajón del mueble del pasillo.
Dentro, entre pañuelos bordados y fotografías viejas, encontró una carpeta de plástico transparente.
Adentro había páginas impresas: capturas de conversaciones de WhatsApp entre Elena y Carla, fechadas de las últimas semanas.
Conversaciones privadas.
Conversaciones que solo podían haberse obtenido desde un teléfono desbloqueado, mientras alguien dormía la siesta, o mientras alguien bañaba a un bebé, distraída, sin sospechar que los dedos fríos de otra persona recorrían su vida entera como quien hojea un libro ajeno.
Elena se quedó con la carpeta entre las manos, temblando, hasta que escuchó pasos en la escalera.
La guardó de vuelta, exactamente en el mismo lugar, en el mismo orden.
Cerró el cajón.
Cuando Irene entró al pasillo, Elena ya estaba de espaldas, meciendo al aire un chupete que nunca había existido.
—¿Buscabas algo? —preguntó Irene.
—No —dijo Elena—. Ya lo encontré.
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No era del todo mentira.
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