Chapter 1 - El Umbral

La lluvia no perdonaba a nadie esa noche.
Caía en líneas rectas bajo la luz de los faroles, golpeando el pavimento hasta hacerlo brillar como espejo roto.
Catalina estaba sentada en el suelo, la espalda contra una columna de piedra fría, las piernas dobladas hacia el pecho.
Sostenía un bulto envuelto en una manta a rayas grises, apretado contra su cuerpo como si fuera lo único que la mantenía de pie, aunque estuviera sentada.
Su gabardina beige, empapada, se pegaba a su piel. El agua le escurría desde el cabello hasta la barbilla, goteando sobre la tela de la manta sin que ella hiciera nada por evitarlo.
No tenía fuerzas para evitarlo.
Las puertas de vidrio del edificio se abrieron a unos metros de ella.
Luz cálida se derramó sobre la acera mojada, un rectángulo dorado en medio de tanto gris.
Un hombre salió con paso firme, un maletín de cuero en la mano, el traje oscuro perfectamente ajustado, ajeno por completo al frío que a ella le calaba los huesos.
Caminó dos pasos.
Tres.
Catalina levantó la cabeza.
—Señor, por favor —dijo, la voz quebrada, apenas audible entre el ruido de la lluvia—. Necesito trabajo.
El hombre se detuvo.
Algo en esa voz lo atravesó como una aguja fina, algo que reconoció antes de que su mente terminara de procesar por qué.
Giró la cabeza.
Sus ojos encontraron los de ella bajo la luz mortecina del farol más cercano.
El maletín se le resbaló de los dedos y cayó sobre el pavimento mojado con un golpe seco que ninguno de los dos pareció escuchar.
—¿Catalina?
El nombre salió de su boca como si no confiara en sus propias cuerdas vocales, como si decirlo en voz alta pudiera hacer que la imagen frente a él se desvaneciera.
Ella no respondió de inmediato.
Solo apretó más el bulto contra su pecho, un gesto instintivo, protector, el único movimiento que su cuerpo agotado todavía sabía hacer bien.
Adrián avanzó hacia ella, ignorando la lluvia que ahora le empapaba el traje hecho a medida, ignorando el maletín abandonado en el suelo detrás de él.
Se detuvo a un metro de distancia, como si acercarse más pudiera romper algo que todavía no entendía del todo.
—¿Eres tú de verdad?
Catalina levantó la vista completamente por primera vez.
La luz del farol le iluminó el rostro, revelando lo que la sombra había ocultado hasta entonces: una hinchazón enrojecida en la mejilla derecha, reciente, dolorosa, una marca que contaba una historia que ella todavía no había empezado a narrar.
Adrián sintió que algo se le cerraba en el pecho al verla.
—¿Qué te pasó? —preguntó, la voz ahora distinta, más baja, con un filo de urgencia que no había tenido segundos antes.
—Adrián...
Fue todo lo que ella pudo decir antes de que la voz se le rompiera en un sollozo contenido durante demasiado tiempo.
Él se arrodilló frente a ella, sin importarle el agua fría que le empapaba las rodillas del pantalón, sin importarle que cualquiera pudiera verlo así, un hombre de traje impecable arrodillado en una acera mojada frente a una mujer que el mundo entero creía desaparecida hacía meses.
—Llevo meses buscándote —dijo, la voz temblando—. Nadie sabía dónde estabas. Tu teléfono, tu apartamento, todo desapareció de un día para otro.
Catalina cerró los ojos.
Una lágrima se mezcló con la lluvia que ya le corría por el rostro, indistinguible una de otra.
—Tu madre —dijo finalmente, en un susurro que apenas logró abrirse paso entre el ruido de la tormenta—. Tu madre hizo que me llevaran.
Las palabras cayeron sobre Adrián como piedras.
—¿Qué?
—Tu madre... —Catalina respiró hondo, buscando fuerzas que no sabía si todavía tenía—. Ella dijo que me habían llevado. Que me sacó de tu vida.
Adrián sintió que el mundo entero se inclinaba, como si el pavimento bajo sus rodillas hubiera dejado de ser sólido.
Miró el bulto que ella sostenía contra el pecho, envuelto con tanto cuidado, tan cerca del corazón de Catalina que parecía formar parte de su propio cuerpo.
Algo dentro de la manta se movió apenas, un temblor pequeño, casi imperceptible bajo la lluvia.
—Catalina, ¿qué es eso?
Ella no respondió de inmediato.
Solo lo miró, con los ojos llenos de un miedo y una determinación que él nunca antes había visto en ella, ni en los dos años que habían compartido antes de que ella desapareciera de su vida sin dejar rastro.
—Necesitamos hablar —dijo finalmente—. En un lugar seco. En un lugar donde nadie más pueda escuchar.
Adrián se puso de pie despacio, sin apartar los ojos del bulto en sus brazos, con una sospecha empezando a formarse en su pecho, una sospecha demasiado grande, demasiado imposible para nombrarla todavía en voz alta.
Extendió una mano hacia ella.
—Ven —dijo—. Vamos adentro.
Catalina dudó un instante, mirando hacia el edificio iluminado detrás de él, hacia la vida de la que había sido expulsada sin explicación meses atrás.
Finalmente, tomó su mano.
Se levantó despacio, con el bulto todavía apretado contra su pecho, protegido de la lluvia por el ángulo de su propio cuerpo.
Adrián la sostuvo del brazo, guiándola hacia la entrada, sin soltar el maletín olvidado en el suelo, sin importarle ya nada más que la mujer temblando a su lado y el pequeño peso que ella cargaba tan cerca del corazón.
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La puerta de vidrio se cerró detrás de ellos, dejando atrás la lluvia, el frío, y una acera mojada que había sido testigo, sin saberlo, del principio del final de todas las mentiras que habían construido los últimos meses de la vida de Adrián Serrano.
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