Chapter 2 - Catalina

El vestíbulo del edificio estaba casi vacío a esa hora.
Un guardia de seguridad, sentado detrás de un escritorio de mármol, levantó la vista sorprendido al ver entrar a Adrián empapado, con una mujer igual de mojada colgada de su brazo.
—Señor Serrano...
—No pasa nada, Roberto —dijo Adrián, sin detenerse—. Sube el calefactor de la sala de juntas del piso doce. Ahora.
El guardia asintió, tomando el teléfono de inmediato.
Adrián guió a Catalina hacia el ascensor privado, un espacio de acero pulido y espejos que reflejaban, multiplicada, la imagen de ambos: él impecable pese al agua, ella deshecha, temblando, con el bulto todavía apretado contra el pecho.
Las puertas se cerraron.
El silencio dentro del ascensor pesaba más que cualquier palabra que hubieran podido intercambiar.
Catalina evitaba mirarlo directamente. Mantenía la vista fija en el reflejo distorsionado de sus propios pies mojados sobre el piso de acero.
—¿Cómo me encontraste... o cómo te encontré yo a ti? —preguntó ella finalmente, la voz todavía temblorosa.
—Trabajo aquí todos los días —dijo Adrián—. Salgo por esa puerta cada noche a la misma hora. Si hubieras querido encontrarme, sabías exactamente dónde buscar.
—No sabía si querías que te encontrara.
Las palabras la sorprendieron incluso a ella misma, saliendo con una amargura que no había planeado mostrar tan pronto.
Adrián la miró, confundido.
—¿Por qué no querría eso?
—Porque tu madre me dijo que tú lo sabías. Que tú habías decidido que me fuera.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron hacia un pasillo silencioso, iluminado por luces cálidas empotradas en el techo.
—Eso es mentira —dijo Adrián, con una intensidad que hizo que Catalina finalmente lo mirara a los ojos—. Yo nunca supe nada de esto. Nunca decidí que te fueras.
Caminaron hasta la sala de juntas del piso doce, donde el calefactor ya zumbaba, llenando el espacio de un calor que Catalina sintió en la piel como agujas pequeñas después de tanto frío acumulado.
Adrián cerró la puerta detrás de ellos.
—Siéntate —dijo, señalando uno de los sillones junto a la ventana—. Voy a traerte algo seco.
Salió un momento, volvió con una manta de la oficina y una taza de café caliente que había preparado en la pequeña cocina del piso.
Se la entregó con cuidado, evitando tocar el bulto que ella seguía sosteniendo contra el pecho.
—Gracias —murmuró Catalina, envolviéndose en la manta, sosteniendo la taza con manos todavía temblorosas.
Adrián se sentó frente a ella, en el borde de otro sillón, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas.
—Cuéntame todo —dijo—. Desde el principio. Necesito entender qué pasó.
Catalina cerró los ojos un momento, reuniendo el valor necesario para empezar a desenterrar una historia que había intentado enterrar durante meses de silencio forzado.
—Hace ocho meses, dos hombres llegaron a mi apartamento —empezó, la voz baja, mecánica, como si recitara algo que había repasado mil veces en su cabeza—. Dijeron que trabajaban para tu madre. Me dijeron que subiera a un auto, que si no lo hacía voluntariamente, encontrarían otras maneras de convencerme.
Adrián sintió que los músculos de la mandíbula se le tensaban.
—¿Te amenazaron?
—Me llevaron a una casa en las afueras. Un lugar aislado, con personal que trabajaba para tu madre, que no me dejaba salir, que no me dejaba usar teléfono ni contactar a nadie.
—¿Por qué no me llamaste? Debiste haber encontrado la manera.
Catalina abrió los ojos, y en ellos había una mezcla de dolor y una furia contenida que Adrián nunca había visto en ella antes.
—Lo intenté, Adrián. Los primeros días, lo intenté con todo lo que tenía. Pero cada vez que pedía un teléfono, me decían lo mismo: que tú ya sabías, que tú habías aprobado todo esto, que era mejor para los dos que yo desapareciera sin generar más drama.
—Eso es mentira. Yo nunca...
—Lo sé —lo interrumpió Catalina, con una calma que dolía más que cualquier grito—. Lo sé ahora. Pero entonces, encerrada, sin poder verificar nada, empecé a creerlo. Empecé a pensar que tal vez tú realmente habías decidido que yo era un problema del que había que deshacerse.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de una traición que todavía no terminaba de tener nombre, de una madre capaz de mentiras tan elaboradas que casi habían logrado destruir todo lo que su hijo había construido con esta mujer.
—¿Por qué? —preguntó Adrián finalmente, aunque en el fondo ya sospechaba la respuesta—. ¿Por qué haría mi madre algo así?
Catalina bajó la vista hacia el bulto que descansaba en su regazo, todavía envuelto, todavía quieto bajo la manta a rayas.
—Porque descubrió que estaba embarazada —dijo—. Dos semanas antes de que me llevaran, le dije que estaba esperando un hijo tuyo. Y ella me dijo que eso jamás iba a pasar. Que antes destruiría todo lo que hiciera falta destruir.
Adrián sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
Miró el bulto en el regazo de Catalina con una intensidad nueva, con una comprensión que empezaba a formarse pieza por pieza en su mente, demasiado grande, demasiado dolorosa para procesar de golpe.
—Catalina...
—Sí —dijo ella, anticipando la pregunta que él todavía no lograba pronunciar completamente—. Es tuyo, Adrián. Es tu hijo.
El calefactor seguía zumbando en la sala silenciosa.
May you like
Afuera, la lluvia continuaba golpeando la ventana con la misma insistencia con la que había caído sobre la acera, testigo silencioso de una verdad que estaba a punto de cambiar por completo el resto de sus vidas.
---