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LO QUE LA LLUVIA TRAJO / Chapter 5 / 10

Chapter 5 - La Casa en las Afueras

Esa noche, ya instalados en el apartamento de Adrián, con ropa seca y el calefactor encendido, Catalina finalmente encontró las fuerzas para contar los detalles completos de los ocho meses que había pasado lejos de él.

Sentados en el sofá, el bebé dormido en una improvisada cuna hecha de cojines cercanos, Adrián escuchaba cada palabra con una atención que parecía absorber también el dolor de cada recuerdo.

—La casa estaba a dos horas de la ciudad —empezó Catalina—. Rodeada de árboles, sin vecinos cercanos, sin manera de que nadie escuchara nada de lo que pasaba adentro.

—¿Cuántas personas te vigilaban?

—Cuatro guardias, turnándose. Una cocinera que preparaba la comida pero nunca hablaba más de lo necesario. Todos trabajaban directamente para tu madre.

Adrián cerró los ojos un momento, tratando de procesar la magnitud de la operación que su madre había orquestado sin que él tuviera la más mínima sospecha.

—¿Te trataron bien, al menos físicamente? Aparte de anoche.

Catalina dudó antes de responder, sus dedos jugando nerviosamente con el borde de la manta que todavía llevaba sobre los hombros.

—Al principio, sí. Comida decente, un cuarto cómodo. Tu madre quería que el embarazo llegara a término en condiciones seguras. Supongo que eso le importaba, aunque fuera por razones que no tenían nada que ver conmigo.

—¿Qué razones?

—Creo que en algún momento consideró la posibilidad de quedarse con el bebé y decirte que yo lo había abandonado. Presentarlo como un huérfano que ella había decidido adoptar, tal vez.

Adrián sintió que el estómago se le revolvía ante la sola posibilidad.

—¿Cómo lo sabes?

—Escuché conversaciones. Los guardias no siempre eran cuidadosos con lo que decían cerca de mí, asumiendo que no importaba, que de todas formas yo no tendría manera de contarle a nadie.

El bebé se movió en su improvisada cuna, un pequeño sonido escapando entre sueños, y ambos giraron instintivamente la cabeza hacia él antes de volver a la conversación.

—¿Cómo lograste escapar? —preguntó Adrián finalmente.

Catalina respiró hondo, reviviendo mentalmente la noche anterior con una claridad que todavía dolía.

—Después de que nació el bebé, hace tres semanas, empecé a planear todo con más cuidado. Observé los patrones de los guardias, las horas en que cambiaban turno, los momentos en que la vigilancia era menos estricta.

—¿Y anoche fue el momento?

—Anoche, uno de los guardias se quedó dormido durante su turno. Encontré la puerta trasera sin vigilancia. Tomé al bebé, unas cuantas cosas esenciales, y caminé hasta encontrar la carretera principal.

—¿Caminaste? ¿Con el bebé recién nacido?

—No tenía opción, Adrián. Era esa noche o quizás nunca más tendría otra oportunidad.

Adrián tomó su mano, sintiendo el temblor residual que todavía la recorría al recordar los detalles de la huida.

—¿Y la herida en tu mejilla?

—Uno de los otros guardias me alcanzó cerca de la puerta principal de la propiedad. Trató de arrastrarme de vuelta adentro. Forcejeamos. Caí contra el marco de metal de la reja mientras protegía al bebé con el otro brazo.

—¿Cómo lograste escapar de él entonces?

—Le grité que llamaría a la policía, que expondría todo lo que su empleadora había hecho. Creo que el miedo a las consecuencias legales lo hizo dudar lo suficiente para que yo pudiera correr.

—¿Cuánto caminaste después de eso?

—Casi tres horas, hasta llegar a la ciudad. Tomé un autobús con el poco dinero que llevaba escondido, sin saber exactamente a dónde ir, solo sabiendo que necesitaba encontrarte, sin importar el riesgo.

—¿Cómo sabías que yo no estaba involucrado en todo esto?

Catalina lo miró, y por primera vez desde que se habían reencontrado, una pequeña sonrisa cruzó su rostro cansado.

—No lo sabía con certeza. Pero necesitaba creerlo. Necesitaba pensar que existía una posibilidad de que tú fueras inocente, porque la alternativa era demasiado dolorosa para sobrevivir mentalmente estos ocho meses.

Adrián se acercó, la abrazó con cuidado, consciente de la fragilidad física y emocional que todavía la envolvía después de tanto sufrimiento acumulado.

—Nunca más vas a pasar por algo así —dijo, la voz firme contra su cabello húmedo—. Te lo prometo.

—¿Y tu madre?

—Mi madre ya no tiene ningún poder sobre nuestras vidas. Hoy mismo voy a hablar con mis abogados sobre las implicaciones legales de lo que hizo. No va a quedar impune, Catalina. Eso también te lo prometo.

El bebé despertó entonces, un llanto suave rompiendo el silencio del apartamento, y Catalina se levantó para atenderlo, el movimiento automático de una madre que, a pesar de todo el trauma reciente, había desarrollado un vínculo instintivo con su pequeño en las tres semanas desde su nacimiento.

Adrián la observó, sintiendo una mezcla de rabia hacia su madre y una ternura desconocida hacia el pequeño ser que finalmente podía ver con claridad, sin la manta ocultándolo, sin la oscuridad de la lluvia distorsionando cada detalle.

—¿Cómo se llama? —preguntó, acercándose despacio.

—Todavía no le he puesto nombre —admitió Catalina—. Quería esperar. Quería que, si algún día lograba encontrarte, pudiéramos decidirlo juntos.

Adrián sintió que algo se le apretaba en el pecho, una emoción nueva mezclándose con toda la rabia y el alivio de las últimas horas.

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—Entonces decidámoslo ahora —dijo, extendiendo un dedo hacia la mano diminuta del bebé, que instintivamente lo agarró con la fuerza sorprendente de los recién nacidos.

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