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LO QUE LA LLUVIA TRAJO / Chapter 6 / 10

Chapter 6 - El Nombre

Se sentaron juntos en el sofá, el bebé entre ambos, envuelto todavía en la misma manta a rayas que lo había protegido durante la huida nocturna bajo la lluvia.

—¿Niño o niña? —preguntó Adrián, dándose cuenta de pronto de que ni siquiera conocía ese detalle básico sobre su propio hijo.

—Niño —respondió Catalina, con una sonrisa cansada pero genuina—. Nació hace tres semanas, a las tres de la madrugada, en el cuarto donde me mantenían encerrada. La cocinera, que resultó tener más humanidad de la que aparentaba, me ayudó con el parto porque ningún médico estaba dispuesto a involucrarse en la situación.

—¿Estuvo bien el parto? ¿Estuviste bien tú?

—Fue difícil, pero sobrevivimos los dos. Eso es lo único que importaba en ese momento.

Adrián miró al pequeño con una intensidad renovada, buscando en sus facciones diminutas algún rastro de sí mismo, algún indicio físico de la conexión que la sangre ya había establecido antes de que él supiera siquiera de su existencia.

—Tiene tus ojos —dijo Catalina, como si le leyera el pensamiento—. Desde que nació, ya tenía esa misma forma, ese mismo color.

—¿Puedo cargarlo?

—Claro que puedes. Es tu hijo también.

Catalina le entregó al bebé con cuidado, guiando sus brazos hacia la posición correcta, ajustando la cabeza pequeña contra el pliegue de su codo.

Adrián sintió el peso liviano contra su cuerpo, una fragilidad que despertó en él un instinto protector tan intenso que casi le cortó la respiración.

—Hola —susurró, la voz quebrada de una emoción que no esperaba sentir con tanta fuerza—. Soy tu papá.

El bebé abrió los ojos apenas, parpadeando hacia la luz tenue de la lámpara cercana, sin enfocar completamente todavía, pero de alguna manera pareciendo reconocer la voz nueva que le hablaba con tanta ternura.

—¿Qué nombre te gustaría? —preguntó Catalina, observando la escena con los ojos llenos de lágrimas.

Adrián pensó un momento, mirando al pequeño rostro que sostenía con tanto cuidado.

—Mi abuelo se llamaba Mateo. Era el único miembro de mi familia que realmente me enseñó lo que significaba tener carácter propio, sin dejarse controlar por las expectativas de los demás.

—Mateo —repitió Catalina, probando el nombre en voz alta—. Me gusta. Mateo Serrano.

—Mateo Serrano Vega —corrigió Adrián, incluyendo el apellido de Catalina—. Los dos apellidos. Los dos lados de su historia.

Catalina sonrió, una sonrisa completa por primera vez desde que se habían reencontrado bajo la lluvia horas antes.

—Mateo —dijo, acercándose para besar la frente pequeña del bebé—. Bienvenido oficialmente al mundo, mi amor.

Pasaron el resto de la noche así, los tres juntos en el sofá, hablando en voz baja sobre los meses perdidos, sobre los planes que necesitaban hacer, sobre la vida que apenas empezaban a reconstruir después de una separación forzada que ninguno de los dos había elegido.

—Necesito que sepas algo —dijo Adrián, en algún momento de la madrugada, cuando Mateo finalmente se había quedado dormido en sus brazos—. Independientemente de lo que decidas hacer respecto a nosotros como pareja, Mateo va a tener siempre a su padre presente. Eso no es negociable, sin importar las circunstancias.

—Lo sé —dijo Catalina—. Nunca dudé de eso, ni siquiera en los momentos más oscuros de estos ocho meses.

—¿Y nosotros? —preguntó él, la pregunta cargada de una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. ¿Hay un nosotros todavía, después de todo esto?

Catalina lo miró un largo momento, sopesando la pregunta con el cuidado que merecía después de todo lo vivido.

—Necesito tiempo para sanar, Adrián. Ocho meses de encierro dejan marcas que no desaparecen de la noche a la mañana, sin importar cuánto te ame.

—Lo entiendo.

—Pero quiero intentarlo. Quiero que encontremos la manera de construir algo nuevo, algo que no esté bajo la sombra de tu madre ni de lo que nos hizo.

Adrián asintió, sintiendo un alivio profundo ante esas palabras, aunque sabía que el camino hacia adelante requeriría paciencia, terapia, tiempo, y una reconstrucción cuidadosa de la confianza que había sido tan brutalmente traicionada.

—Empecemos de nuevo, entonces —dijo—. Los tres juntos, sin mentiras, sin secretos, sin nadie más decidiendo por nosotros.

Catalina se acercó, apoyando la cabeza contra su hombro, con Mateo dormido entre ambos, un pequeño puente de carne y sangre que los conectaba de una manera que ninguna mentira, ningún secuestro, ninguna manipulación había logrado destruir completamente.

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Afuera, la lluvia finalmente empezaba a ceder, dando paso a las primeras luces grises del amanecer, un símbolo silencioso de que, después de la tormenta más oscura, siempre existía la posibilidad de un nuevo comienzo.

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