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LO QUE LA LLUVIA TRAJO / Chapter 3 / 10

Chapter 3 - La Cocina

Adrián se levantó del sillón tan rápido que casi tira la taza de café que había dejado sobre la mesa cercana.

Caminó hacia la ventana, la espalda hacia Catalina, los hombros tensos bajo la tela húmeda del traje.

—Necesito procesar esto —dijo, más para sí mismo que para ella.

—Lo entiendo.

—No, Catalina, no creo que lo entiendas. Ocho meses. Ocho meses pensando que simplemente decidiste desaparecer. Ocho meses en los que mi madre me consolaba, me decía que tal vez había sido lo mejor, que tú nunca fuiste suficientemente estable para una relación seria.

Catalina sintió cada palabra como un golpe nuevo, distinto al dolor físico que había cargado durante meses, pero igual de profundo.

—Tu madre me llamó inestable a mí, mientras me mantenía prisionera en una casa que ella controlaba.

Adrián se dio la vuelta, el rostro pálido, la mandíbula apretada.

—¿Prisionera? ¿Literalmente?

—Literalmente. Guardias en la puerta. Sin teléfono. Sin internet. Comida traída por personal que no respondía ninguna pregunta.

—¿Y esto? —Adrián señaló hacia la mejilla de Catalina, hacia la hinchazón enrojecida que todavía marcaba su piel—. ¿Cómo pasó esto?

Catalina cerró los ojos un momento antes de responder.

—Anoche intenté escapar. Uno de los guardias trató de detenerme.

—¿Te golpeó?

—Me sujetó del brazo con más fuerza de la necesaria. Cuando forcejeé, caí contra el marco de una puerta.

Adrián sintió que la rabia le subía por el pecho como fuego líquido.

—Voy a llamar a la policía ahora mismo.

—Espera —dijo Catalina, extendiendo una mano hacia él, deteniéndolo antes de que sacara el teléfono—. Primero necesito saber algo.

—¿Qué cosa?

—Necesito saber si tú también me vas a pedir que desaparezca. Ahora que sabes la verdad completa.

La pregunta lo detuvo en seco, hiriéndolo de una manera que no esperaba.

—¿Cómo puedes siquiera pensar eso?

—Porque tu madre tiene un poder que yo no entiendo completamente, Adrián. Un poder que la hizo capaz de mantenerme encerrada ocho meses sin que nadie más lo supiera. No sé hasta dónde llega ese poder sobre ti.

Adrián se acercó, se arrodilló frente a ella otra vez, tomando sus manos entre las suyas con una delicadeza que contrastaba con la tensión visible en cada músculo de su cuerpo.

—Mi madre no tiene ningún poder sobre las decisiones que yo tomo respecto a mi propia vida —dijo, mirándola directamente a los ojos—. Cometí el error de confiar ciegamente en ella cuando me dijo que te habías ido. Ese error no se va a repetir.

En ese momento, el bulto en el regazo de Catalina se movió con más fuerza, un pequeño puño saliendo por encima de la manta, seguido de un quejido suave que rápidamente se convirtió en un llanto agudo.

Catalina lo meció instintivamente, susurrando palabras suaves, tratando de calmarlo.

—Shh, mi amor, todo está bien.

Adrián se quedó paralizado, observando el movimiento pequeño bajo la tela, escuchando por primera vez la voz de su hijo, un sonido que atravesó todas las capas de rabia y confusión que llevaba encima desde hacía minutos.

—¿Puedo verlo? —preguntó, la voz reducida a un susurro apenas audible.

Catalina asintió, ajustando la posición del bulto en sus brazos, preparándose para revelar lo que había mantenido oculto bajo la lluvia, bajo capas de tela protectora, durante todo el camino hacia ese edificio.

Pero antes de que pudiera apartar la manta, alguien tocó la puerta de la sala de juntas.

—¿Señor Serrano? —era la voz del guardia de seguridad, Roberto—. Disculpe la interrupción, pero su madre está abajo. Dice que necesita hablar con usted urgentemente.

Adrián y Catalina intercambiaron una mirada cargada de tensión.

—Dile que espere —respondió Adrián, sin apartar los ojos de Catalina—. Estoy ocupado.

—Ella insiste en que es urgente, señor.

Catalina sintió que el miedo volvía a apoderarse de su cuerpo, un miedo que creía haber dejado atrás en el momento en que Adrián la había ayudado a levantarse de la acera mojada.

—Tal vez debería irme —susurró—. Si ella está aquí...

—No —dijo Adrián, con una firmeza que no dejaba espacio para dudas—. No vas a ir a ningún lado. Esta vez, no.

Se levantó, caminó hacia la puerta, la abrió apenas lo suficiente para hablar con el guardia sin que la conversación fuera audible desde el pasillo.

—Dile a mi madre que suba —dijo finalmente, después de un momento de silencio—. Es hora de que ella también escuche la verdad.

Cerró la puerta, se volvió hacia Catalina, cuyo rostro había palidecido considerablemente ante la perspectiva de un encuentro que había temido durante meses.

—Confía en mí —dijo Adrián, acercándose otra vez, tomando su mano—. Esta vez va a ser diferente.

Catalina asintió, aunque el temblor en sus manos no desapareció por completo.

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Afuera, el ascensor privado ya subía hacia el piso doce, trayendo consigo a la mujer responsable de ocho meses de sufrimiento, ajena todavía a que su hijo finalmente conocía la verdad completa.

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