Chapter 4 - Lo Que Dijo la Madre

Victoria Serrano entró a la sala de juntas con el porte de quien nunca ha dudado de su propia autoridad.
Vestía un traje de chaqueta gris perla, el cabello recogido en un moño perfecto, cada gesto calculado para proyectar control absoluto.
Se detuvo en seco al ver a Catalina sentada en el sillón, envuelta en una manta de oficina, sosteniendo un bulto que se movía suavemente bajo la tela.
—¿Qué significa esto? —preguntó, la voz filosa, dirigida hacia su hijo.
—Significa que finalmente sé la verdad, madre —respondió Adrián, sin ceder ni un centímetro de terreno—. Significa que sé exactamente lo que hiciste hace ocho meses.
Victoria miró a Catalina con un desprecio apenas disimulado, luego volvió la vista hacia su hijo.
—No sé de qué estás hablando.
—Los guardias. La casa en las afueras. Ocho meses de encierro. ¿Necesitas que continúe, madre, o prefieres ahorrarnos el tiempo y admitir lo que hiciste?
El rostro de Victoria se mantuvo impasible, aunque un músculo diminuto se tensó en su mandíbula, la única grieta visible en su máscara de control absoluto.
—Hice lo que era necesario —dijo finalmente, con una frialdad que heló el aire de la sala—. Esa mujer no era adecuada para ti. No para el futuro que esta familia necesita.
—¿Adecuada? —la voz de Adrián subió, cargada de una furia que llevaba contenida desde el momento en que había escuchado la historia completa de Catalina—. La secuestraste, madre. La mantuviste prisionera mientras estaba embarazada de tu propio nieto.
—No exageres las cosas, Adrián. Simplemente le proporcioné alojamiento temporal mientras resolvíamos la situación.
—¿Alojamiento? —Catalina finalmente habló, la voz temblando de una rabia que había estado conteniendo desde que Victoria entró a la sala—. Guardias armados en cada puerta no es alojamiento, señora Serrano. Es una prisión.
Victoria la miró con desdén, como si la simple existencia de Catalina fuera una ofensa personal.
—Nadie te habló a ti.
—Me habló a mí porque yo lo permití —intervino Adrián, poniéndose entre ambas mujeres, la postura protectora hacia Catalina evidente en cada línea de su cuerpo—. Y vas a escucharla, madre. Vas a escuchar cada palabra de lo que le hiciste pasar.
Victoria cruzó los brazos, la expresión todavía calculadamente serena, aunque algo en sus ojos empezaba a mostrar las primeras grietas de incertidumbre.
—Todo lo que hice, lo hice por ti. Por el futuro de esta familia, por el apellido Serrano, por décadas de reputación que no iba a permitir que se arruinaran por una aventura pasajera con...
—No termines esa frase —advirtió Adrián, la voz baja pero cargada de una advertencia que Victoria conocía bien de las pocas veces en que su hijo había desafiado abiertamente su autoridad.
El bulto en los brazos de Catalina se movió otra vez, un pequeño sonido escapando de entre los pliegues de la manta.
Victoria dirigió la vista hacia ahí por primera vez, y algo cruzó su rostro que no había estado presente segundos antes: una sorpresa genuina, tal vez incluso un principio de temor.
—¿Eso es...?
—Sí, madre —dijo Adrián, sin dejarla terminar la pregunta—. Es tu nieto. El que intentaste borrar de nuestras vidas antes de que siquiera naciera.
Victoria dio un paso atrás, como si el peso de esa afirmación fuera físico, capaz de empujarla hacia atrás con fuerza real.
—Yo no sabía que...
—¿No sabías que Catalina estaba embarazada cuando ordenaste que la secuestraran? —la voz de Adrián se llenó de una incredulidad amarga—. Ella misma me dijo que te lo confesó dos semanas antes de que la desaparecieras de mi vida.
El silencio que siguió fue el más pesado de toda la conversación.
Victoria no respondió de inmediato, su mirada fija en el bulto que Catalina sostenía con una protección instintiva, como si pudiera anticipar cualquier intento de acercamiento por parte de la mujer que la había mantenido prisionera durante meses.
—Lo hice porque pensé que era lo mejor —dijo finalmente Victoria, la voz por primera vez menos segura de sí misma—. Pensé que, sin ella presente, tú entenderías con el tiempo que había sido un error, que seguirías adelante, que...
—¿Que olvidaría a la mujer que amaba y al hijo que estaba esperando? —completó Adrián—. ¿Eso fue lo que pensaste, madre?
Victoria no respondió.
No tenía respuesta que pudiera justificar completamente lo que había hecho, ni ante su hijo ni ante sí misma.
—Vas a retirar cualquier influencia que tengas sobre las personas que mantuvieron a Catalina prisionera —dijo Adrián, su voz ahora fría, calculada, la voz de un hombre que finalmente tomaba control completo de su propia vida—. Vas a asegurarte de que ninguno de ellos vuelva a acercarse a ella o a mi hijo.
—Adrián...
—Y si alguna vez, alguna vez más, intentas interferir en mi relación con Catalina o con mi hijo, voy a asegurarme de que las autoridades conozcan cada detalle de lo que hiciste estos últimos ocho meses. Secuestro. Retención ilegal. Los cargos son suficientes para acabar con cualquier reputación que tanto te preocupa proteger.
Victoria lo miró, y por primera vez en la memoria de Adrián, vio genuino miedo en los ojos de su madre, no hacia una amenaza externa, sino hacia la posibilidad real de perder a su único hijo para siempre.
—Entiendo —dijo finalmente, la voz reducida a un susurro que apenas se parecía a la autoridad con la que había entrado a la sala minutos antes.
Se dio la vuelta, caminó hacia la puerta con pasos mucho menos seguros de los que había usado para entrar, y salió sin decir una palabra más.
Adrián se quedó de pie, viendo la puerta cerrarse, sintiendo el peso completo de la confrontación finalmente asentándose sobre sus hombros.
Se volvió hacia Catalina, que lo observaba con una mezcla de alivio y agotamiento evidente en cada línea de su rostro.
—Se acabó —dijo él, acercándose otra vez, arrodillándose frente a ella—. Nunca más va a acercarse a ustedes dos.
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Catalina asintió, las lágrimas finalmente cayendo con libertad, ya no de miedo sino de un alivio que no se había permitido sentir durante ocho meses completos de encierro y sobrevivencia.
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