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¿QUIÉN ES VANESSA? / Chapter 1 / 6

Chapter 1 - El Taburete de Roble**

La madera crujió sobre la cabeza de Elena.

Sus nudillos estaban blancos. La seda verde de su blusa se tensaba con cada respiración corta, violenta, hueca.

Un taburete de roble pesado volaba a unos centímetros de las lámparas del recibidor.

En el suelo, sobre el parquet oscuro, Lilly apretaba los puños contra sus orejas.

Los ojos de la niña de dos años estaban cerrados tan fuerte que sus pestañas temblaban como patas de insecto atrapado.

El pijama rosa de una sola pieza estaba húmedo en las rodillas. La pequeña respiraba en silbidos breves.

La puerta principal se abrió de golpe.

El impacto del marco contra la pared exterior retumbó en las molduras blancas.

Marcos irrumpió con el maletín de cuero aún colgado del hombro izquierdo.

Vio la sombra de la madera en el aire.

Vio la nuca de su esposa, el cuello rígido, las venas hinchadas debajo de la piel demasiado pálida.

No hubo palabras.

Su cuerpo reaccionó con el impulso bruto del instinto.

Avanzó tres pasos sobre las tablas oscuras. Su hombro golpeó el costado de Elena con un choque seco, de hueso contra carne.

Elena trastabilló hacia atrás.

La lámpara de bronce sobre la mesa consola de nogal tambaleó antes de desplomarse.

El cristal de la bombilla se rompió contra el suelo en un chasquido sordo.

El taburete cayó sobre la alfombra de entrada sin hacer ruido, pesado e inútil.

Elena quedó tendida de lado sobre la consola de nogal. Su codo dobló el marco de una fotografía familiar.

Su pecho subía y bajaba.

Marcos se interpuso entre ella y la niña. Su camisa azul oscuro estaba desabrochada en el cuello, empapada de sudor frío.

El pantalón marrón de vestir tenía una mancha de polvo del umbral.

—¡Atrás! —gritó Marcos.

La voz no parecía suya. Salió raspada, rota en los bordes, áspera como la lija.

Elena levantó la cabeza despacio.

Un mechón rubio le tapaba la mitad del rostro. Su ojo visible no tenía brillo; era una bola de cristal gris, fija, helada.

No había rabia en sus rasgos. Había una ausencia aterradora.

—Atrás... no te acerques a ella —repitió Marcos, retrocediendo un centímetro hasta sentir la bota de su hija rozar su talón.

Lilly dejó de taparse los oídos.

Su mano pequeña descendió lentamente por la manga del pantalón de su padre.

Sus dedos se cerraron sobre la tela con una fuerza impropia de su edad.

—Papi... —susurró la niña.

El aire en el recibidor olía a polvo antiguo y a ozono de bombilla rota.

Marcos no quitó la mirada de Elena. La mujer se incorporó lentamente, usando el borde de la mesa como apoyo.

Sus uñas rasgaron el barniz de la madera.

Un sonido metalizado reverberó en el pasillo, tenue pero inconfundible.

Algo pequeño había rodado desde la mesa consola hasta quedar entre las alfombras.

Elena se detuvo. Sus ojos grises bajaron hacia el suelo.

Marcos sintió que el pulso en su cuello palpitaba tan fuerte que le nublaba la vista.

—Elena, ¿qué demonios te pasa? —preguntó él en un hilo de voz.

Ella no respondió con su nombre.

Ni siquiera parpadeó.

Su boca se abrió apenas un milímetro, dejando ver los dientes apretados.

La niña volvió a tirar del pantalón marrón.

—No la toques, Lilly —dijo Marcos sin mirar abajo—. ¡Suelta eso, ponlo en el suelo ya!

Pero la pequeña Lilly ya tenía los dedos cerrados sobre la piedra roja.

El objeto quemaba frío en la palma de la niña.

Elena dio un paso al frente. El tacón de su zapato negro resonó sobre la madera limpia como un martillazo.

Marcos levantó las manos, cubriendo el cuerpo de la pequeña con sus piernas.

—Si das un paso más... —amenazó él, sintiendo que sus rodillas temblaban.

Elena sonrió. Fue una mueca rápida, involuntaria, un espasmo en la comisura izquierda de sus labios.

—Esa no es mi casa —dijo la mujer.

Su tono era llano, carente de cualquier inflexión humana.

Marcos se congeló. Conocía cada matiz de la voz de su esposa desde hacía ocho años.

Aquella voz no pertenecía a la mujer con la que se había casado.

La bandera americana colgada junto a la puerta principal se agitó levemente por la corriente de aire de la calle.

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En la penumbra del recibidor, la piedra prismática reflejó la luz moribunda del atardecer.

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